Tras dos semanas, la vida y la solidaridad aún emergen de las grietas del desastre en Venezuela

En La Guaira los escombros llenan lo que antes eran zonas residenciales y el ruido de las máquinas se alza mientras miles de personas aún esperan recuperar los cuerpos de sus familiares fallecidos en el terremoto. La ayuda será necesario durante mucho tiempo.

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Familiares de personas desaparecidas hicieron carteleras con información en busca de ayuda para localizarlos. Rodolfo Baptista Brito

Luisana Arcia, paramédico de la Organización No Gubernamental (ONG) Ángeles de las Vías, había trabajado desde las 2:00 p.m. del 25 de junio hasta las 9:00 a.m. del día siguiente en La Guaira.

Habían pasado 51 horas luego del doble terremoto de 7.2 y 7.5 grados en la escala de Richter y las réplicas que azotaron con furia la región.

Al llegar a su casa no pudo contener el llanto. Las imágenes de la devastación, edificios destruidos en el estado costero, que en algún momento se erguían imponentes frente a la mar, pero sobre todo, las decenas de muertos que se contabilizaban —y que desde aquel instante se proyectaban en miles—, emergieron súbitamente en su mente hasta aquel momento ocupada en el arduo trabajo de atención a las víctimas.

Nunca había tenido que enfrentarse a una tragedia similar.

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Edificio de apartamentos que se desplomó, un piso sobre otro, como consecuencia del doblete sísmico que ocurrió el 24 de junio de 2026. Rodolfo Baptista Brito

En ese instante los escasos rescatistas nacionales que habían logrado bajar desde Caracas, hacían lo que podían en medio del desastre, mientras los familiares, allegados y vecinos, usaban sus manos para sacar a los primeros sobrevivientes que se encontraban casi en la superficie de los escombros.

Los que terminaron tapiados por toneladas de cemento y acero retorcido —tanto vivos como muertos— tendrían que esperar más.

Luisana cuenta que, con los días, la fortaleza de los heridos y la solidaridad de los pobladores alimentaron su espíritu. “Siento que la resiliencia de mis compañeros y de las personas me hicieron mantenerme en pie y disminuir la afectación que evidentemente ocurrió”.

En particular recuerda el caso de Sebastián, un niño de 13 años, rescatado en Caribe, sector de la parroquia Caraballeda, ubicado en el este, con traumatismo craneoencefálico y síndrome compartimental en ambas piernas.

“Tú esperas ver a un niño asustado, esperas ver a un niño llorando, pidiendo a su familia. Gracias a Dios tenía a un familiar con él para que no estuviera solo (…) Él hablaba conmigo y me decía ‘a mí no me gustan mucho los superhéroes’ y yo le decía ‘bueno, pero para mí tú eres un superhéroe, porque te salvaste de esto’“.

”Él hablaba como si no pasara nada, como si estuviera bien. De hecho, con Sebastián fue muy impactante, porque él no era ese niño que buscaba calor, o ese niño que buscaba sentirse protegido, sino más bien, él nos daba a nosotros la paz, de que él se sentía bien, dentro de todo lo malo”.

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Servicios de emergencia del Comité Internacional de la Cruz Roja. Rodolfo Baptista Brito

El traslado en ambulancia, desde La Guaira hasta el Hospital Pérez Carreño (uno de los principales centros de atención públicos en Caracas la capital del país), se le hizo eterno a Luisana.

La mano de Dios

La fuerza de la gente de La Guaira fue contagiosa, no sólo para Luisana sino para muchos de los rescatistas y equipos de ayuda internacional que fueron llegando conforme pasaban los días luego del 24 de junio. Especialistas de al menos 20 naciones -incluyendo Estados Unidos, México, El Salvador, Argentina, España, Turquía, Israel, Nueva Zelanda, entre otras, se hicieron presentes. Igualmente organismos como el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

De acuerdo a reportes oficiales, al país arribaron 4 mil 338 rescatistas internacionales.

