Durante la apertura de la asamblea anual de la Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés), el pasado viernes 27 de mayo, el expresidente de los Estados Unidos Donald Trump leyó los nombres de las 21 víctimas de la masacre escolar de Texas. A cada nombre le acompañaba un campanazo. Esta fue la primera vez que la NRA reconoció a las víctimas de una masacre, y en la voz de Trump, se intentaba crear un escudo electoral para las próximas elecciones presidenciales de los Estados Unidos en el año 2024.
De acuerdo con el diario The New York Times, las víctimas y sus edades son: “Jackie Cazares y Eliahna “Ellie” García, quienes tenían 9 años; Maite Yuleana Rodríguez, Nevaeh Alyssa Bravo, Makenna Lee Elrod, José Flores, Uziyah García, Amerie Jo Garza, Xavier López, Jayce Carmelo Luevanos, Tess Marie Mata, Alithia Haven Ramírez, Annabelle Rodríguez, Alexandria Aniyah Rubio, Layla Salazar, Jailah Silguero, Eliahana Torres y Rogelio Torres, quienes tenían 10 años; y Maranda Gail Mathis, de 11 años. Las profesoras eran Irma García, de 48 años, y Eva Mireles, de 44″. Este drama no solo tuvo víctimas hispanas, sino que el asesino Salvador Ramos, de apenas 18 años recién cumplidos, también era hispano.
De acuerdo con Gun Violence Archive en Estados Unidos del 1 de enero al 24 de mayo de este año se habían dado 17 mil 202 muertes por armas de fuego, divididas en 9 mil 570 suicidios y 7 mil 632 asesinatos. En ese mismo periodo se habían dado 213 tiroteos masivos y además 10 asesinatos en masa que son aquellos eventos en los que habían muerto al menos cuatro personas sin incluir al victimario. Para 2020, según la universidad Johns Hopkins, las muertes por disparo de armas de fuego fueron la principal causa de fallecimiento de menores de edad con más de un año de vida.
La cultura de muerte
En todo debate sobre las armas de fuego en los Estados Unidos se invoca un fundamento constitucional inexistente en la mayoría de los países del mundo: la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos. El texto de este artículo constitucional dice lo siguiente: “Siendo necesaria una Milicia bien organizada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar armas, no será infringido”.
Entiéndase, que esta enmienda constitucional nació en el siglo XVIII, para referirse a que cada una de las trece colonias que originalmente conformaron los Estados Unidos podía formar su propio ejército. Recuérdese que la joven nación estuvo en guerra con Inglaterra hasta el año 1812. Este anacrónico texto constitucional ha servido de paraguas para la más generalizada tenencia de armas de fuego en el mundo. La población de Estados Unidos representa el 4% de la población mundial, sin embargo tiene el 50% de las armas en poder de civiles en el planeta.
En 1865, luego de la Guerra Civil estadounidense, se formó la NRA como una organización para promover la tenencia de armas entre individuos, como respuesta al exacerbado crecimiento de las fuerzas armadas del país por causa de la guerra. Ese mismo año se fundó el Ku Klux Klan (KKK), organización supremacista blanca que aunque no compartía los valores del individualismo de la NRA, sí compartía su propósito implícito: el de una sociedad dominada por blancos que fuera autónoma frente al creciente estado federal.
La proliferación de historietas y luego la aparición de Hollywood popularizaron una visión del viejo oeste fundamentada en la violencia, en la que un vaquero con una pistola Colt y un rifle Winchester colonizó más de la mitad de los Estados Unidos. Los historiadores han podido documentar que en realidad era mucho más peligroso y violento andar en las calles de Boston o Nueva York, que en el llano ganadero del oeste.
Una parálisis política
En abril de 1999, dos adolescentes, estudiantes marginados y burlados por sus compañeros, cometieron una masacre contra 12 personas en la escuela secundaria de Columbine en Colorado. El entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, del Partido Demócrata, no fue capaz de obtener una reforma de la legislación para impedir que armas de guerra modificadas fueran vendidas libremente, y que otros controles a la compra o tenencia de armas se aplicaran. El presidente Clinton consiguió que más de 30 mil escuelas públicas en los Estado Unidos mejoraran sus medidas de seguridad, incluyendo policías y detectores de metales. Esas medidas no sirvieron para parar ninguna de las masacres escolares transcurridas en los últimos 23 años.
Para la administración del presidente Barak Obama la resistencia fue aún peor, ya que contando con la mayoría demócrata en ambas cámaras del Congreso de los Estados Unidos, no fue capaz de avanzar reforma alguna en esta materia. Ahora le toca el turno al presidente Joe Biden de cambiar esta realidad. En los Estados Unidos es más fácil comprar un rifle de asalto que un antibiótico, y hay más restricciones para la venta de alcohol que para la venta de balas.
En 1994, la última vez que se obtuvo una norma restrictiva sobre las armas de fuego, el esfuerzo fue liderado por un senador demócrata llamado Joe Biden. En esa época se podía negociar con los republicanos normas de sentido común en esta materia. Aún así, eso no evitó Columbine, y ahora con Donald Trump, dominando el partido republicano, es muy poco lo que se puede esperar.

