En un histórico discurso al pueblo cubano, el presidente Barack Obama elocuentemente señaló que las libertades públicas —incluido el derecho de asociación y el derecho a criticar al gobierno sin temor a represalias— han permitido a los estadounidenses construir un mejor país, y sostuvo que lo mismo podría ocurrir en Cuba.
Lo que Obama no hizo fue referirse a las prácticas específicas usadas por el gobierno cubano para reprimir estas libertades básicas; por ejemplo, bloqueando el acceso a páginas web de periodistas o intelectuales independientes, negando derechos sindicales a los trabajadores, amenazando y deteniendo a ciudadanos para impedir que participen en protestas pacíficas o en reuniones políticas, y utilizando la orwelliana legislación que permite encarcelar cubanos por hasta cuatro años por actividades “pre-delictivas”.
El viaje del presidente Obama representó el entierro de una política anacrónica y fracasada de aislamiento, y dificultará que el gobierno de Castro siga presentándose al mundo como una víctima de Estados Unidos para justificar sus políticas represivas. Sin embargo, así como hizo un llamado a que el Congreso republicano levante el embargo sobre Cuba, Obama también debió haber sido mucho más claro y específico y exigir las urgentes reformas que hacen falta para que los cubanos puedan vivir en una sociedad abierta, democrática y respetuosa de los derechos humanos.
José Miguel Vivanco es director de la División de las Américas de Human Rights Watch.