Christian Kuperbank, ciudadano argentino que trabajaba con el equipo de “topos” mexicanos llevaba el domingo 5 de julio, siete días en Venezuela, y aún le restaban 20 más. A las 11:14 a.m., exhausto de remover escombros, decidió tomar una pausa para ir a descansar un poco, y retomar el trabajo a las 5:00 p.m.

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Rescatistas del Ejercito de México y la unidad canina buscan sobrevivientes, en un edificio derribado por los sismos, en La Guaira. EFE

“He podido notar que acá en Venezuela la gente es muy dura, que la verdad es que con los años han aprendido a vivir a un montón de situaciones que se les han presentado. Son muy solidarios entre ellos y al mismo tiempo con nosotros que venimos de fuera (…) Hay que reconocer eso y hacer el esfuerzo después de esta terrible catástrofe”.

Kuperbank agregó que en la zona de Caribe, en la parroquia Caraballeda, había expertos y voluntarios de entre ocho y 12 naciones. No obstante, varios equipos ya comenzaban a regresar a sus respectivos países.

Nelson Santiago, un topo rescatista proveniente de Acarigua, estado Portuguesa, una entidad ubicada en el occidente, corroboró lo dicho por otros profesionales. “El venezolano, en lo que hemos podido observar aquí en esta zona, tiene una resiliencia increíble y admirable. ¿Por qué? Porque a pesar de que efectivamente hay muchos fallecidos, también mantiene mucho la esperanza de conseguir personas vivas”.

Relata que el sábado 4 de julio, junto con otro rescatista venezolano, acudieron a un edificio que había colapsado completamente, donde pudieron percibir golpes metálicos varias veces seguidas. “Cuando tú estás allá adentro, en medio de los escombros, y escuchas una señal de vida, uno agarra una fuerza que te lleva a buscar más allá, más allá del cansancio. Es ese tipo de esperanza. Y así tengas que mover tres, cuatro, cinco pisos, tú lo haces porque sabes que hay una señal de vida”.

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Uno de los edificios de la Misión Vivienda, desarrollada por el gobierno de Hugo Chávez en el sector Caribe que, aunque quedó en pie, es inhabitable. Rodolfo Baptista Brito

En el edificio OPP-33, unas cuadras más abajo, también en Caribe, fueron encontradas entre 15 y 17 personas vivas que quedaron atrapadas dentro de una bóveda con alimentos.

“A diferencia de otros, aquellos tenían alimentación, y era normal que estuvieran vivos. Pero cerca de esta área residencial en Caribe, hay una persona atrapada que no tiene alimentación, ni agua”.

Hasta aquel momento no se había logrado rescatar porque se encontraba en un lugar de difícil acceso. “La pregunta es ¿cómo sobrevive una persona por más de 10 días sin alimentación y sin agua. Científicamente hablando, eso no es posible. Entonces es aquí donde vemos que ocurren los milagros, donde vemos la mano de Dios”, narra el rescatista.

También el sábado se logró el rescate de una niña de cuatro años. Habían transcurrido 10 días del temblor y logró sobrevivir porque los cuerpos de su madre y abuela, quienes sí fallecieron, sirvieron de escudo frente al impacto de los escombros, protegiendo a la menor.

“Los saqueadores serán liquidados”

La Guaira parece desafiar las proporciones: aunque es uno de los estados más pequeños del país con sólo 1 mil 497 kilómetros cuadrados, ha registrado dos de las tragedias más devastadoras para la nación. Antes del reciente temblor, en diciembre de 1999 un deslave de lodo y rocas producto de las intensas lluvias caídas dejó desolado al, para entonces llamado, estado Vargas. Aunque Caracas y La Guaira están separadas por aproximadamente 30 kilómetros, entre ambas entidades se interpone el Ávila - ahora llamado Parque Nacional Waraira Repano.

La imponente cordillera que supera los 2 mil metros de altitud, sella un pacto entre el norte azulado del mar Caribe y el bullicio caótico de la ciudad capital. Un pacto que es quebrantado por una autopista que permite la entrada y salida en 20 minutos a través de túneles.

