El mundo de los libros

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Jesús Marchamalo CORTESÍA/Jesús Marchamalo. Jesús Marchamalo CORTESÍA/Jesús Marchamalo.
Jesús Marchamalo CORTESÍA/Jesús Marchamalo.

La verdad, Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) no es capaz de recordar exactamente cómo surgió la idea de enfrascarse con el ensayo Donde se guardan los libros, obra que presentó ayer en la X Feria Internacional del Libro de Panamá, actividad que termina hoy domingo en el centro de convenciones Atlapa.

Todo comenzó como una sección que le propuso al espacio cultural del diario español ABC y que sus editores aceptaron enseguida.

La serie de reportajes fue publicada durante algo más de año y medio a razón de una biblioteca cada mes y después se convirtió en libro, cuenta este periodista y escritor.

“Lo que sí recuerdo es que a todos nos llamó la atención que algo tan obvio -visitar las bibliotecas personales de conocidos escritores- no se nos hubiera ocurrido antes, dice este creador que ha obtenido distinciones como el Premio Internacional de Radio en 1990 y el Miguel Delibes de 1999.

Se trata de 20 escritores, entre ellos Javier Marías, Clara Sánchez, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Enrique Vila Matas, Jesús Ferrero, Luis Alberto de Cuenca, Soledad Puértolas, Fernando Savater, José María Merino, Gustavo Martín Garzo, Clara Janés, Luis Mateo Díez, Antonio Gamoneda...

Todos residían en España. “Visité sus bibliotecas en Madrid, Barcelona, León... Ahora continúo trabajando en el proyecto para El Norte de Castilla y he visitado también Salamanca y Vitoria, donde vive Bernardo Atxaga”.

La primera biblioteca a la que tuvo acceso fue la de Luis Mateo Díez y la última, la de Antonio Gamoneda.

¿Qué te llevó a visitar las bibliotecas de esos escritores en particular?

No partí de una lista previa, los nombres iban surgiendo y los invitábamos a participar. Mi idea es que fueran escritores interesantes para los lectores y por tanto, intentábamos que fueran muy conocidos.

¿Los conocías a todos o alguno solo en tu condición de lector o periodista?

A la mayoría los conocía únicamente como lector o de algún contacto profesional ocasional previo (alguna entrevista o la reseña de alguno de sus libros). Y me llamó la atención que todos se prestaran encantados a mostrar esa parte tan personal e íntima, que es la propia biblioteca.

¿Qué dice una biblioteca de su dueño?

Creo que dice mucho. Decía Margerite Yourcenar que la mejor manera de conocer a alguien es viendo sus libros, y es verdad. Y en el caso de un escritor sus libros explican, de algún modo secreto, su mundo literario.

¿Cómo fueron esas visitas?

Solíamos hablar una hora u hora y media. Y hacía, eso sí, decenas de fotos que después veía despacio y que me permitían ver pequeños detalles –títulos, autores- en los que no había reparado.

¿Cuál era la dinámica?

No había dinámica como tal. Tal vez incluso lo contrario. Quedaba con el escritor en su casa y me explicaba cómo era su biblioteca, cómo había nacido, crecido, evolucionado... Es la primera vez en mi vida profesional que trabajo sin documentación previa. Llegaba únicamente con un cuaderno y un bolígrafo. Y la cámara de fotos.

¿Fue fácil que te dieran acceso a sus bibliotecas?

En todos los casos fue sorprendentemente fácil. Incluso, escritores conocidos por sus relaciones a veces esquivas con la prensa se prestaron encantados a hablar de sus bibliotecas.

¿Qué puedes decirnos de esas bibliotecas?

El elemento común a todas ellas es que son bibliotecas de grandes lectores, todos los escritores a los que retraté a través de sus libros son desde luego grandes lectores.

Por ejemplo, ¿qué puedes decirnos de las bibliotecas de Javier Marías, Mario Vargas Llosa, Arturo Pérez-Reverte, Soledad Puértolas y Fernando Savater?

De Javier Marías me impresionaron sus libros en inglés, ordenados por la fecha de nacimiento del autor, y perfectamente ordenados en los estantes; de Pérez-Reverte, su biblioteca del siglo de oro, impresionante; y de Vargas Llosa esa biblioteca perdida de la que me hablaba con nostalgia que dejó en el desván de casa de sus abuelos cuando viajó a Europa y que perdió comida por la humedad y los bichos.

La de Fernando Savater es inmensa, tiene una casa tomada por los libros cuyas baldas comparte con fotografías y muñequitos infantiles; y de Soledad Puértolas me gustaron los libros que guardaba de su infancia. Alguno de los primeros que leyó y que guarda con ella desde entonces.

Debe haber más de una anécdota de esta experiencia.

Hay muchas. Cuento en el prólogo de Donde se guardan los libros, que lo malo de visitar bibliotecas es que vas añadiendo manías a las propias. Me acuerdo, por ejemplo, de que me contó Luis Landero que sus libros favoritos los llevaba en el asiento de atrás del coche. Daba clases en un instituto y llevaba con él siempre sus lecturas favoritas. Y me gustó también esa historia de Gamoneda y del único libro que tuvo durante muchos años (uno de poemas que escribió su padre) en el que aprendió a leer.

¿Qué te pareció el título que te puso Antonio Gamoneda: inspector de bibliotecas?

Me pareció divertido. Gamoneda es una persona con un gran sentido del humor y fue una dedicatoria que me firmó en uno de sus libros: al “inspector de bibliotecas”, ponía. Y fue un mote que acabó cuajando.

¿Cómo es la biblioteca de Jesús Marchamalo?

Caótica y caprichosa, como la de la mayoría de los lectores. Muy desordenada. Una vez me decidí a ordenarla por alfabético de autores y llegué hasta la G. A partir de ahí es la selva. También es verdad que trabajo como periodista cultural y me llegan decenas de libros de los que es complicado decidir qué hacer. Tengo que ordenarla.

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