Italia, primer país en confinar a toda su población, se aventura este lunes con un régimen de semilibertad vigilada que queda a merced de la evolución de la pandemia del coronavirus.
Stefano Milano, un romano de 40 años, está contento de recuperar algo de libertad, de recibir a un primo que vendrá a ver a su hijo "soplar las velas", de volver a ver a sus padres; pero también tiene "miedo", "porque son ancianos", "porque su suegro tiene cáncer".
Esta ambivalencia resume el estado de ánimo de un país que oscila entre el alivio y la ansiedad, sofocado por casi dos meses de encierro, sacudido por una economía por los suelos, y traumatizado por la muerte de unas 30.000 personas, un saldo oficial probablemente inferior a la realidad.
Unos 4.4 millones de empleados que no pueden hacer teletrabajo se reincorporan a las obras, los almacenes, las fábricas o las oficinas, manteniendo las distancias, incluso en el transporte público que funcionará con una capacidad reducida y donde hay que llevar mascarilla.
Los italianos ya podrán pasear, andar en bicicleta o correr solos más allá de las inmediaciones de su hogar, y salir con varios niños. Los parques reabren, salvo excepciones.
Es posible visitar a familiares siempre y cuando vivan en la misma región y se podrá asistir a funerales de hasta 15 personas.
Pero no habrá colegio para los 8.5 millones de estudiantes, al parecer hasta septiembre, ni pícnics ni fines de semana en la playa. Tampoco museos, comercios minoristas o bibliotecas hasta el 18 de mayo. Ni misa o espectáculos hasta nuevo aviso.
Los bares y restaurantes sólo podrán vender comida para llevar. Los certificados de desplazamiento siguen siendo obligatorios.
"La noche del virus continúa. Y a usted le costará ver la luz en el horizonte. Lo único, es que uno se acostumbra a moverse en la oscuridad. O al menos en la semioscuridad", escribió el sociólogo Ilvo Diamanti en La Repubblica.
Esta penumbra deja mucha incertidumbre. "Quiero llevar a mi anciana madre al mar, ¿puedo?", se preguntaba Pietro Garlanti, de 53 años.
"Las autoridades parecen muy indecisas sobre el método, mal preparadas", opina Davide Napoleoni, un desempleado de 37 años que teme nuevos "confinamientos locales o regionales".
Una encuesta realizada a finales de abril por el Instituto Demos muestra una caída de ocho puntos en el índice de confianza del gobierno de Giuseppe Conte. Con dos de cada tres italianos con una buena opinión (63%), sale mejor parado que otros como el francés.
"Se lo imploro, no bajen la guardia", suplica el jefe de la célula de crisis, Domenico Arcuri, que menciona una "libertad relativa" para los 60 millones de habitantes.
Las autoridades han puesto a la venta mascarillas a 0,50 céntimos de euro cada una, y han encargado 5 millones de pruebas de saliva para detectar posibles focos de contagio.