El corredor vial también es la principal puerta de entrada al país, ya que en La Guaira se ubica el Aeropuerto Internacional de Maiquetía Simón Bolívar. A causa de los terremotos, aún no están permitidos los vuelos comerciales, únicamente los que trasladan la ayuda humanitaria. Las instalaciones actualmente están bajo la supervisión de expertos de Estados Unidos. Debido a lo estrecho del litoral , sus habitantes bromean diciendo que la entidad puede ser recorrida en “una sola calle” -es decir, “no hay forma de perderse”-, entre los extremos este y oeste que atraviesan 11 parroquias: Vargas, Caraballeda, Carayaca, Catia La Mar, El Junko, La Guaira, Macuto, Maiquetía, Naiguatá, Urimare y Carlos Soublette.

Pero no todas estas zonas sufrieron el mismo daño por el doble terremoto del 24 de junio. Ni tampoco, la misma y rápida atención de rescatistas y presencia de maquinaria pesada para remover los escombros.

Catia la Mar (al oeste) y Caraballeda (al este) acusaron los mayores estragos, mientras desde el ingreso al estado hasta el llamado Casco Histórico de La Guaira, en el área más central, parecía haber sufrido menos por el estremecimiento de la tierra; en Caribe y -un sector de Caraballeda- las estructuras habían sucumbido a las vibraciones que se magnificaban en los depósitos aluviales, arenas y limos sobre los que se erguían los bloques de concreto. Los terremotos habían convertido el suelo en “gelatina” según los expertos.

En terrenos rocosos, no obstante, las construcciones seguían en pie. De acuerdo al Gobierno Nacional, 190 edificios habían colapsado en todo el país y 856 fueron afectados de alguna manera. En total, 17 mil 854 personas quedaron sin vivienda en el territorio nacional.

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Townhouses abandonados. Rodolfo Baptista Brito

Un conjunto de al menos 10 townhouses, casas pequeñas de dos pisos, adosadas unas con otras, permanecían en pie en Los Corales, aunque en apariencia sin habitantes. “Estamos bien” se leía en letras escritas con pintura roja en la fachada de paredes amarillas de una de ellas. Otros mensajes eran menos amigables. “Saqueadores serán liquidados” se advertía con letras blancas en una de las puertas de vidrio de la entrada del edificio Alhambra.

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Residencial en que los residentes dejaron mensajes de advertencia cuando comenzaron los saqueos posteriores al terremoto. Rofolfo Baptista Brito

Los campamentos improvisados de personas eran, además de los escombros, parte del paisaje. “Si abandonaron los townhouses, es porque no los quieren. Yo me puedo meter en uno”, decía una mujer de cabello rubio, vestida con licras -prenda de vestir elástica y ajustada- de rayas rojas y blancas.

Otras entradas residenciales eran empapeladas con fotografías de habitantes desaparecidos -entre ellas niños y ancianos- y teléfonos de sus familiares. Pero había algo más que se había convertido en parte del paisaje: cada cierto número de cuadras era habitual ver infinidad de prendas de ropa usada apilada en montículos, aparentemente descartadas en saqueos, o por donaciones que terminaban por ser desechadas.

‘Los segundos más largos de mi vida’

Pasado casi dos semanas del desastre, la situación en La Guaira parecía más organizada -si cabe usar la palabra con respecto a cualquier sitio en Venezuela-, y a pesar de que las esperanzas de encontrar personas con vida disminuía drásticamente con cada hora que transcurría-, aún se echaba en falta más rescatistas y maquinaria.

En las calles se observaba una mayor presencia de la Guardia Nacional (GN) y las denuncias acerca de saqueos -algunos de ellos protagonizados incluso por efectivos de seguridad- comenzaban a mermar entre los habitantes del litoral. No así los rumores sobre “robo” de la ayuda humanitaria, que, estos si, circulaban con más fuerza.

