REDACCIÓN INTERNACIONAL, (AFP). -"Están disparando". El grito, todavía incrédulo, surgió de la multitud pekinesa poco antes de la medianoche, en eco a los primeros chasquidos secos de los Kalashnikov del ejército en la avenida de la Paz Eterna que lleva a la plaza Tiananmen.
Desnudo de cintura para arriba en el calor húmedo de esta noche de junio, un ciudadano chino no se lo cree. Asegura a su alrededor: "No, no, no están disparando. Es el ejército del pueblo".
En el instante siguiente, subido en su triciclo de reparto, un "conductor de ambulancia" se abre paso a gritos entre la multitud. En la tabla de madera en la parte trasera del vehículo, está el cuerpo ensangrentado de un estudiante, con el pecho cubierto de varias balas.
Ya no hay lugar a dudas. Un gigantesco clamor sale de la multitud electrizada, furiosa, que toma por testigo al corresponsal de la AFP. La "primavera de Pekín" acabó. Ante la cámaras del mundo entero -que acudieron para la cumbre de reconciliación entre la China de Deng Xiaoping y la exURSS de Mijail Gorvachov, el 15 de mayo-, se hunde en el horror.
Los soldados de la ley marcial, decretada 15 días antes, se lanzan a la reconquista de la plaza Tiananmen. Durante 50 días, a iniciativa de los estudiantes, el lugar más solemne de la República Popular de China se convirtió en un laboratorio inmenso y pacífico de los sueños de democracia y de libertad del país.
Día y noche, chinos de todas las edades y todas las profesiones se inventaron allí un futuro distinto al dictado por el Partido Comunista. La afrenta es terrible, el castigo será sangriento.
La proclamación de la ley marcial no ha tenido otro efecto que el de sublevar un poco más a la población contra el régimen. A la entrada de la capital, decenas de soldados se quedan bloqueados -y abastecidos- en sus camiones por los habitantes.
Las últimas esperanzas de una solución pacífica se desvanecieron cuando, la noche anterior, el régimen envió a entre 20 y 30 mil jóvenes soldados, desarmados y mal dirigidos, hacia Tiananmen.
En menos de dos horas, la multitud dispersó al contingente, no sin vapulear a algunos militares. Aturdidos, humillados, tenían que irse.
El sábado por la noche, a las 20H00, las radios y las televisiones dan orden a los pekineses de quedarse en casa "para evitar pérdidas inútiles".Después de un largo y tenso cara a cara entre soldados y civiles en el cruce de Muxidi, al oeste de la avenida de la Paz Eterna -la Chang'an-, los blindados aplastan las barricadas de autobuses. Alineados en uniforme de combate, los soldados siguen abriendo fuego contra la multitud compacta.
