EDUCACIÓN ESPECIAL EN DARIÉN

‘Querer es poder’: Ingrid Rivas

‘Querer es poder’: Ingrid Rivas
‘Querer es poder’: Ingrid Rivas

El ser panameño es un sentimiento de identidad y de pertenencia.

No solo tener claro nuestro idioma, cultura, folclor, historia patria y el conducirse como un buen ciudadano, sino también aportar al engrandecimiento de la tierra que nos vio nacer. Dijo el malogrado presidente estadounidense John F. Kennedy: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”.

En el caso de Ingrid Rivas Espino, su contribución se enfocó en la educación que requieren niños con discapacidad de diversos tipos. Como docente en educación especial decidió ayudar a los pequeños a desarrollar destrezas que les permitan trabajar de forma productiva. Ser invidente no la hizo claudicar en su misión.

Encontramos a Ingrid, una espigada mujer de 25 años de edad, dictándole clases a un grupo de 16 estudiantes de los niveles primario, premedio y medio en el Instituto Panameño de Habilitación Especial (IPHE). No es una docente común, sufre pérdida visual, limitante que no le ha impedido llegar a ser una profesional a carta cabal del sistema educativo panameño.

Es la mayor de tres hermanas. Oriunda de El Real de Santa María, cabecera del distrito de Pinogana, ubicado en la confluencia de los ríos Tuira, Chucunaque y Pirre, un poblado con historia colonial a 300 kilómetros al oriente de la ciudad de Panamá. Sus padres, José Rivas y Dora Espino, emigraron a Boca de Cupe, un caserío darienita que sufrió mucho los abusos y violencia de los irregulares colombianos durante los años de la intensidad guerrillera. Es aquí donde inicia su escuela primaria hasta concluir el cuarto grado.

“Mis maestras jugaron un papel importante en mi crecimiento educativo, me enseñaron a escribir y luego, cuando mi discapacidad visual se agudizó, mi familia emigró a la capital para radicarnos en la barriada El Futuro, en San Miguelito, con el fin de que pudiera continuar estudiando en una escuela especial”.

Su limitación

Desde su nacimiento, presentó visión reducida, lo cual se fue acrecentando hasta quedar casi ciega a los 13 años. Pero la angustia que genera el saber que se pierde uno de los sentidos más importantes del ser humano no constituyó barrera para perseguir sus sueños. Segura de sí misma, agradece la oportunidad que le brindó la vida, ya que, según manifiesta, “cuando uno quiere crecer como persona y superarse no puede quedarse cruzado de brazos”.

“Quería demostrarme a mí misma y a todos que la discapacidad visual no es una barrera, ni un obstáculo; que es difícil, pero no imposible y logré convertir mi sueño en una realidad”, indicó.

Dice que el éxito del triunfo se basa en la perseverancia. “A mis estudiantes les digo que no deben quedarse en el suelo si se caen; hay que levantarse y seguir el camino”.

Quería ser periodista

Ingrid quería ser periodista o educadora especial para ayudar a la niñez vulnerable. Pero una catarata congénita asociada con un glaucoma incipiente le marcarían la vida. “Nos mudamos a Panamá en el tiempo en que los secuestros estaban a la orden del día. Boca de Cupe era una zona roja y teníamos miedo”, relata. Fue en Panamá donde terminó su sexto grado, en la escuela vocacional del IPHE; ahí aprendió el sistema Braille, método táctil para aprender a leer.

Su madre relata que al llegar el momento de seguir la secundaria, en el Instituto Rubiano, un buen día Ingrid le dijo: “Mamá, despégate de mí, no quiero que me traigas más al colegio. Si te mueres, ¿qué voy a hacer yo, si no sé manejarme sola, así que hasta hoy me acompañas”, dijo tajantemente, y así fue.

Al terminar el sexto año, y ante sus aspiraciones de estudiar comunicación social, su orientadora le dijo que era una profesión muy dura, por lo que le sugirió la educación especial.

“Es por eso que opté por la licenciatura en educación especial en la Universidad Especializada de las Américas (Udelas) y hoy me tienes aquí, en un aula especial, con 16 chicos muy buenos, que saldrán adelante”.

Les enseña de todo

La maestra Ingrid no puede tener elección. A su alrededor revolotean como pollitos chicos con discapacidades cognitivas, parálisis cerebral, baja visión o síndrome de Down. Sus clases van desde la creación de manualidades diversas hasta dibujo y pintura de cuadros que colorean llamativamente. Les enseña lecto-escritura en los diversos niveles, valores morales, compromisos y responsabilidades para con ellos y con sus familiares.

Comparten dinámicas para relajación en el aula y diferentes tipos de juegos que son sus favoritos.

“Siento que mi vida ha cambiado”, expresa Rivas. “Uno debe tener las garras y las ganas de triunfar, por eso agradezco al profesor Luis Jiménez, quien me ayudó a lograr mi autonomía de vida y movilidad”. También da gracias a su madre Dora y a sus hermanas, Carla y Génesis, que han sido un gran apoyo. “Ya no se preocupan si viajo sola a Panamá los viernes y si retorno a Darién los domingos; esto ya es parte de la rutina”, asegura.

Ingrid es mi inspiración

Su lucha y sus logros han tenido eco en el seno familiar. Ella es la mayor, y para su madre, Dora Espino, es un ejemplo que la impulsa a seguir luchando y a trabajar para salir adelante. Su sueño ahora es que puedan salir de la barriada adonde se mudaron, ya que existen muchas lomas.

Para sus hijas, Carla, de 18 años y Génesis, de 11, es el ejemplo diario de superación y guía para crecer.

Ingrid reproduce en sus alumnos su modelo y estilo de vida como un ejemplo inclusivo para que los padres de familia o tutores que tengan un hijo con discapacidad acepten el reto de luchar por sus hijos y superar las barreras. “Denles la oportunidad a crecer y verán que lograrán muchas cosas más de lo que nosotros mismos como padres les podemos dar”, subraya.

Autosuficiencia

Actualmente Ingrid viaja sola a Metetí, en la provincia de Darién, y sin dificultades. Perdió el miedo que le inculcaba su ceguera. Ahora es autosuficiente y aunque está laborando, su deseo es que el Ministerio de Educación la nombre de forma permanente como educadora especial para así tener mayor tranquilidad.

Sara Silgado, directora de la Escuela de Educación Especial del IPHE, en Metetí, se refiere a ella con simpatía y admiración. “Necesitamos más Ingrid Rivas, ella es un modelo para otras personas con limitaciones, tenemos que eliminar los estereotipos de que una persona discapacitada debe ser siempre dependiente”, reflexiona.

 


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