Gerardo Lissardy - BBC News Mundo
Evo Morales, el expresidente de Bolivia al que muchos creían derrotado como líder político, ha vuelto a protagonizar una pugna de poder en su país.
Desde el Trópico de Cochabamba, una zona cocalera en el medio de Bolivia donde se refugia rodeado de seguidores para eludir una orden judicial de captura, Morales ganó relevancia con la actual crisis política boliviana.
Sus partidarios se han unido a las manifestaciones de grupos indígenas y sindicatos que desde hace semanas bloquean carreteras y chocan con la policía para exigir la renuncia del presidente Rodrigo Paz.
Ya sin cargos públicos y sin controlar el Movimiento al Socialismo (MAS) con el que fue electo como primer presidente indígena de Bolivia hace 20 años, Morales definió esas protestas como una “sublevación del pueblo” y reclamó nuevas elecciones en 90 días.
El actual presidente de centroderecha, que fue investido en noviembre tras dos décadas de gobiernos del MAS, acusa a Morales de instigar la agitación contra la democracia.
“Es un hombre que está embrutecido por el poder y hará todo lo posible para, más allá de muertos, más allá de la confrontación, más allá de destrozar a Bolivia, derrocar este proceso democrático”, dijo Paz sobre Morales en el diario argentino Clarín esta semana.
La pregunta, por lo tanto, es qué poder mantiene el exmandatario boliviano desde su enclave del trópico.
“Política en las calles”
A sus 66 años, Morales parece apelar de nuevo a la movilización callejera y los bloqueos de carreteras que hace más de tres décadas le sirvieron de palanca política como líder cocalero, señalan expertos.
“Tiene el poder de la calle”, dice el analista político boliviano Carlos Toranzo a BBC Mundo. “En Bolivia tiende a ser más fuerte la denominada política en las calles que la fuerza de las instituciones. Por eso llegó Evo Morales al poder, por vía de las movilizaciones sociales”.

Sin embargo, afirma que las cosas han cambiado desde la primera vez que Morales fue electo presidente con un mensaje de inclusión social, lucha contra la corrupción y respeto a la Madre Tierra o Pachamama.
“La imagen de la movilización social sigue siendo la misma, nada más que ahora se movilizan en torno a prebendas, a no perder privilegios, y el capitán visible es Evo Morales. Pero no es el único”, sostiene Toranzo.
Durante los casi 14 años seguidos en que Morales fue presidente (con dos reelecciones en el medio), Bolivia tuvo altas tasas de crecimiento económico, redujo más de la mitad la pobreza extrema y avanzó en áreas como salud o educación, tras nacionalizar los hidrocarburos y beneficiarse de un boom de precios de las materias primas.
Pero sus críticos lo acusaban de concentrar cada vez más poder, favorecer a sectores afines, tolerar la corrupción y poner en riesgo el medioambiente, al explotar el petróleo y gas o impulsar una carretera en una reserva ecológica.
Su mandato acabó de forma abrupta en 2019, cuando intentó ser reelecto por tercera vez avalado por un tribunal, pese a que la Constitución lo impedía y la ciudadanía había rechazado esa posibilidad en un referéndum.
Las elecciones de ese año derivaron en una crisis mayor cuando la oposición denunció un intento de fraude y Morales abandonó Bolivia asegurando que había un golpe en su contra.

Regresó al país en 2020, al inicio del mandato de su delfín político Luis Arce.
Pero una disputa interna de Morales con Arce y una severa recesión económica en Bolivia debilitaron al MAS, que obtuvo apenas 3% de los votos en las elecciones de 2025 ganadas por Paz con el apoyo de muchos de sus antiguos votantes.
El expresidente, impedido de postularse por haber alcanzado el límite de mandatos permitidos por la Constitución, llamó a anular el voto en esos comicios.
Algunos vieron en ese gesto una señal de que se preparaba para enfrentarse al próximo gobierno.
Sin embargo, en aquel momento Morales ya estaba escondido en su bastión cocalero y eludía la orden de detención para investigarlo por presunta trata de personas y el presunto embarazo de una menor de 15 años cuando gobernaba.
El exmandatario sostiene que se trata de un proceso inventado para perjudicarlo políticamente.
“No hay víctima, no hubo debido proceso ni hubo pruebas”, dijo hace unos días en el canal argentino C5N.
Pero este mes el tribunal de Tarija en el que se sigue el caso declaró a Morales en rebeldía por ausentarse en el inicio del juicio y emitió una nueva orden de aprehensión en su contra.
Un lugar especial
Morales demuestra ahora que mantiene una base fiel de seguidores ante un gobierno debilitado por la crisis económica y problemas de gestión, apuntan los analistas.
Los cortes de carreteras alrededor de La Paz y otras ciudades han causado escasez de comida, combustibles y medicamentos.

El presidente Paz “tiene dos caminos: una decisión suicida, militarizar” o “la pacificación, transición, elección en 90 días”, sostuvo Morales el domingo en la radio Kawsachun Coca de su movimiento.
Pero la politóloga y socióloga María Teresa Zegada señala que Morales también tiene un liderazgo limitado por su inhabilitación para ser presidente otra vez, su imposibilidad de circular por Bolivia y “una sanción social muy fuerte” por el proceso que enfrenta.
“Hay una especie de inflación del liderazgo (de Morales) en términos discursivos, porque sus posibilidades reales de volver al campo político, al menos dentro de los marcos del sistema institucional democrático, son nulas”, dice Zegada, que es profesora de la Universidad Mayor de San Simón, en Cochabamba, a BBC Mundo.
El Congreso boliviano habilitó el martes al presidente a desplegar a los militares en las calles y declarar el estado de emergencia ante la crisis.
Paz ha dicho que prefiere el diálogo a la confrontación con armas, pero está bajo una creciente presión para desactivar las protestas.

El presidente también ha indicado que Morales predomina en “una de las regiones más importantes de la generación de narcotráfico en Sudamérica”.
Y un portavoz del gobierno sugirió recientemente que las protestas reciben financiamiento de esa actividad ilícita.
Pero ninguna prueba empírica de eso se ha mostrado, aunque “sabemos que en el Chapare están no solamente los movimientos sociales, cocaleros y campesinos, sino que también hay una fuerte presencia de narcotráfico”, apunta Zegada.
Tampoco ha habido hasta ahora una acusación formal que vincule al expresidente con el tráfico de drogas.
Si bien suele señalarse que Morales está en la provincia del Chapare, él mismo dijo días atrás que lleva más de un año confinado en la sede de las Seis Federaciones del Trópico, la coordinadora de cocaleros y productores agrarios con base en Lauca Eñe, una pequeña ciudad amazónica en la provincia de Tiraque.
El exmandatario ha tenido algunas apariciones públicas recientes en ese lugar de difícil acceso, custodiado por cientos de indígenas que le declaran lealtad.
También es probable que Morales cambie con frecuencia de ubicación en esos lugares del Trópico de Cochabamba, para evitar ser localizado.
“Si unes el tema sindical cocalero, que se ha convertido en un bastión de Evo Morales”, señala Zegada, “más esta connotación tan fuerte del narcotráfico, evidentemente (se) convierte en un polvorín este sitio”.
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