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En Catia La Mar, parroquia costera del estado La Guaira, las carpas se volvieron parte del paisaje, porque la mayoría de los edificios fue afectado. La fila que se ve al fondo es para buscar comida. Rodolfo Baptista Brito

Ahora, las decenas de carpas de colores donde vivían los damnificados, parecían pequeños botes salvavidas navegando en un oleaje de escombros, que se fundía con las playas cercanas del mar Caribe. Y la principal preocupación, como para todo naufrago, era conseguir agua y comida.

Robert Vega, acababa de recibir una bolsa con alimentos y artículos de higiene que se repartían bajo un toldo instalado en las adyacencias de Playa Caribito. Fue uno de los últimos en conseguirla. Detrás de él, una larga fila de personas no tuvo la misma suerte y comenzó a dispersarse entre el ruido de las olas, las palmeras y el pavimento fracturado.

“La ayuda ha estado bien gracias a Dios. Yo estaba ahorita en una cola. Yo rescaté (sic) una bolsa. Pero hubo mucha gente que se quedó sin bolsa. La idea es que todos llevemos. Y que traigan más [productos] para niños: Compotas, galletas y leche más que todo. Entre la gente que está viviendo a mi alrededor hay niños pequeños. Cuando me dan pañales a mí, yo los regalo para las personas que los necesiten”, relató Vega.

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Ciudadanos esperando a que les entreguen comida en playa Caribito o playa Caribe, en la costa norte del estado La Guaira. Rodolfo Baptista Brito

Más hacia el área central y el Casco Colonial de La Guaira, las estructuras parecían no haber sufrido daños, como el caso de la Casa Guipuzcoana, ubicada en la avenida Soublette -una edificación colonial construida en 1734, que ahora sirve como sede de la Gobernación de la entidad.

Los vecinos de la zona retomaban sus vidas poco a poco. Algunas panaderías y locales prestaban servicio con normalidad, aunque optaban por cerrar temprano. El sábado 4 de julio, cinco gandolas con comida enlatada y artículos de higiene descargaron la mercancía frente a la iglesia catedral San Pedro Apóstol, para entregarles una caja a cada familia. Los encargados de distribuir los alimentos eran ciudadanos norteamericanos acompañados por feligreses católicos y no permitieron la injerencia de representantes de los consejos comunales (líderes vecinales afectos al Gobierno).

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Soldados estadounidenses descargan ayuda de un vehículo anfibio en La Guaira. / Cuenta en X de la Embajada de EE.UU. en Caracas

Se trataba de productos importados: sardinas, atún, pollo, salchichas, granos, agua mineral, agua de coco, artículos de higiene como crema dental, cepillos de dientes, jabones de baño y toallas húmedas.

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Caja con alimentos que era entregada a cada persona como parte de la ayuda que proporcionó el gobierno de Estados Unidos. Rodolfo Baptista Brito

Según John M. Barrett, encargado de negocios de la embajada de Estados Unidos, la Administración Trump había enviado al menos 60 mil kits de ayuda, incluyendo también comida caliente servida. Para evitar que algunas personas hicieran la fila de nuevo para intentar recibir el aporte más de una vez, los responsables les pintaban en la muñeca una marca de color negro con marcador.

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El encargado de negocios de EE.UU. en Caracas, John Barrett, y el jefe del Comando Sur, Francis Donovan, se encontraron en Venezuela para coordinar la respuesta al doble terremoto. / Cuenta en X del Comando Sur de EE.UU.

“Aquí no hemos tenido problemas de comida porque han venido a ayudarnos. Ya algunos negocios están abriendo en Maiquetía de forma organizada, con un policía en la puerta, para que se haga una cola ordenada. Entran en grupos de 10 y cada quien compra lo necesario”, relata Elba Blanco, residente de La Guaira.

