La noticia de que Cuba y los Estados Unidos normalizarían relaciones diplomáticas intercambiando embajadores, y reabriendo la misión diplomática de Cuba ante la Organización de Estados Americanos (OEA), es no solo la indicación más clara del principio del fin de la guerra fría en América Latina sino también, el final del principio de la dictadura en la isla.
Después de casi 56 años de castrismo, su actual Comandante en Cuba, reconoce que ese país necesita a los Estados Unidos, sus turistas e inversionistas, en otras palabras sus dólares para echar adelante la economía del régimen, este es el mayor reconocimiento del fracaso del proyecto que los hermanos Castro han liderado.
Los republicanos de derecha y algunos de los cubanos residentes en los Estados Unidos, y otros derechistas en muchas partes de América Latina, resienten y resisten la decisión de Barack Obama. Esto lo hacen sin pensar en que la casi totalidad de las relaciones exteriores de Estados Unidos con gobiernos de África, Asia y del Medio Oriente distan mucho de fundamentarse en democracias liberales y el respeto a los derechos humanos.
Por otro lado para América Latina el embargo contra la economía cubana y la exclusión de Cuba de la OEA representan un eterno tema de discusión y división con Estados Unidos. Para los latinoamericanos el hecho de que “el Imperio del Norte” mantuviera a Cuba a raya le representaba una barrera o un pretexto para no discutir otros temas. Con Cuba presente súbitamente la OEA cobra más vida y más importancia.
¿Y la democracia en Cuba? A quien conozca la historia de Cuba solo le basta recordar los nombres de Gerardo Machado y de Fulgencio Batista quienes fueron los dictadores que precedieron a Fidel y a Raúl Castro. Si sumamos los años de gobierno de estos cuatro señores llegamos a 80 años de dictaduras. En otras palabras el pueblo cubano no conoce en su memoria reciente ningún ejercicio democrático. Si queremos caer en el cinismo la pregunta pudiera ser también sobre la democracia en Honduras o en el estado mexicano de Guerrero. La respuesta sigue siendo que Cuba es más importante por la característica anti-sistémica del régimen, mientras que lo que pasa en Guerrero o en Honduras, por muy trágico o triste que sea, no afecta el guion que deben seguir a pie juntillas los países latinoamericanos.
Los pasos siguientes serán sumamente complicados para todas las partes, sobre todo para Estados Unidos, ya que para levantar el embargo comercial tendría que derogarse la Ley Helms-Burton de 1996, y que amarra a la Casa Blanca a tener que buscar el cambio de esta legislación en un Congreso mayoritariamente Republicano.
El rol del Papa Francisco nos indica positivamente que Su Santidad viene procurando una activa diplomacia del Vaticano orientada hacia una política de la esperanza.
Es curioso que esta medida de los dos países haya sido anunciada el día del cumpleaños del Papa Francisco. Ignoro si tiene un significado metafísico, pero la intervención directa del Vaticano le da a Obama más oxígeno para tomar esta decisión, ya que cuenta con el apoyo oficial de la Iglesia Católica.
Sobre el futuro del presidente Obama es justo reconocer que ha hecho bastante mérito para pasar a la historia no solo por ser el primer presidente afro-estadounidense, sino también por haber rescatado la economía, haber creado un nuevo sistema de salud para el 90% de los habitantes de su país, y por lanzarse a iniciativas como la de normalizar las relaciones con Cuba.
Lo que viene no es ni fácil ni rápido. La longevidad de los hermanos Castro no es inmortalidad, y si los demócratas pierden la Casa Blanca en el 2016, a manos de algún talibán republicano las cosas se van a poner feas. Sin embargo, hoy es un buen día para las relaciones de América Latina con Estados Unidos, quizá tan bueno como aquel día que el Senado estadounidense aprobó los tratados del Canal de Panamá.
