Por casi 10 años, Ronny Rodríguez y William Pittí vivieron como sombras. Sus alias, Didier y Guillermo, circulaban en expedientes judiciales, en declaraciones de testigos protegidos, en titulares de prensa.
Ellos, en cambio, no aparecían. Este jueves 26 de marzo, eso cambió: los dos exagentes del Consejo de Seguridad Nacional (CSN) se entregaron a las autoridades judiciales.
Durante dos años, desde un piso restringido en Ancón, se ejecutó una sofisticada operación de vigilancia a múltiples “objetivos”. Así les llamaban a sus víctimas. Didier y Guillermo, según los señalamientos de varios testigos, fueron parte de esa estructura.

La guarida
Las labores de espionaje se llevaban a cabo desde la planta alta del edificio 150 de Ancón, que ocupaba el CSN. Mientras el resto del personal cumplía funciones de inteligencia convencional en los pisos inferiores, Rodríguez y Pittí operaban en un área de acceso restringido.
No respondían a la estructura ordinaria del CSN. Su línea de mando subía directo a la secretaría ejecutiva de la institución y, según el expediente de la Fiscalía Superior Especializada contra la Delincuencia Organizada, llegaba hasta la Presidencia de la República.
Entre 2012 y 2014, desde ese piso, se espiaron las comunicaciones de más de 150 personas: políticos de oposición, periodistas, magistrados, dirigentes sindicales, empresarios y miembros de la sociedad civil, cuyas comunicaciones privadas eran interceptadas, transcritas y entregadas en informes diarios para servir a los intereses del poder de turno.
El gobierno de Ricardo Martinelli (2009-2014) quería saber qué decían, con quién hablaban, qué planeaban.

Didier: las carpetas amarillas
Rodríguez era el de mayor rango. Como exsubdirector de inteligencia del CSN, coordinaba el trabajo del grupo y era el puente entre la operación técnica y el poder político.
Según lo declarado por varios testigos, cada mañana recibía la lista de “objetivos2 nuevos -así les llamaban- y la distribuía entre los analistas. Cada noche, o cada vez que había material relevante, preparaba los informes: carpetas amarillas o archivos digitales con resúmenes de conversaciones, audios y correos interceptados.
Esos documentos no se archivaban en el CSN. Subían. Llegaban a Gustavo Pérez o Alejandro Garuz, los directores del Consejo, y de ahí a la Presidencia, en el Palacio de las Garzas.

El agente Jaime Agrazal, en declaración ante el Ministerio Público, lo describió con precisión: Didier decía a quién seguir, a quién monitorear, a quién vigilar. Entre los nombres que Agrazal recordó estaban el entonces político opositor Juan Carlos Varela, el empresario Stanley Motta, la cacica Silvia Carrera, el expresidente Ernesto Pérez Balladares, los dirigentes perredistas Balbina Herrera y Mitchell Doens, el abogado Miguel Antonio Bernal, entre otros. En la lista también estaba Aurora Muradas, una de las amantes de Ricardo Martinelli.
Guillermo: la máquina
Si Rodríguez era el presunto enlace político, Pittí era quien hacía funcionar los equipos, según los testimonios recabados.
Recibió capacitación especializada en sistemas comprados a empresas israelíes, entre ellos tecnología asociada a Pegasus y equipos de la firma MLM, con capacidad para penetrar dispositivos móviles incluso cuando estaban apagados.
Gestionaba las conexiones de internet de alta velocidad que sostenían la operación, ocultas bajo identidades institucionales o de terceros para impedir cualquier rastreo.
La noche de la fuga
Cuando Juan Carlos Varela ganó las elecciones del 4 de mayo de 2014 y el gobierno de Martinelli entró en su recta final, Didier y Guillermo habrían puesto en marcha un plan. En el expediente consta que una semana después de los comicios, a las 7:30 p.m., los dos agentes desconectaron tres computadores del servidor, les retiraron el cableado, los metieron en cajas y los cargaron en una camioneta blanca.
Escogieron esa hora para pasar inadvertidos. Antes de irse, destruyeron la impresora en la que producían los informes diarios que llegaban a la Presidencia de la República.
Un testigo protegido narró ante la fiscalía cada detalle de esa noche. Otros dos agentes, Jubilo Graell y Javier Quiroz, declararon bajo juramento cómo días después transportaron un anaquel metálico negro, parte del equipo de intercepción, desde el edificio 150 hasta las oficinas administrativas del Súper 99 en Monte Oscuro, propiedad del emporio Ricamar de Martinelli. Didier los guió durante todo el trayecto. Graell y Quiroz descargaron el anaquel y no volvieron a verlo.
El equipo de espionaje, valorado en 13.4 millones de dólares, nunca apareció.

Las audiencias
Por la desaparición de los equipos de espionaje, Rodríguez y Pittí enfrentan cargos por supuesto peculado.
Por las interceptaciones, responden por presunta violación del secreto de las comunicaciones y el derecho a la intimidad.
El Órgano Judicial fijó dos fechas claves en abril: el 24, la audiencia por peculado; el 29, la audiencia por las escuchas.