“Fueron los segundos más largos de mi vida”, confiesa, al recordar el terremoto del 24 de junio. Elba se encontraba en sus quehaceres domésticos cuando el piso y las paredes de la casa comenzaron a moverse. Se aferró al marco de una puerta. Cuando apenas iba a reponerse llegó el segundo terremoto. La gente gritaba desde la calle para que los vecinos salieran, pero al cesar el movimiento, optó por quedarse dentro de la vivienda, para velar por la seguridad de su hermano menor, Jesús, quien sufre una discapacidad y que atiende junto con su hermana, María de La Luz, enfermera jubilada, que vive en una casa adyacente.

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Así quedaron muchos edificios en el área costera del estado La Guaira. Rodolfo Baptista Brito

Debido a las réplicas temieron que se desplomaran las estructuras de la zona y los vecinos decidieron pasar la noche en la plaza, llevando sillas, almohadas, cobijas y hasta colchones.

Al día siguiente se corrió el rumor de que el mar se estaba retirando y había un “alerta de un tsunami”. Muchos de los habitantes de la localidad corrieron hacia la montaña para resguardarse en el Fortín El Vigía, estructura de un fuerte militar del siglo XVIII ubicado en la cima del cerro El Zamuro.

En toda la parroquia recibían apoyo porque la solidaridad continuaba intacta. En las paradas de autobuses y otros puntos de la zona, repartían arepas o arroz con pollo —que a veces elaboraba en Caracas, alguna cocinera o familia sensibilizada por la situación— y luego eran trasladadas y repartidas en La Guaira por un motorizado. A pocos metros de la morgue, un foodtruck o restaurante móvil de World Center Kitchen ofrecía emparedados gratis.

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Sector adonde fueron llevados los cuerpos recuperados de entre los escombros para su identificación y/o registro y posterior entierro. Rodolfo Baptista Brito

Algunas casas del Casco Colonial sufrieron daños en sus paredes, frisos y aleros, que ahora parecen más resquebrajadas, sobre todo aquellas que quedaron abandonadas después del deslave de 1999 y fueron ocupadas por familias sin hogar. Ahora tuvieron que ser desalojadas porque no son seguras. Pero en ese sector del Casco Central no se registraron personas fallecidas ni heridas.

Tampoco hay transporte público, pero circulan unidades que prestan el servicio gratuito, por parte de la Alcaldía.

Identificando a los cadáveres

Si para los sobrevivientes era vital encontrar alimento y vivienda, para el personal de salud la prioridad era atender a los heridos. Pero había otra preocupación que pesaba en el aire junto al olor acre de la descomposición de cuerpos que expelían algunas edificaciones desmoronadas y era el riesgo de epidemias.

Según el parte oficial, para el 6 de julio la cifra de fallecidos en todo el país se ubicaba en 3 mil 535, y los heridos en 16 mil 740. El número de rescatados era de 6 mil 462. En cuanto a los desaparecidos, los reportes extraoficiales contabilizaban en alrededor de 30 mil en el territorio. Este viernes 10, las cifras de rescatados y heridos sigue igual, mientras que la de muertes se elevó a 3,889.

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Familiares de desaparecidos esperan afuera del área donde estaban siendo colocados los cadáveres para su identificación. Rodolfo Baptista Brito

En los informes gubernamentales este dato no había sido actualizado. Acerca de las dudas que se manifestaban sobre la cifra de fallecidos, se pronunció el encargado de Negocios de la embajada de Estados Unidos en una rueda de prensa realizada el martes 7. “Como se sabe, el Gobierno está dando a conocer la cifra de muertos diariamente (..,) Creo que vamos a continuar viendo estas cifras elevarse con el tiempo, desafortunadamente, dada la escala de esta tragedia”, señaló Barrett.

En Los Silos, una estructura de 12 inmensas torres y un amplio terreno alrededor, al lado del Puerto Marítimo de la Guaria, fue instalada una morgue, para recibir los cadáveres.

