La teología de la negociación

Para los panameños que no saben qué comerán mañana o cómo pagarán sus medicinas, las comunidades de fe son sus únicos compañeros. De allí la legitimidad de la mediación de la iglesia en la mesa única de diálogo.

La teología de la negociación
La mesa de diálogo empezó a reunirse en julio pasado, encabezada por el arzobispo José Domingo Ulloa, para abordar ocho temas; entre ellos, canasta básica, combustibles, energía, medicamentos, educación y situación del Seguro Social. Archivo

La Iglesia católica de América Latina está facilitando procesos de reconocimiento de derechos y de construcción de identidades en toda la región. Bajo el prisma del mensaje social de la iglesia en acción, es como mejor se puede entender la mesa única de diálogo en Penonomé.

El domingo 10 de julio de este año, la Iglesia católica mexicana inició una denominada “jornada de oración por la paz”, en la que llamó la atención por todas las víctimas y desaparecidos de la violencia en México. El 31 de julio, los fieles pudieron llevar las fotos de sus familiares o conocidos que habían desaparecido o fallecido en el país azteca. La particularidad de este evento fue que se dio al mismo tiempo que el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador insistía en “abrazar” a los violentos. Un abrazo con fuerte olor a impunidad.

Mientras el papa Francisco visitaba Canadá, del 24 al 30 de julio, para disculparse con la población indígena por las atrocidades cometidas por la Iglesia católica, en Nicaragua, las instituciones comunitarias, así como los medios de comunicación afiliados con el clero, se enfrentaban cara a cara con la dictadura de Daniel Ortega, quien habiendo silenciado y encarcelado a opositores, líderes empresariales y activistas sociales, ahora dirigía sus ataques contra la iglesia, en un intento de establecer una sociedad silenciada totalmente.

En el caso de Panamá, hay que recordar que los designios del Vaticano convirtieron al obispo José Luis Lacunza en cardenal, en febrero de 2015. El primer y único cardenal del país está asignado a una provincia rural, con una importante presencia indígena. Además, la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) del año 2019, fortaleció el activismo comunitario que, como tejidos invisibles, construyeron nuevos vínculos entre la Iglesia y comunidades vulnerables.

Un diálogo asimétrico

Cuando en el mes de julio pasado, Panamá enfrentó una protesta generalizada contra los altos precios del combustible, la canasta básica y los medicamentos, junto con una reacción visceral de la población contra señales muy obvias de una casta política desconectada de la realidad (celebraciones de los diputados con whisky de lujo, el cumpleaños apoteósico de la rectora de la Unachi), el único actor social que podía sentar a los manifestantes y el gobierno en una misma mesa, era la Iglesia católica. El diálogo resultante tiene reglas peculiares, porque representaba esa concepción renovada de una iglesia comprometida con los más pobres de sus fieles.

En FeTv y en las misas, la Iglesia católica explicaba las razones por las que el diálogo se limitaba a dos sectores e incluso se compartía una oración a favor de este esfuerzo, en la que evocaba nociones ligadas al culto de la virgen María Desatanudos, que es un punto favorecido por el papa Francisco. En el texto de la oración se explicaba que el diálogo debía entenderse como una búsqueda conjunta de la verdad, no un choque de intereses.

En la mesa única del diálogo, desarrollada en el Centro Cristo Sembrador, a las orillas del río Zaratí, el gobierno nacional solo tiene 10 minutos para presentar su posición sobre un tema, mientras que cada una de las tres alianzas tiene igual cantidad de tiempo para exponer sus planteamientos. La tesis detrás de este método es obvia: los intereses de los pobres, la clase trabajadora y la clase media, están diferenciados, y las autoridades necesitan escucharlos y responderles.

La primera parte del diálogo de Penonomé obtuvo grandes éxitos, como el congelamiento del precio del combustible y el compromiso de la asignación del 6% del producto interno bruto como inversión del Estado en educación. En cuanto a la canasta básica, a pesar de que se estableció una regulación ampliada de 72 productos, esta no es sostenible, ya que los actores que deben implementarla no fueron parte de este proceso y hay indicios de una escasez estratégica de ciertos productos regulados.

