Zonas rojas: cuando una calle puede ser una sentencia

Un desvío de tránsito en medio del carnaval llevó a Rafael Parada a una calle bajo control de pandillas. El crimen reabre el debate sobre las zonas rojas, el control territorial y los límites invisibles de la ciudad.

Zonas rojas: cuando una calle puede ser una sentencia
Una calle del corregimiento de Santa Ana, en la ciudad de Panamá. El sector figura de manera recurrente en estadísticas oficiales como una de las zonas con mayor incidencia delictiva. Archivo

La fiesta de Carnaval se había tomado calles y plazas del país. En la ciudad de Panamá, las actividades se concentraron en la cinta costera, lo que generó cierres de vías y desvíos improvisados en sectores vecinos.

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La madrugada del martes 17 de febrero, Rafael Parada, de 74 años, solo intentaba llegar al Casco Antiguo. No conocía los atajos, no sabía qué calles estaban bloqueadas. Confiado, siguió las instrucciones de una plataforma digital de navegación. El algoritmo lo desvió por Patio Pinel, en el corregimiento de Santa Ana. Una calle de un solo sentido. Una esquina tomada por una pandilla. Zona roja.

El vehículo de Parada avanzó lentamente por la vía estrecha y mal iluminada, donde la presencia del Estado es limitada. En la esquina había varios hombres armados. Los atacantes habrían interpretado que el auto se dirigía hacia ellos. Dispararon. Parada falleció en el hospital Santo Tomás.

Horas después, el comisionado Joel Hurtado Llin, jefe de la Zona Policial Metropolitana, confirmó que agentes policiales aprehendieron a un hombre vinculado al crimen.

‘Tienes que tener precaución’: director de la Policía

El área donde fue abatido Parada es una de las zonas de alto índice criminal del país, conocidas como “zonas rojas”. El director de la Policía Nacional, Jaime Fernández, fue categórico: “Por supuesto que hay zonas rojas y, por supuesto, si vas a entrar a las dos de la mañana a un área roja tienes que tener las precauciones del caso”.

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Jaime Fernández, director de la Policía Nacional. LP/Elysée Fernández

Añadió que la Policía fue “efectiva”, actuó con rapidez y logró la captura de los presuntos responsables. También manifestó que diariamente realizan patrullajes y allanamientos en estas áreas.

El ministro de Seguridad Pública, Frank Ábrego, se refirió igualmente al caso y coincidió con Fernández en que la Policía mantiene operativos día y noche en sectores como Patio Pinel y Santa Ana. Allí, argumentó el ministro, “hay pandillas que se dedican al narcotráfico y a apoyar cualquier actividad delictiva en el sector”.

La investigación continúa.

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Frank Ábrego, ministro de Seguridad Pública. LP/Elysée Fernández

Pero la escena del crimen no es un punto aislado en el mapa. Forma parte de una geografía conocida, estudiada y advertida. Son zonas donde, según las propias autoridades, existen límites que generalmente los residentes reconocen, pero los foráneos no.

El asesinato de Parada ilustra cómo, en estos espacios, el control territorial ejercido por pandillas puede traducirse en castigos inmediatos para quienes ingresan sin ser reconocidos. Una dinámica de frontera informal que la Policía no ha logrado desmantelar y que plantea una pregunta de fondo: ¿cómo se explica que en sectores como Patio Pinel existan dinámicas que operan como verdaderas “aduanas delictivas”, donde un ciudadano puede ser asesinado simplemente por no pertenecer al entorno controlado por la pandilla local?

Desde hace más de una década, investigaciones académicas, diagnósticos de seguridad y mapas de calor del delito coinciden en señalar sectores específicos de la ciudad de Panamá y de San Miguelito como áreas de alta incidencia criminal. Santa Ana, El Chorrillo, Curundú y Calidonia figuran de forma recurrente entre los corregimientos de la capital. En San Miguelito, sectores como Belisario Frías y Belisario Porras aparecen con frecuencia en estos análisis.

El Sistema Integrado de Estadísticas Criminales (SIEC) del Ministerio de Seguridad Pública ubica, de hecho, a Santa Ana entre los corregimientos con mayor número de robos y con presencia sostenida de pandillas, particularmente cuando se analiza su vecindad con Calidonia y El Chorrillo. Es que en los informes oficiales de criminalidad, estos corregimientos no se analizan como áreas aisladas, sino como un corredor urbano continuo, donde se repiten dinámicas de control territorial, microtráfico y violencia armada.

Las propias autoridades admiten que en estos barrios las pandillas ejercen control territorial, en otras palabras, una forma de “gobernanza criminal” que impone reglas de facto sobre el espacio.

Zonas rojas: cuando una calle puede ser una sentencia
La policía capturó a uno de los sospechosos del crimen de Parada en Patio Pinel. Foto: Policía Nacional

Aunque Santa Ana no figura entre los corregimientos con mayor número absoluto de homicidios, sí forma parte de un patrón de concentración espacial del delito típico de los llamados hot spots: territorios pequeños donde los hechos violentos se repiten de forma sostenida y donde el riesgo se incrementa para quienes no reconocen los límites informales impuestos por las estructuras criminales.

En ese contexto, la calificación de “zona roja” utilizada por la Policía Nacional responde a un criterio operativo, que se entiende como un espacio donde conviven pandillas, control criminal del territorio y riesgo elevado para civiles y agentes.

San Miguelito

El fenómeno también se extiende a San Miguelito, particularmente en corregimientos como Belisario Frías, Belisario Porras y Arnulfo Arias, donde se concentra el 57.1% de los homicidios del distrito, según datos oficiales. Es la expresión más clara de los hot spots o puntos calientes del delito.

Zonas rojas: cuando una calle puede ser una sentencia
Iglesia Cristo Redentor en San Miguelito. Foto: Alexander Arosemena

La Encuesta Nacional de Victimización y Seguridad Ciudadana de 2017 ya advertía que condiciones como la falta de iluminación y la presencia de grupos armados en el entorno están asociadas a mayores niveles de riesgo. En Santa Ana, la convivencia forzada entre el Casco Antiguo y la precariedad de Patio Pinel crea una trampa invisible. No hay señales que indiquen dónde termina la ciudad turística y dónde comienza el dominio del hampa.

Costoso desvío

El asesinato de Rafael Parada evidencia el letal costo de equivocarse de ruta en estos territorios. La Policía destaca la efectividad de las capturas posteriores, pero los estudios sobre criminalidad urbana advierten un persistente cuello de botella: el control territorial que sigue operando antes de que el Estado logre intervenir.

En San Miguelito, donde la fragmentación territorial es aún más marcada, el riesgo es similar. Calles que cambian de control en pocos metros, rutas seguras de día y letales de noche, y una población acostumbrada a leer códigos invisibles que el resto de la ciudad desconoce.


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