A varios días de haber salido por su propio pie de entre los escombros de un edificio derrumbado en Ciudad de México por el terremoto del 19 de septiembre pasado, Hilda Venegas le preguntó a su madre si en realidad estaban vivas.
"Como que las cosas sucedían sin que estuvieses realmente involucrado. No sabías la hora ni el día. Llegaban amigos, familiares, te abrazaban y llorábamos juntos", cuenta a la AFP Venegas, una abogada que el día del terremoto consiguió salir de los escombros de su casa junto con su hija Carla, de 28 años, y su madre Marta, de 76.
Otro día, su madre le hizo la misma pregunta a uno de sus hijos en su nuevo hogar. "Ay mamá, si no estás viva, ¿para qué voy a pagar tanta renta?", recuerda Marta que le contestó su hijo.
El día del terremoto, las tres mujeres y Render, un pequeño perro blanco, se refugiaron en el baño del departamento que ocupaban en el cuarto piso del edificio, del que hoy solo quedan trozos de concreto entre los que se alcanzan a ver algunas pertenencias de sus antiguos ocupantes.
Durante el sismo, el baño cayó al segundo piso junto con el edificio pero las resguardó.
En medio de polvo y cascajo, Venegas recuerda que estaba resignada a esperar a ser rescatada. Su hija no. "Ni madres, aquí no nos vamos a morir", exclamó Carla en ese momento y empezó a excavar entre los escombros, incluso golpeando algunas piedras con la cabeza, hasta que lograron salir.
El increíble proceso duró entre cuatro y cinco minutos. Sin embargo, otras personas del edificio no corrieron con la misma suerte.
"Vi a Cirilo, el conserje, a él se le murió su hija. Estaba en el departamento de arriba, una chica de 17 años", dice Hilda.
El proceso tras el terremoto de 7.1 grados, que dejó 369 muertos en el centro del país y derribó casi 40 inmuebles en la capital, no ha sido fácil para estas mujeres que intentan entender lo sucedido y se encuentran sin pertenencias ni documentos.
"Me da muchísimo miedo dormir, me da miedo porque ya sabemos que puede haber terremotos", dice Venegas, quien batalló para encontrar un nuevo hogar en medio de un aumento de precios y numerosas dudas sobre las condiciones de los edificios en renta.
"El problema de haber estado entre los escombros y en mi caso ver cómo se caía un edificio, es que cuando volteo a un edificio, siento cómo que se cae. Obviamente es un trauma", explica.
Su madre Marta, una mujer que con una sonrisa dice varias veces a la AFP "yo amo la vida", reconoce que sufrió una depresión muy fuerte.
"Mi nieta me dijo 'no te vayas a morir'. Al otro día fui a la iglesia (y dije), perdóname, pensé en morirme, sé que si decidiste darme la vida tengo una misión", señala.
Le sorprende todavía la solidaridad y cariño de los cientos de jóvenes voluntarios que trabajaron removiendo escombros o repartiendo comida, pero también le llama la atención la gente que parece no estar enterada de lo que sucedió.
"¿No sabes que se me cayó el edificio encima a mi, a mi hija y a mi nieta?" le dijo Marta a una amiga. "Mucha gente no lo sufrió como nosotros lo sufrimos".
