HISTORIAS DE FRONTERA

Dos naciones, una tragedia

Cerca de 800 familias se ven obligadas a empezar de cero otra vez. 19 entidades colombianas los ayudan a reorganizarse. Estos son algunos de sus dramas.

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Los nuevos amiguitos se entretienen probándose los zapatos que les llegan en donación. Una triste diversión.  Los nuevos amiguitos se entretienen probándose los zapatos que les llegan en donación. Una triste diversión.

Los nuevos amiguitos se entretienen probándose los zapatos que les llegan en donación. Una triste diversión. Foto por: LA PRENSA/Flor Mizrachi

En uno de los albergues que les ha tocado improvisar no hay techo. En uno de los albergues que les ha tocado improvisar no hay techo.

En uno de los albergues que les ha tocado improvisar no hay techo. Foto por: LA PRENSA/Flor Mizrachi

Ese niño no es suyo. Nació aquí: es hijo de la Patria. Con estas palabras, la colombiana y residente en Venezuela Consuelo recuerda entre lágrimas y  desesperación el momento en que las autoridades venezolanas le arrebataron de las manos a su Jason, de 13 años. Ocurrió en su casa en San Antonio, Táchira, que ahora solo es polvo y recuerdos. Desde el sábado no lo ve.

Ella fue deportada a su natal Colombia. Salió con la ropa que llevaba puesta, dos mudas extra y nada más. Nada de los sacrificios y de ahorros acumulados durante 21 años con su trabajo de ayudante de casas de familia.

¿Su pecado? Ser colombiana. ¿Su historia? Una más entre miles de deportados o devueltos por decisión propia a su país de origen por el temor de que les arrebaten a sus hijos. Entre miles que pierden ahora el tiempo viendo cómo empezar de cero, otra vez. Víctimas de la decisión tomada por el presidente Nicolás Maduro el 19 de agosto de “limpiar” Venezuela de colombianos, tras un supuesto atentado contra tres miembros de su Guardia Nacional.

Las historias de los hijos a los que la frontera dividió –suman al menos 166, con más de 300 niños– son quizá las más desgarradoras y singulares, solo equiparables a las padecidas por el pueblo judío hace miles de años o a los cristianos expulsados por el Estado Islámico.

En el albergue de Villa Antigua, en Cúcuta, uno de los más organizados y en manos de la Defensa Civil, se encuentran 223 personas repartidas en 52 carpas. 52 familias. 52 historias.

LA MISERIA HUMANA

Kelly tiene 28 años y la mirada asustada. Por miedo a que le arrancaran a sus hijos, uno de 5 años y el otro de 10 meses, y después de escuchar voces que anunciaron la existencia de leche en el supermercado, para solo “estafar” y quitarles la cédula a los asistentes, ella alcanzó a escapar por una trocha incierta el sábado, atravesó el monte, cruzó el río y dos horas más tarde llegó a Cúcuta.

El pasado miércoles, una empresa de telefonía celular pasó regalando chips con 45 minutos gratis a Venezuela, así que ya pudo hablar con su esposo venezolano al otro lado, encargado de cuidar lo poco que todavía tienen: una casita y un pequeño puesto de venta de minutos de celular. Él quiere mudarse aprovechando la nacionalización exprés que la Cancillería colombiana puso a disposición de los venezolanos casados con sus nacionales. ¿Cuándo? No sabe aún.

Por lo pronto, Kelly está pensando qué hacer. El Ministerio de Trabajo de Colombia les ofrece opciones laborales como estilista, albañilería y recolección de café. Ella prefiere la última, porque anuncian una guardería para los bebés.

PARA EMPEZAR

El Gobierno colombiano ofrece también a los recién llegados los servicios de salud, reubicación en escuelas, asistencia humanitaria, registros de identidad y un subsidio de alquiler de casa por la suma de 250 mil pesos (unos 83 dólares) por tres meses. Equivale a siete salarios mínimos venezolanos.

María no tiene ni la menor idea de qué va a hacer. Tiene 57 años, está ciega de un ojo y salió sin un solo bolívar. Estaba dormida cuando le tumbaron la  puerta.

A 10 metros de María está una mujer de unos 20 años. Pasea a su bebé, de un mes de nacido. Lo lleva en un coche que bandea entre las carpas sin levantar la mirada. Sin ánimo de hablar.

Tres carpas más adelante duerme otra veinteañera que, como Kelly, huyó. Su hazaña sucedió 22 días después de haber dado a luz, con su bebé en brazos y acompañada de sus tres hermanas. Cada una con sus hijos.

Su bebé luce brotes en la piel. Aunque el albergue tiene techo, la temperatura alcanza los 35 grados en la sombra. Mientras instalan las duchas, las familias de las viviendas aledañas le prestan sus baños a ella y a otros albergados.

Huele a solidaridad. Kelly le pide a Pedro, el funcionario de Defensa Civil que está encargado del albergue Villa Antigua, agua y cereal para las mamaderas de su bebé. Le da un termo y él sale del albergue rumbo a un restaurante a media cuadra.

A lo lejos, la empresa de telecomunicaciones de Bogotá ofrece llamadas gratis. Les permiten llamadas de 4 o 5 minutos a los refugiados, aunque algunos se extienden por 15 tratando de reorganizar sus vidas. Hasta el cierre de esta edición, la empresa había regalado 2 mil 635 minutos.

