La apertura propiciada por Mijail Gorbachov, expresidente de la URSS fallecido este martes, tuvo también su deriva deportiva y contribuyó decisivamente a poner fin a la etapa de los boicots olímpicos y a que los Juegos de Seúl 88 se disputasen de nuevo con una participación universal.
Reunión Reagan-Gorbachov
Tras el boicot de Estados Unidos a los Juegos de Moscú 80 y el de la URSS y sus aliados a Los Ángeles 84, los contactos entre Gorbachov y el presidente estadounidense Ronald Reagan propiciaron la vuelta a la normalidad y la reunión bajo el paraguas de los cinco aros de los mejores atletas del mundo.
Juan Antonio Samaranch, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), fue testigo esperanzado y discreto animador de aquel acercamiento entre las dos grandes potencias mundiales, también en la esfera deportiva. “Siempre estoy preocupado, pero también estoy convencido de que Seul 88 será un éxito, al que contribuirá el ambiente político que respira el mundo hoy tras los contactos entre el presidente Reagan y el líder soviético Gorbachov, que han ayudado mucho a crear un clima de paz favorable a la celebración de la mayor fiesta mundial”, dijo Samaranch en enero de 1988, a ocho meses de los Juegos.
Los dos dirigentes políticos mantuvieron en mayo de 1988 una cumbre en Moscú, que el presidente del COI jaleó con entusiasmo.
“El mundo entero desea que vuestro encuentro histórico haga avanzar la causa de la paz mundial. Es con esta gran esperanza con la que los centenares de millones de adeptos al movimiento olímpico en nuestro planeta siguen desde hace años los esfuerzos que realizáis para lograr este objetivo y os envían sus más calurosos y cordiales ánimos”, declaró Samaranch.
Sus deseos se vieron cumplidos: el comunicado conjunto emitido por la URSS y Estados Unidos tras la cumbre afirmaba en uno de sus puntos que los dos países intensificarían sus relaciones deportivas y darían “su apoyo al movimiento olímpico, que es un movimiento de paz entre los pueblos”.
Lo lograron
El camino para los Juegos de Seúl quedaba definitivamente despejado: la familia olímpica volvería a reunirse por primera vez desde Montreal 76.
Solo Corea del Norte se negó a participar, posición que fue secundada por sus aliados Albania, Cuba y Etiopía.
La Unión Soviética tuvo un regreso triunfal al escenario olímpico al imponerse en el medallero con 132 metales, 55 de ellos de oro, por delante de Alemania Oriental (102 medallas) y de Estados Unidos (94).
Lo que entonces nadie podía imaginar es que aquellos serían los últimos Juegos en los que participaría la URSS: tras su desmembración, los países bálticos ya participaron en Barcelona 92 como equipos independientes y el resto de repúblicas exsoviéticas se agrupó provisionalmente bajo la denominación de Equipo Unificado.
Aquellas 12 repúblicas –Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Kazajistán, Kirguizistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán– dominaron el medallero en Barcelona y a partir de Atlanta 96 compitieron ya por separado.
Gorbachov y el COI mantuvieron siempre excelentes relaciones. El organismo deportivo fue uno de los principales contribuyentes tras el terremoto de diciembre de 1988 en Armenia, uno de los más graves de la historia, con una cifra de fallecidos superior a las 25 mil personas.
