Las felicitaciones de Navidad pontificias provocaron el año pasado los recelos y la hostilidad de los superiores de la Curia Romana, cuando escucharon con desconcierto la crítica más descarnada de su historia que Francisco resumió en un diagnóstico de las 15 enfermedades agresoras de la salud del Vaticano como la “mundanidad” o la “vanagloria”.
Este año los cardenales con cargo en la Santa Sede volvieron a reunirse en la espléndida Sala Clementina del Palacio Apostólico esperando nuevos reproches, sobre todo después de que se haya destapado recientemente un mosaico obsceno de luchas de poder y actitudes poco piadosas entre algunos de ellos.
El Papa constató con pesar que durante este año 2015 “alguna de aquellas enfermedades se han manifestado, causando no poco dolor e hiriendo a tantas almas” y se refirió de manera indirecta al escándalo del Vatileaks 2 que ha sacado a la luz una extensa red de corrupción, nepotismo y despilfarro entre la casta cardenalicia de Roma, así como la frontal objeción al proceso de reformas en el seno de la Iglesia católica a través de la filtración de documentación reservada del Vaticano.
Por esta sustracción de archivos secretos están imputados los dos periodistas italianos Emiliano Fittipaldi y Gianluigi Nuzzi, autores de los libros Avarizia y Viacrucis, el alto prelado español Vallejo Balda, que continúa preso en una celda en el Vaticano, y la especialista en relaciones públicas italiana Francesca Chaouqui, con la que supuestamente perdió la virginidad en Florencia. “Esto ha sido y será siempre objeto de sincera reflexión y decisivas medidas”, indicó avisando de que no desistirá en su cometido de seguir con el proceso de limpieza.
En cierta manera, Jorge Mario Bergoglio dejó de lado el tono severo del año pasado e invirtió la mayor parte de su alocución en mostrar los “antibióticos” que pondrían freno a las enfermedades curiales. Así, anunció el catálogo de las 24 “virtudes necesarias” y enumeró misionariedad y pastoralidad; idoneidad y sagacidad; espiritualidad y humanidad; ejemplaridad y fidelidad; racionalidad y amabilidad; inocuidad y determinación; caridad y verdad; honestidad y madurez; respeto y humildad; dadivosidad y atención; impavidez y prontitud; confiabilidad y sobriedad.
El Papa, que leyó su extenso discurso de seis páginas sentado, porque está constipado, alentó a las personas “sanas y honestas” que trabajan en la Curia, pero también señaló con el dedo las conductas censurables en sus más estrechos colaboradores.
“Quien es honesto actúa rectamente, incluso cuando no hay vigilantes o superiores, el honesto no teme ser sorprendido, porque no engaña nunca a quien confía en él”, advirtió. Además, les pidió “ejemplaridad” para “evitar escándalos que hieren las almas y amenazan la credibilidad” de la Iglesia y “sobriedad” para que sean capaces “de renunciar a lo superfluo y de resistir a la lógica consumista dominante”.
Esto podría interpretarse como una advertencia directa a los cardenales de la Curia que viven en lujosos apartamentos en el centro de Roma, de hasta 700 metros cuadrados, o hacia los excesos ostentosos del exsecretario de Estado Tarciso Bertone, que tras su jubilación reforma su apartamento con los fondos bancarios de la Fundación del Bambino Gesú, que debían servir para ayudar a niños enfermos. A pesar de que el cardenal italiano ha dicho que son solo calumnias ya ha restituido parte del motín malogrado.
