El papa Francisco presidió el Viacrucis en Roma desde un palco habilitado en el Monte Palatino, justo delante del Coliseo, un sugestivo escenario símbolo de los primeros mártires cristianos arrojados a las fieras, y clamó “vergüenza” por la indiferencia de los hombres ante las lacras que afligen el mundo.
“Vergüenza por las imágenes de devastación, de destrucción y de naufragio que se han convertido en algo ordinario en nuestra vida. Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente viene versado de mujeres, de niños, de inmigrantes y de personas perseguidas por el color de su piel, por su pertenencia étnica, social o por su fe”, recalcó en un discurso totalmente improvisado.
El centro de la capital italiana se blindó con fuertes medidas de seguridad, que incluyeron francotiradores en cada ángulo, helicópteros con visión nocturna sobrevolando la zona y policías armados cada pocos metros para albergar uno de los pasajes más importantes de la Semana Santa, las últimas horas de la vida terrenal de Jesús. El pontífice aprovechó su discurso para arremeter contra el “silencio” culpable que cubre las injusticias y denunció las manos “perezosas” de los hombres en el dar, pero “ávidas” en el arrebatar y conquistar”.
En las inmediaciones del Anfiteatro de Flavio, llamado así originariamente en honor a la Dinastía Flavia de emperadores que lo construyó, se concentran todos los años para conmemorar el camino de Jesús de Nazaret hacia la muerte en la cruz miles de fieles, pero también curiosos y turistas que no quieren perderse este espectáculo. Se trata del quinto Viacrucis que preside Francisco, que cumplirá 81 años en diciembre y que no ha llevado la cruz en ningún momento.
Jorge Mario Bergoglio hizo autocrítica y se refirió a los escándalos que han denostado la Iglesia católica. “Vergüenza por todas las veces que todos nosotros obispos, sacerdotes, consagrados hemos escandalizado y herido tu cuerpo y la Iglesia que hemos olvidado nuestro primer amor y nuestro primer entusiasmo; nuestra total disponibilidad dejando oxidar nuestro corazón y nuestra consagración”, señaló.
Horas antes se había postrado sobre el pavimento de la Basílica de San Pedro durante varios minutos al comienzo de los oficios de la tarde del Viernes Santo, que se caracteriza porque el pontífice no predica, sino que se limita a escuchar la homilía del predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa.
Para los católicos el Viernes Santo es el segundo día del Triduo Pascual, dedicado a la meditación sobre la Pasión de Cristo. Las campanas no suenan en señal de luto y no se celebra la eucaristía.
La cruz fue trasportada por religiosos y laicos de diversos países, como Egipto, Portugal y Colombia, países que el papa visitará este año. Este año las meditaciones, leídas en cada estación, han sido preparadas por la biblista francesa, Anne Marie Pelletier, quién ha cambiado el título y contenido de algunas.
