La embajada de Venezuela en Washington, cerrada al público y tomada por activistas estadounidenses, es el centro de protestas y contraprotestas que reflejan la división en el país petrolero.
Una venezolana opositora y una militante de izquierda cuentan qué las mueve a movilizarse bajo sol y lluvia.
Nellie Romero, una mujer de 43 años originaria de Barquisimeto (oeste de Venezuela), lleva 30 años en Estados Unidos y nunca había visto una "unidad" así en su comunidad, hasta que tras el fallido levantamiento de militares afines al líder opositor Juan Guaidó, reconocido por Donald Trump como presidente encargado, los venezolanos comenzaron a protestar fuera de la embajada en Washington.
"Me parece que si ellos dicen luchar por los venezolanos, no tiene ningún sentido que no permitan que entren venezolanos a su propia embajada", dice a la AFP sobre los activistas que tienen tomada la sede.
Desde hace semanas, la encrucijada que enfrenta Venezuela entre el régimen de Nicolás Maduro, reconocido por la ONU y apoyado por Rusia y China, y Guaidó, respaldado por Estados Unidos y más de 50 países, también trasladó la pugna a la sede diplomática en Washington.
El edificio de cuatro plantas ubicado en el elegante barrio de Georgetown está tomado por activistas que se agruparon en el Colectivo para la Protección de la Embajada y que buscan impedir la entrada de la delegación de Guaidó.
Los militantes viven allí desde la salida de los diplomáticos de Maduro, en un momento en que ambos países rompieron relaciones.
Medea Benjamin, una estadounidense de 67 años, forma parte del grupo pacifista Code Pink, que junto a otras asociaciones propuso a la cancillería de Caracas que un grupo de personas durmiera en la legación después de que otros edificios diplomáticos venezolanos fueron tomados por representantes de Guaidó.
Pese a que en un principio no tuvieron respuesta, posteriormente les dieron permiso y las llaves. "Yo sé que cuando mi país invade otro la situación siempre empeora", contó a la AFP la activista, que ha estado en conflictos como Afganistán o Yemen.
Benjamin es reconocida por su ubicuidad y el don del camuflaje para la protesta. En foros de alto nivel irrumpe vestida de rosa con su melena rubia sosteniendo pancartas por la paz y contra las intervenciones estadounidenses.
Para Nellie la presencia de los activistas es un "acto de violencia". "Tengo una sensación de amplia indignación, no solo porque sea una organización que se llame Code Pink que es un grupo feminista, no entiendo qué tiene que ver su lucha por el feminismo y la paz con invadir la embajada de otro país", cuenta la venezolana.
Nellie ayuda a organizar una guardia las 24 horas fuera de la embajada para impedir que los activistas entren comida. "Nunca en mis 30 años acá en Estados Unidos había visto una unidad tan bonita", afirma.
Los venezolanos colocaron toldos. Tienen un generador, comida y café. El himno venezolano y la música caribeña suenan todo el día, hay colchones inflables y además alquilaron una pieza en un hotel para repostar energía.
Benjamin reconoce que hay "violaciones a los derechos humanos" en Venezuela. "Pero eso no implica que Estados Unidos tenga el derecho de derrocar a un gobierno", argumenta, señalando que, si no fuera por el petróleo, a Washington no le importaría el país.
A medida que las relaciones entre Washington y Caracas se crisparon hasta la ruptura, Benjamin comenzó a irrumpir en la Organización de Estados Americanos con una pancarta en la que se leía "No al golpe en Venezuela".
Dos mujeres, dos caras de la toma de la embajada de Venezuela en Estados Unidos
11 may 2019 - 01:00 PM
