‘Es nuestro hogar’: dos estadounidenses se quedan en Kiev bajo las bombas

John y Natasha trabajan a distancia con Estados Unidos: él administra un servicio de taxi-limusina en su ciudad natal de Filadelfia, ella como profesora de inglés.

‘Es nuestro hogar’: dos estadounidenses se quedan en Kiev bajo las bombas
John y Natasha durante la misa matutitna en la catedral de San Vladimir, en Kiev. AFP/Dimitar Dilkoff

En el centro de Kiev, desierto, resuenan las sordas detonaciones de la guerra que se acerca. Pero John y Natasha, dos estadounidenses, pasean tranquilamente a sus perros, decididos a quedarse en esta ciudad, que consideran ya como su hogar.

El 24 de febrero, las fuerzas rusas invadieron Ucrania y John y Natasha Sennett escucharon por primera vez las sirenas de la guerra estremecer su barrio del viejo Kiev.

Cundió el pánico. “Pusimos nuestras cosas en mochilas, y bajamos con los perros al sótano”· cuenta Natasha, una morena alta, de ojos claros, de 42 años.

Fue una falsa alerta en esta parte de la ciudad que, diez días después, se ha librado de los bombardeos de las fuerzas rusas, que ya están a las puertas de Kiev, a unos 20 kms de ahí.

Las deflagraciones procedentes de los combates turban el apacible apartamento de la pareja, decorado muy al estilo neoyorquino.

Mientras en el resto de la ciudad, miles de personas intentan huir por tren o carretera, John y Natasha han decidido quedarse.

“Las explosiones están lejos. Y al cabo del tiempo uno se acostumbra a ellas” dice John, de aspecto atlético, pelo entrecano, y numerosos tatuajes.

En esta tarde de fin de semana, la familia Sennett sale a pasear: John y Natasha sacan a Samantha, de 7 años, y Philly, de seis, sus dos perros traídos de Estados Unidos cuando la pareja se instaló en Kiev a fines de 2020.

¿Por qué se quedan?

Porque “por primera vez " en sus vidas “se sienten en su casa” en Kiev, ciudad que inicialmente eligieron para acercarse a la familia de Natasha, nacida en Bielorrusia.

“Nos enamoramos de esta ciudad. Uno se siente aquí libre” explica John, que dice, como su esposa, sentirse “más ucraniano que otra cosa”. También aquí puede vivir intensamente su fe ortodoxa, a la que se convirtió hace ocho años.

En Kiev, la pareja compró este apartamento en el último piso, bastante deteriorado, que los dos han renovado por completo. “Nos hemos gastado todos nuestros ahorros. Estos 54 m2, es todo lo que tenemos” dice John.

“Aquí hemos decidido instalar nuestras vidas. Y si nuestro destino es morir aquí, pues que así sea”, agrega

Ambos trabajan a distancia con Estados Unidos: él administra un servicio de taxi-limusina en su ciudad natal de Filadelfia, ella como profesora de inglés.

“No ganamos mucho, pero aquí vivimos confortablemente”, asegura John.

Otro factor ha influido en su decisión de quedarse: “no tenemos hijos (...)” explica Natasha.

Los dos estadounidenses se muestran muy frecuentemente junto a los soldados ucranianos, en lucha contra los rusos. John, que pasó dos años en el ejército cuando tenía 18 años, publica poemas glorificando a estos combatientes locales que llevan los colores “azul y oro”, los de la bandera ucraniana.

“Esta gente está dispuesta a morir por su país, son una fuente de inspiración para nosotros” explica, y se dice dispuesto como su mujer a “tomar un arma”, si fuera necesario.

Los Sennett no descartan sin embargo la posibilidad de huir, con sus perros, “si las cosas se ponen muy mal”.

A la entrada de su apartamento, dos pequeñas mochilas están listas, si ello ocurriera. En la suya, John ha puesto un ordenador portátil, cargadores, una manta, pero también una palanqueta y un martillo para poder “forzar puertas o romper ventanas” de un sótano u otro lugar donde hallar refugio.

De momento, John se ampara en su fe. Va una vez por semana a la vecina iglesia, reza por los soldados ucranianos, y se confiesa. Cuando “la muerte está cerca”, asegura, “más vale partir con el alma limpia”.


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