Alicia Mon Chambers quería ser la periodista cultural más importante del país. Y por un momento, para la comunidad artística, lo fue.
A los 12 años le confesó a Yolanda Sandoval, que luego con orgullo se convertiría en su colega, que quería ser periodista. No hubo discurso sobre las largas horas y el sacrificio de días feriados dedicados al trabajo que pudieran disuadir su ilusión.
Tocó piano a los tres y se enamoró de la música. Frecuentó recitales de poesía desde los 16 y se llenó los ojos de la palabra escrita. Empacó maletas a los 18 para irse a Argentina a estudiar, se tatuó el país sureño debajo de la piel y, para fortuna de todos, regresó.
A los 19 años, en 2009, hizo su primera pasantía en La Prensa escribiendo para la revista Weekend, publicación con la que siguió colaborando desde Argentina con memorables textos, entre los que estuvo reportar la enfermedad de Gustavo Cerati, uno de sus grandes ídolos.
El 20 de octubre de 2011 declaró que La Prensa sería su segundo hogar en un día que, en sus propias palabras, cambió su destino. “Se puede concluir que ese es mi lugar, mi casa, mi patio de juegos y mi escuela”, compartió meses atrás junto a una fotografía en sus redes sociales.
Se escurrió primero en silencio y luego como quien camina por su propio hogar, en cada sección y producto de La Prensa. Sus primeros pasos los dio junto al equipo de Vivir+, donde rápidamente se convirtió en la pluma oficial del Ballet Nacional.
Fue una periodista chapada a la antigua, en el buen sentido. Amante de las grandes charlas con los protagonistas de sus textos, consciente del poder de sus palabras y preferiblemente acompañada de una taza de café.
El arte, la danza, la literatura y la música, sus grandes pasiones, encontraron en ella la aliada ideal. Incursionó incluso en los temas políticos cuando, en las elecciones presidenciales de 2014, le siguió los pasos a Isabel de Saint Malo de Alvarado.
Hace escasos siete meses descubrió que allá arriba, de donde salían sus más gloriosas e irreverentes ideas, tumores quísticos invadían ese espacio.
Procesó la difícil noticia y siguió trabajando. Con unos pantalones de un escandaloso amarillo, unas desgastadas Converse y una gorrita gris, continuó puliendo con amor sus textos, sin que aquellos que la rodeaban entendieran la prueba que tenía enfrente. Siguió siendo un torbellino de altas carcajadas, de buenas propuestas y mente curiosa. Siempre en busca de ideas “frescas y originales”.
A mediados de diciembre entró al quirófano por primera vez, para 10 horas de intensa operación. Con el índice y el dedo del corazón en señal de victoria, salió en medio de bromas segura de haber vuelto a nacer a sus 26 años y contenta de poder seguir junto a su madre, su más grande compañera y a quien aseguraba deberle todo lo que era.
En marzo regresó energizada, con las manos inquientas por sentir nuevamente el teclado ceder ante sus toques. Abrió en la sección de Economía y Negocios, como nunca antes, un espacio a la cultura demostrando, una vez más, que lo podía hacer todo, pero que sabía cómo hacerlo bajo sus propios términos.
El destino la puso a prueba nuevamente y, con ese amor por la vida que siempre la impulsó, entró a la sala de operaciones por segunda vez, decidida a liberar sus ideas de aquella visita inoportuna que las oprimía.
El 14 de mayo nos despedimos, con la mayor de las tristezas, de quien supo enseñarle hasta a los colegas más experimentados cómo se vivía la verdadera pasión periodística.
Cuantas buenas historias sufrirán la ausencia de su pluma y qué zapatos tan grandes toca llenar ahora que no está.