Se apiñan en pequeñas montañas las donaciones con las que sobreviven tantas familias. Papel higiénico, pan, galletas, agua –mucha agua–, aceite, leche de fórmula… Aportes que han llegado desde todo el país y también de venezolanos con pena ajena, que se han presentado a la puerta de los albergues con bolsas de supermercado.

Pero no todos los albergues están así de organizados. El de La Parada, el más cercano a la frontera del lado colombiano, es el más improvisado. Se encuentra sobre una cancha de fútbol. No tiene techo y el calor inclemente tiene a 178 refugiados que construyeron su aldea con bolsas de basura y retazos de tela colgados de troncos.

Las autoridades no han llegado todavía, pero la “líder” del grupo se llama Luz Elena, una deportada más. Ella fue expulsada con su esposo y se reencontró en Colombia con sus tres hijos, que escaparon voluntariamente. Sus pertenencias: un colchón y ropa. No sabe dónde quedaron sus documentos.

Se ven bolsas de basura llenas en todos los costados. Niños juegan a probarse zapatos, hombres rebuscan entre la ropa donada qué prendas les pueden  quedar, señoras sacan aceite, arroz y frijoles para cocinarle a la tropa... En unos días recibirán la comida preparada, como en los otros albergues, pero por ahora deben cocinar en ollas enormes sobre fogatas improvisadas.

Llegan dos señoras de la Defensoría del Pueblo de Colombia a tomar los casos. Se forma la fila. Uno está más necesitado que el otro, pero no se cuelan. Se refrescan con vasitos de raspadura preparada por los vecinos, “para que no se sientan tan solos”. Sirven la bebida de un balde enorme, mientras oyen las historias de sus nuevos vecinos.

En la fila está John Jairo, que lleva ocho días en el lado colombiano. Se escapó apenas vio cómo le quitaban tres hijos a su vecina. Carga a su hija de dos años y la trata de entretener, pero ella está desesperada. Quiere caminar, pero el piso está lleno de piedritas y ella todavía no tiene zapatos. A lo lejos están su esposa y su otro hijo. Salen y entran de la cancha mostrando el cintillo azul que les pusieron. No tuvieron de otra que tomar esa medida (la de colocar cintillos a los refugiados) después de que lugareños, también pobres, se hicieran pasar por deportados para recibir ayuda.

John Jairo y su familia solo pasan el día en el albergue. El sereno y el polvo que alborota la brisa les hacen daño a los pequeños. Así que él, dedicado a transportista y conocedor de antemano de algunos cucuteños, pudo conseguir una casa donde pasar la noche.

PERIPECIAS AQUÍ Y ALLÁ

El paso por la frontera es tenso. Complejo. Al principio del puente que lleva al puesto de control, donde en 2009 Juanes hizo su concierto Paz sin fronteras, hay ahora un primer filtro. Solo pasan enfermos, alumnos y venezolanos con pasaporte.

Muchos no lo tienen a la mano. Solo cargan su cédula venezolana, con la que han podido pasar toda la vida.

Ya no lo pueden hacer: ahora las autoridades venezolanas exigen el sello. Les toca devolverse a hacer el trámite en el consulado. Son más los que se  devuelven que los que logran pasar.

Del lado colombiano, dispuesto a regresar a su país, está un señor de unos 75 años de edad. Se le ven marcados los brazos de las agujas con las que le administraron medicamento para su enfermedad. Además, es paciente renal. Le permiten pasar.

A Adela le toca esperar en fila bajo un calor que podría cocinar un huevo. Viene de pasar 17 días de vacaciones con su familia. Lleva una maleta pequeña y dos bolsas de papel higiénico de 18 rollos cada una.

Los agentes aduaneros del lado colombiano son amables. Los venezolanos, toscos. Los divide una malla de alambre de púas. Del lado venezolano, los guardias parecen listos para el ataque.

No pestañean ni cuando una mujer se acerca al alambre a rogar que su hermano colombiano, con quien sus hijos pasaron las vacaciones, sea quien se los traiga hasta ese punto. Necesita entregarle una mochila de medicinas y ropa para un familiar en Colombia. Al final, alguien se compadece de ella. Abraza a sus hijos y le pasa, sin rozarlo siquiera, la maleta al hermano. Les tocó abrazarse con la mirada.

La ciudad de Cúcuta está vacía. Parece domingo en la tarde. Casi todas las vallas exhiben propaganda política. El 18 de octubre son las elecciones parlamentarias del área. Están cerradas las casas de cambio: sobran porque no hay a quién cambiarle. Los locales de chécheres varios lucen sus portones hasta el piso. Lo único lleno son las estaciones de gasolina. Como la frontera está cerrada y ya no hay quien pase el combustible para venderlo barato, no queda de otra que formar la fila para ‘tanquear’ a precio comercial colombiano.

El avión despega y deja atrás montañas. Montañas tan grandes como el problema que, en parte por una decisión diplomática de Panamá, se aplazó hasta quién sabe cuándo. 

La Defensoría del Pueblo de Colombia ha emitido un video institucional para apreciar la magnitud de la tragedia y en donde se recogen testimonios de los desplazados. Para verlo, haga clic aquí.

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