Los allegados al difunto hacían fila en la entrada, sentados en sillas y bajo toldos blancos esperando a que se les diera acceso a la instalación. Según declaraciones de personal que trabaja en el proceso, un equipo multidisciplinario es el encargado de ayudar en la identificación y la entrega de los cuerpos a sus familiares. Algunos de los fallecidos se encuentran en tal estado de descomposición que solo pueden ser identificados por alguna prenda específica o incluso una marca o un tatuaje.

El verdadero reto es lograr un reconocimiento visual inmediato, pero personal del Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime), el Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), y el Consejo Nacional Electoral (CNE), que poseen un registro de los ciudadanos, ayudan a verificar la identidad a través de las huellas dactilares. Los patólogos forenses elaboran el acta de defunción, y una vez realizado todos los trámites se procede a la entrega del cuerpo.

Adicionalmente, esta morgue también cuenta con un crematorio y vehículos para ayudar a trasladar el cadáver hacia otro estado del país si es necesario.

“Nadie va a ir a una fosa común”, aseguró la presidenta encargada de la República, Delcy Rodríguez, el pasado 2 de julio, para salir al paso a los rumores sobre la aplicación de este tipo de procedimientos en el país. Agregó que se “ordenó abrir un expediente exhaustivo para cada cadáver”, con un protocolo que incluye además de la huella dactilar, registro fotográfico y evaluación de la dentadura en caso de ser necesario. También se incluyen muestras de ADN en los informes.

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Fosas que han sido abiertas recientemente por la emergencia en un cementerio municipal del estado venezolano La Guaira. Captura de pantalla / EFE

Otras versiones señalan que, a una hora de la carretera de La Guaira, se están abriendo trincheras, una suerte de cementerio improvisado, para enterrar cuerpos no identificados en forma separada.

Las mascotas: víctimas silenciosas

Por una de las calles de Caraballeda, bajaba apresurado Javier Rodríguez, cargando lo que parecía ser un bebe cubierto con una toalla blanca. Sólo que al acercarse y descubrirle la cabeza se revelaba que era una pequeña perrita.

El animalito era sobreviviente de los estragos que sufrió el apartamento que perdió Robert en Tanaguarena, en la OPP Eliecer Otaiza. “Se llama Niña. Ella llegó a mi casa (cuando yo vivía en Playa Grande) y ya tiene cuatro años conmigo. Quedó atrapada, le cayeron escombros y está deshidratada. Yo le he curado las heridas. Pero por la decisión de Dios todos estamos vivos”.

La perrita tenía varias heridas, una de ellas en la pata delantera derecha. Los animales eran de las víctimas más vulnerables: algunos quedaron sin familia, otros se extraviaron sin poder encontrar agua. Los más afortunados seguían con sus dueños acompañándolos en sus carpas.

Desde el refugio de la Granja Los Corales, en La Guaira, representantes de Misión Nevado (una instancia gubernamental de protección animal) reportó el lunes 6 de julio que hasta ese momento habían sido rescatadas 449 mascotas, y que estaban recibiendo alimentación y atención veterinaria. El objetivo es trasladar a los perros y gatos desprotegidos a un sitio donde luego puedan ser adoptados. Uno de los primeros puntos provisionales era cerca del McDonald´s de Caraballeda.

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Integrantes del Equipo Táctico Operativo de la Dirección General de Protección Civil de El Salvador entregan a médicos veterinarios ayudas y un perro para que sea atendido en una carpa de asistencia veterinaria este jueves, en La Guaira (Venezuela). EFE

La veterinaria Alegría Colmenares, quien trabaja en un centro de atención de Caribe, indica que 11 días después de la tragedia, y aunque “parezca increíble ya hay muchas familias que están con sus mascotas y otras han sido reubicadas en refugios”. “Los médicos veterinarios como gremio se están organizando, para manejar a estas mascotas, darles un plan sanitario, esterilizarlas y poderlas dar en adopción. Las mascotas que quedan acá, aunque algunas son de familia, otras son del sector y han sido adoptadas por otras familias”.