Una economía secuestrada

Una de las principales contradicciones de la mesa única del diálogo es que para su conformación se requirió la paralización de buena parte de la economía del país y de casi toda la educación oficial. La falta de alimentos en el área metropolitana y el bloqueo de la distribución logística en gran parte del interior del país fueron el alto precio del boleto de entrada a este diálogo. Esto se contrapone a gravísimas distorsiones en el uso de fondos públicos, como el altísimo costo de los incentivos fiscales al turismo, que también fueron objeto de protestas y molestias ciudadanas. Se trata de dos caras de la misma economía.

El diálogo de Penonomé está respondiendo a una necesidad postergada por más de 30 años, cuando se discutieron los Bambitos y los Coronados, se recibió el Canal de Panamá, se reformó la Caja de Seguro Social, se amplió el Canal y se dilapidaron miles de millones de dólares en la articulación de una zona transístmica hiperconectada y mega subsidiada como motor del crecimiento económico, a costa del resto del país.

La matanza y la brutalidad de la represión contra el pueblo indígena por la “Ley Chorizo” en 2010, el fracaso de las negociaciones de Barro Blanco en 2014 y la captura política de los líderes electos de las comarcas por los grandes partidos políticos, potenciaron la atención de la Iglesia católica hacia el pueblo ngäbe, que es una de las razones del diseño del diálogo de Penonomé.

El gobierno del presidente Laurentino Cortizo se encuentra cada vez más contrariado y arrinconado por la mesa única del diálogo y los duros cuestionamientos hacia las políticas económicas de los últimos 40 años. Nadie puede explicar cabalmente la razón del alto precio de los medicamentos, ni del elevado costo de la energía eléctrica. El marco de referencia de los gobiernos panameños no tiene respuestas prefabricadas para resolver estos desafíos.

Ahora, el proceso de este diálogo hace aguas por todas partes. La escasez de productos causada como reacción al control de precios necesita ser resuelta con otras respuestas institucionales. Corresponde a la Iglesia católica preparar el puente hacia el segundo diálogo, en el cual se tendrán que sentar muchos más sectores, con intereses divergentes, que posiblemente reducirán la velocidad de respuesta del Estado a los reclamos populares.

A pesar de que sus formas asusten a una parte de la opinión pública panameña, el diálogo de Penonomé es un bálsamo necesario para construir una verdadera economía capitalista y romper con políticas públicas ancladas en la adicción al incentivo fiscal, la exoneración y al subsidio desbocado. Los pueblos indígenas, los maestros, el personal de salud y los obreros de la construcción quieren ser buenos consumidores en una buena economía.

El pasado 7 de agosto, el Senado de Estados Unidos aprobó el congelamiento de los precios de la insulina a 35 dólares (desde un precio de más de 700 dólares). Esto, después de décadas de estar intentando otras respuestas de mercado y regulatorias; simplemente la distorsión es tan grande que la regulación de precios resultó el menor de los males. Esta es una excepción extraordinaria que llama a pensar en las otras soluciones capitalistas que nunca se han aplicado en Panamá.

Cuando el Estado panameño fue obligado a abandonar la planificación y a convertirse a una fe dogmática de que los incentivos fiscales o subsidios correctos eran suficientes para fomentar un mercado competitivo que le diera los mejores precios y productos a la población, se quedó gran parte del país abandonado. Para esos cientos de miles de panameños y panameñas que no saben qué comerán mañana, cómo pagarán sus medicinas o qué destino les espera, las comunidades de fe, principalmente evangélicas y católicas, quedaron siendo sus únicos compañeros. De allí la legitimidad del rol del clero como facilitador. Esto no debe perderse de vista. Cuando el diálogo de Penonomé pase a una gran mesa amplia, los otros Panamá deben ser protagonistas y no meros observadores de la construcción de un nuevo país.


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