Entre los libros

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Vivo entre libros. Entre bibliotecas, ferias donde el libro es el protagonista principal y lecturas que me ocupan las mejores horas de mis días.

Los libros son mis amigos predilectos, objetos sacrales que soportan que el tiempo pase por encima de ellos sin que les ocurra nada.

El libro es un resistente a todas las guerras, fuegos, catástrofes y terremotos que se hayan dado en nuestro mundo y, sin embargo, se mueve. Sigue adelante, llenándonos de satisfacciones. Ese olor de la tinta y el papel recién salido de la imprenta es mejor que el mejor caviar.

La sensación de ser dueño de un libro es la de un propietario orgulloso de sus bienes, y la de un lector que acaricia todos los días que puede el libro de su alma como si fuera el amor de su vida, que a lo mejor lo es. Alonso Quijano se volvió loco por leer libros de caballerías, pero ese era su verdadero estado de lucidez.

Una vez que recuperó la llamada cordura común se vino abajo, se aburrió y se murió para siempre para vivir para siempre en el libro más excelente que se haya escrito jamás en nuestra lengua española (o castellana, como dicen tantos).

Hasta ayer estuve en la Feria Internacional del Libro de Panamá, que crece como el país. Estuve toda la semana entre libros amigos y entre amigos que presentaban y acariciaban y compraban libros: una fiesta inolvidable.

A unos amigos escritores, les he contado esta semana de fiesta literaria y editorial algunos episodios que me han sucedido a mí y a otros escritores en ferias de libros, presentaciones y conferencias.

Un día, en Oviedo, Asturias, presenté un libro con un solo oyente que me exigió que se lo presentara a él solo, puesto que no vino nadie más. Le conté mi experiencia para escribir la novela y él me contó la suya.

Me dijo que estaba a punto de casarse y que estaba haciendo con su novia el itinerario de su luna de miel. Pero una tarde, llegó su novia con la novela en la mano y le dijo que ya había itinerario: que iban a ir directa y solamente a Sicilia, que es donde se desarrollaba la novela.

De modo que se casaron e hicieron el viaje a la isla. La recorrieron de cabo a punta siguiendo, esta vez sí, el itinerario que marcaba la novela. Supe que aquella maravilla era verdad, porque me dijo todos los lugares donde había estado, pero que no había encontrado la casa de la que yo hablo en la novela, El barco, en Taormina.

“Esa casa no existe en la realidad”, me dijo. “Pero existe en la novela”, le contesté. “Es verdad”, me dijo, “y es preciosa. Muchas gracias”.

Otro día, en mi tierra, Canarias, estaba yo firmando mis libros en unos grandes almacenes y apareció un tipo de unos 50 años con una sonrisa de oreja a oreja.

Traía tres ejemplares de la misma novela para que se los firmara. “¿Los tres de la misma?”, le pregunté. “Sí, señor, le voy a explicar”, me aclaró. “El primero es para mi mujer, que no sabe que me voy a separar de ella dentro de unos días. Quiero hacerle al menos un regalo que le gusta para no agriar tanto el asunto. A usted le tiene una gran admiración. El segundo ejemplar es para mi novia actual, que no que le voy a pedir matrimonio dentro de unos días. Y, claro, no voy a regalarme algo a quien va a dejar de ser mi mujer y no regalárselo también a mi novia, ¿no le parece? El tercero es para mi madre, que lo oye a usted por la radio y lo ve por la televisión y le gustan muchas cosas de las que usted dice”.

En fin, cosas que pasan entre libros queridos. Al gran Juan Marsé, amigo querido, le ocurrió un suceso fantástico, que lo hizo desistir de firmar más libros en público en toda su vida.

Estaba en una gran superficie, en unos grandes almacenes, firmando sus libros, y en un momento determinado se quedó solo. Entonces, se acercó una señora y le preguntó que cuánto costaba.

Marsé se ofendió, aunque creyó que se estaba refiriendo a sus libros. “Señora, yo no sé cuánto cuestan mis libros. Yo solo los escribo”, dijo el novelista.

La señora se le quedó mirando, un tanto sorprendida. “¡Ah, no!”, le dijo en tono exclamativo. “Yo no me estoy refiriendo a sus libros, yo no leo libros, no me interesa la gente que escribe. Yo me refiero a cuánto vale la mesa”, le explicó.

¡Ah, los libros, mis amigos! Entre libros se vive muy bien cuando la vocación del escritor está después que la de ser lector. Y yo, mientras pasan los años, leo, cada vez me interesan más los libros y nada las mesas en las que firman sus libros los escritores.

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