Quisiera saber hasta dónde piensan llegar los diputados para erguirse sobre sus pares –los ciudadanos que los eligen– en materia de privilegios. Un buen día, en el gobierno de Ricardo Martinelli, los diputados se dieron cuenta de que sus votos tienen valor político y monetario. Y desde entonces, desarrollaron un poder que le ha costado y nos sigue costando cientos de millones de dólares.
Sus discursos contra los “ricos empresarios” que someten al pueblo, son el retrato de lo que ellos mismos son o anhelan ser. Y si tienen que pasar por encima de sus electores lo harán gustosos si con ello obtienen una camioneta Lexus, una casa de playa, dos casas en la capital… una conocida y una de seguridad; viajes, compras, las mejores comidas y licores. Cualquier cosa que les permita gozar de sus cinco años de fama y hasta quizá los años de sequía política.
Han adoptado una vida de hipocresía y no roban más porque solo tienen dos manos. Y aún creen que no nos damos cuenta de sus fechorías. El día que los ciudadanos –hartos de la corrupción– decidan tomarse la justicia por sus manos, el primer lugar donde irán a buscar a los culpables de su situación será la Asamblea Nacional. Ya ha pasado en Guatemala, Libia, Paraguay, Sri Lanka y varios más. La acción contra el Congreso de Guatemala en 2020 se produjo por razones que acá en Panamá pasan inadvertidas... hasta ahora. Esa vez, los encapuchados que incendiaron la sede parlamentaria protestaban porque se aprobó un aumento para el presupuesto del Estado de 2021.
Los guatemaltecos alegaban que la aprobación del presupuesto por la bancada oficialista “fue negociado sin la necesaria transparencia, compromete la disciplina fiscal requerida para mantener la estabilidad macroeconómica y no responde a las verdaderas necesidades de los guatemaltecos”. El presupuesto contemplaba, además, un aumento para los diputados guatemaltecos de $12 millones y daba prioridad a los “grandes proyectos de infraestructura que serán manejados por compañías con conexiones gubernamentales…” ¿Alguien puede negar que eso mismo ocurre en Panamá?
Ni miran afuera ni adentro. Y ya en julio pasado tuvimos un primer asalto, con protestas que cerraron semanas enteras calles y carreteras en todo el país. ¿Qué aprendieron los diputados de eso? Absolutamente nada. Son zombis, cuyos cerebros solo responden a un estímulo: su voraz instinto de codicia. Ni siquiera han derogado una ley que motivó parte de las protestas: la de incentivos fiscales al turismo. Allí están, riéndose del diálogo y de lo que ahí se decide. Los diputados solo hacen lo que les dicta el fondo de sus bolsillos. Ese es su dios, líder y ejemplo.
Y no dejan de apostar por la mala memoria de los panameños, incapaces de calcular que el olvido solo funciona si se solucionan las angustias y carencias del presente. El diálogo solo ha emparchado el débil dique que impide una explosión social. Pero ellos ni ven ni oyen ni piensan. Si la ira del pueblo estalla otra vez, sabemos cuál será el detonante… y dónde empezará el fuego.

