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Odebrecht - Panamá no aprendió nada

Tras 20 años de su llegada a Panamá, 11 años de investigación y seis audiencias fallidas, arrancó finalmente el juicio Odebrecht. En países como Brasil —epicentro del escándalo—, Perú, Colombia, Ecuador, República Dominicana y Guatemala ya hubo condenas. Aquí comenzamos tarde y con varias rutas de escape que el sistema activa cuando la justicia se acerca al poder. Detallo algunas.

Ruta de escape #1: no están todos los que son

Al inicio del caso había más de 80 personas implicadas. Más de la mitad quedó por fuera. Hay 29 sobreseídos y 14 acuerdos de pena con sabor agridulce: por un lado, implican confesiones de culpabilidad; por el otro, algunos arreglos, francamente, dan pena. Los cargos por corrupción de servidores públicos ya prescribieron. El fuero electoral, por ejemplo, salvó al exministro y excandidato presidencial Rómulo Roux. En conclusión, quienes están en el juicio no representan todo el engranaje de la corrupción. Si esto fuera un partido de fútbol, la justicia empezó perdiendo.

Ruta de escape #2: la “cueva de ladrones”

Odebrecht confirma que la función principal del Parlacen —organismo al que el expresidente Ricardo Martinelli llamó una “cueva de ladrones”— es blindar a los señalados en casos de corrupción. Este escondite es utilizado por el expresidente Juan Carlos Varela, el exministro Jaime Ford y los hijos de Ricardo Martinelli: Ricardo Alberto y Luis Enrique Martinelli Linares. A los diputados del Parlacen los juzga la Corte Suprema de Justicia. En Estados Unidos, los hermanos Martinelli Linares confesaron haber lavado 28 millones de dólares en coimas de Odebrecht por instrucciones de su padre. Allá hubo condena. En Panamá, aún no hay siquiera fecha para su proceso.

Ruta de escape #3: la cercanía al poder

La justicia en Panamá rara vez ha sido independiente del poder político. Los Varelaleaks expusieron públicamente su selectividad. Pero en el gobierno de José Raúl Mulino no se necesita una filtración para verla a diario y a todo color. ¿De verdad creen que la serie de absoluciones, revocatorias de condenas y rebajas de pena a los allegados del presidente y su gabinete es casual? Este contexto es importante, porque entre los imputados por Odebrecht hay personas muy cercanas al Palacio de las Garzas. Está, por ejemplo, el exministro Frank De Lima, cuya abogada en este caso es hoy ministra de Gobierno y cuya esposa trabaja en la Presidencia. También figura Aaron Mizrachi, cuñado de Martinelli y padre del alcalde capitalino. En este tipo de casos es donde verdaderamente se pondrá a prueba la independencia de la justicia.

Ruta de escape #4: los facilitadores de la corrupción

Las prácticas delictivas de Odebrecht abarcan varios gobiernos y salpican a distintos partidos políticos. Pero el lavado de activos requiere de otros actores que facilitan la corrupción: grandes firmas de abogados que crearon sociedades para ocultar beneficiarios finales y bancos que recibieron dineros sin la debida diligencia. Muchos se escaparon por esa vía. Además, la penetración de Odebrecht en Panamá necesitó una importante complicidad social: gremios, empresas y asociaciones que le permitieron lavar su imagen y colarse como un actor respetable. Así como se lava dinero, se lava reputación. Conviene tomar nota mientras asistimos al muy publicitado retorno de First Quantum Minerals.

Ruta de escape #5: no aprendimos nada

Panamá no aprendió nada del caso Odebrecht. Las contrataciones públicas siguen siendo el nudo gordiano de la corrupción: empresas con escándalos judiciales, como Meco, Bagatrac y Rodsa, continúan ganando contratos millonarios y, lejos de corregir el rumbo, el país retrocede en transparencia. La identidad de los beneficiarios finales de contratos estatales superiores a 500 mil dólares es confidencial. ¿Cómo sabremos si quienes hoy ganan contratos —incluidas empresas del entorno de panameños sancionados recientemente por la OFAC— fueron también grandes donantes de campaña del presidente José Raúl Mulino? Ese fue exactamente el esquema que utilizó Odebrecht en las campañas electorales de 2009 y 2014. Y ese mecanismo sigue operando, bien aceitado, mientras usted lee este artículo.

El juicio por fin empezó. Pero aún no hay nada que celebrar. Las cosas no se definen por cómo empiezan, sino por cómo terminan. Si la justicia no logra rescatar lo poco que queda de institucionalidad, el veredicto ya está escrito: Panamá no aprendió nada.


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