Otros animales permanecen en edificios que ya han sido desalojados por riesgo de que la estructura caiga. “No han podido salir de allí porque no han encontrado la manera, o porque están muy asustados”, apunta la profesional.

El primer edificio construido en La Guaira

Y mientras el tiempo seguía corriendo, los rescatistas permanecían trabajando ya de manera más coordinada y acoplada. Eso estaba ocurriendo en la urbanización Páez, ubicada frente a la avenida El Ejército, de Catia La Mar, muy cerca del Aeropuerto de Maiquetía, al oeste del estado. Son tres edificios de 14 pisos y constan de dos torres: A y B.

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Fotografía de un edificio afectado por los terremoto, este domingo, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

El terremoto destruyó el bloque 3, al colapsar la torre A y causar estragos en la B. Los bloques 2 y 3 también sufrieron daños severos, por lo que han sido declarados inhabitables y la urbanización fue totalmente desalojada.

Los especialistas y voluntarios se afanaban en los restos del bloque 3 esperando un nuevo milagro. Pero de nuevo el olor a descomposición se hacía presente en el aire.

Los bloques de La Páez fueron los primeros edificios construidos en Vargas como viviendas multifamiliares y datan del año 1955, durante el gobierno del general Marcos Pérez Jiménez, cuando el Banco Obrero tenía a su cargo el diseño y la construcción de las edificaciones.

Por más de 48 horas hubo personas atrapadas en la estructura de la torre A y en redes sociales transmitían mensajes desoladores pidiendo auxilio, ya que ningún organismo oficial o civil había acudido al rescate. Los propios dolientes y vecinos hurgaban con sus uñas en busca de las víctimas, orientados por los gritos desesperados de quienes estaban aprisionados debajo de la estructura colapsada.

Aún no se ha oficializado la cifra exacta de muertos en el bloque 3, pero en los primeros días fueron retirados siete cuerpos y se rescataron a más de 50 personas vivas que quedaron atrapadas. Los vecinos aseguraban que quedaba más de un centenar de personas debajo de las ruinas. El domingo 5 de julio se observaba a varios rescatistas que trabajaban con ahínco.

En los alrededores de los bloques de La Páez hay 14 veredas (calles estrechas de casas de uno o dos pisos) que fueron construidas después de inaugurados los edificios. Muchas colapsaron y sus habitantes las abandonaron, pero todavía hay personas que permanecen dentro de las viviendas maltrechas porque alegan que “no tienen para dónde irse” y rechazan los refugios.

Los damnificados están siendo albergados en el estadio César Nieves y también en carpas en diferentes sitios abiertos, donde les proporcionan comida y medicinas provenientes de la ayuda humanitaria. Sin embargo, los habitantes de Catia La Mar se sienten menos atendidos que los afectados de otras parroquias. En Caracas, La Guaria y el estado Miranda -en la zona central-, se habían asignado entre 80 y 82 campamentos provisionales, para recibir a un total de 17 mil 642 damnificados. Hasta este momento se habían recibido 12 mil 806.

La esperanza de los rescatistas, voluntarios, personal de salud, y sobre todo de los familiares, era que esos campamentos pudieran llenar su capacidad, y reducir el número de desaparecidos.

Luisana Arcia de la ONG, Ángeles de las Vías, explica que los equipos provenientes de Mérida tenían una muy buena formación, mientras que los profesionales internacionales contaban con tecnología de última generación que permitía detectar latidos del corazón en una estructura colapsada, o detectar si un edificio era lo suficientemente estable como para poder entrar, sin riesgo de un desplome súbito.

El doctor Miguel Hurtado, del Campamento Humanitario Sanare, valora también el trabajo conjunto y solidario con los profesionales de El Salvador y México y Protección Civil de Mérida. Advierte que una persona hidratada puede aguantar hasta 30 días. “La esperanza es algo que nunca debe perderse”, subraya.

Y es que las tragedias, al igual que la cercanía de la muerte, tienen a veces la rara virtud de sacar lo mejor de lo que somos en vida.


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