A pocas horas de emprender su segundo viaje apostólico a Asia, el papa Francisco ha expresado su repulsa al extremismo religioso que –según ha dicho– es fruto de “la cultura del descarte” y del “rechazo” al otro. Pero no solo eso.
Aprovechando la primera reunión del año con el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede, el Pontífice ha vuelto a reclamar a líderes religiosos, políticos e intelectuales, “especialmente a los musulmanes”, que condenen toda interpretación fundamentalista de la religión.
Francisco, que ha recordado con aflicción la “trágica matanza” de París o la furia de Boko Haram en Nigeria, ha asegurado que el fundamentalismo religioso “rechaza a Dios mismo, relegándolo a una mera excusa ideológica”.
Por otro lado, como ya hiciera ante el parlamento europeo en Estrasburgo, ha repetido que “no se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio”, al tiempo que ha incidido en la necesidad de solucionar “las causas y no solo los efectos” en cuestiones migratorias.
También ha denunciado el “trágico fenómeno de los secuestros de personas”, muchas veces mujeres que representan un “execrable comercio que no puede continuar”, al tiempo que ha condenado toda violación a mujeres al considerarlo una “gravísima ofensa” a su dignidad.
Durante 35 minutos, en la Sala Regia del Vaticano, uno de los salones más suntuosos y elegantes del Palacio Apostólico, el Papa ha repasado los dramáticos conflictos abiertos en el mundo, pero ha querido lanzar también un mensaje de esperanza ante la diplomacia al subrayar que la "cultura del encuentro es posible".
En este sentido, ha dicho que la reciente decisión de Estados Unidos y Cuba de poner fin a un silencio recíproco por el bien de sus ciudadanos es un "ejemplo de diálogo" que hay que seguir.
Asimismo, ha exigido un cambio de actitud de parte de los líderes mundiales, que fomenten la inclusión de los que ha llamado “exiliados escondidos”, al referirse a los ancianos, las personas con discapacidad, los refugiados o los que no tienen trabajo.



