Ana y su hermana Jilary, de 8 años, se preguntan por qué los niños de otros salones no quieren jugar con los que pertenecen al aula especial. José tiene 9 años y ya aprendió a explicarle a los niños que él pertenece al aula especial porque la maestra le ayuda cuando le cuesta entender. Juan, de 8 años, sigue pidiéndole a la mamá́ que el año siguiente lo cambie al salón ’en donde están todos’. ¿Y mamá? Esta aprendiendo a entender la condición de su hijo. Sin embargo, sigue consultándole a la maestra el por qué seguir colocando el adorno ‘aula especial’ en cada actividad y salón de su hijo. (Los nombres fueron modificados para proteger sus identidades).
¿Por qué será́ que, a pesar de ver resultados positivos, escuchar noticias internacionales, participar en campañas, etc., el ser humano sigue empeñando en crear una distinción de lo normal y anormal, cuando tanto se habla de diversidad y de convenciones en las que el país es de los primeros firmantes?
El factor común de todas las situaciones vivenciadas en el día a día de las personas con discapacidad y sus familiares se llama capacitismo, que alude a la discriminación y prejuicio social contra las personas con discapacidad. Incluyendo estereotipos y opresión en mayor escala, ya que la discapacidad es considerada como un “error’' desde el punto de vista de esas personas.
Esta barrera es colocada por el Estado, al no tenerles garantía de cumplimiento de sus derechos inalienables pese a convenios, leyes, instituciones y actividades con fines de lucro.
Instituciones encargadas de cuidar y proteger a la niñez han quedado desentendidas y, como resultado, se les vulnera su inocencia, educación integral, sociabilización y desarrollo, y nadie sabe sabe nada. Ese colectivo vulnerable sigue en silencio y solo sale a relucir el día de la discapacidad, cuando todo el año no han sido tomados en cuenta por el Estado y la sociedad, que a pesar de estar en el siglo XXI, continúan los actos discriminatorios, falta de concienciación y el desconocimiento del rol fundamental que tienen las comunidades en el desarrollo de las personas con discapacidad.
La trayectoria diaria de una persona con discapacidad visual que camina por las esquinas de las calles, porque la comunidad no tiene aceras, sube a un metro bus, en donde el conductor y los pasajeros desconocen como apoyar y llega a una institución en donde el docente no comprende que no se trata de eliminar contenido académico, sino de realizar los ajustes razonables que requiere el estudiante.
Este “trajín’' no se toma en cuenta hasta los 3 de diciembre de cada año, cuando las personas con discapacidad se vuelven el foco y logo de todas las instituciones, con frases y párrafos de palabras bonitas, mientras se siguen vulnerando sus derechos en todos los aspectos de la vida. Donde se sigue hablando de ellos sin involucrarlos propiamente y conocer sus necesidades para establecer políticas públicas que, además de mejorar el sistema educativo, se enfoquen en brindarles oportunidades para que cuenten con el espacio, apoyo e incentivos requeridos, de manera que potencien sus habilidades y competencias que serán la compensación a la limitación que la sociedad les ha remarcado por siglos, con un piloto permanente.
La autora es educadora en educación especial
