“No hay más tiempo. Necesitamos medidas más duras. Toda Italia debe quedarse en casa”. Con esta frase anunció el primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, las medidas extraordinarias que confinan en sus casas a las más de 60 millones de personas que viven en el país europeo que se ha convertido en uno de los focos mundiales de expansión del coronavirus.
Los últimos balances evidencian más de 8 mil contagios y 463 muertes, lo que sitúan al país de la bota como el segundo del mundo con mayor número de contagiados por detrás de China, donde surgió la enfermedad, al superar a Corea del Sur.
Uno de los reflejos más notables de estas restricciones extremas es el silencio que envuelve la turística Roma.
Las calles están semidesiertas, hay gente con mascarillas y colas hasta para entrar a la farmacia… Se han suspendido todas las manifestaciones culturales y eventos, las ceremonias civiles y religiosas, incluso los funerales, y los bares y restaurantes sólo pueden abrir hasta las 18 horas y siempre con la condición de que garanticen que sus clientes pueden mantener una distancia de seguridad mínima de un metro.

Las autoridades aconsejan no besarse, abrazarse o estrecharse las manos para saludarse.
La gente no puede salir de su casa si no es por motivos laborales, urgentes (como ir al supermercado) o de salud.
Hay controles policiales y los ciudadanos tienen que llevar consigo una ‘autocertificación’ para justificar los motivos en caso de querer desplazarse.
Los transportistas sí pueden moverse por el país porque si no afectaría al suministro de los supermercados.
Sin embargo, quienes hayan dado positivo por la epidemia tienen prohibido abandonar sus viviendas hasta que concluyan el período de cuarentena.
La vida cotidiana es muy complicada. Sobre todo, porque las escuelas, guarderías y universidades permanecen cerradas desde el pasado jueves.
La mayor parte de las empresas han facilitado el teletrabajo desde casa. Todo para evitar el avance del virus originado en China.

Pero el verdadero peligro del que advierten las autoridades es el colapso del sistema sanitario.
Hay cientos de médicos y enfermeros que se han contagiado y las salas de la Unidad de Cuidados Intensivos de las regiones del norte de Italia están a rebosar.
“Ya hay algunos hospitales en dificultad. Trabajamos para evitar la sobrecarga”, señaló el primer ministro tras anunciar las medidas draconianas.
“Los números nos dicen que estamos sufriendo un aumento importante en las infecciones, una subida de las personas hospitalizadas en cuidados intensivos y, por desgracia, también un incremento de las víctimas mortales”, sintetizó.
Las repercusiones económicas también pueden ser apocalípticas. Sobre todo, en el sector turístico. Los restaurantes situados en las inmediaciones de los principales monumentos –la Fontana di Trevi, la Plaza Navona, el Panteón, o el Vaticano-, generalmente abiertos hasta primeras horas de la noche están cerrados por falta de clientes.
Y los hoteles, todos los de Roma incluidos los de lujo, lamentan cancelaciones hasta mayo, que oscilan entre el 40% y el 90%.
Además, el 75% de las empresas italianas acusan problemas por la falta de materias primas que llegaban de China y un 50% lamentan que no pueden exportar, por el rechazo de los clientes. Hasta la Plaza de San Pedro ha cerrado su acceso a los turistas.
Algo que no sucedió ni siquiera durante la Segunda Guerra Mundial.

