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COIBA

Adiós al Galápagos panameño

Adiós al Galápagos panameño

Enlazada a los diminutos dedos de un niño de 10 años, atravesando el espejo de la costa en una pequeña barca abordada en Montijo, intenté ensayar un pensamiento de despedida. ¿Cómo reaccionaría ese niño si le dijera que en el 2030 ya no quedarán arrecifes coralinos en el mundo? Para entender esta afirmación y su gravedad, debemos tener presente que solo el 0.1% de la superficie de los océanos, está cubierta de arrecifes de coral. De este ínfimo porcentaje, Panamá ha sido bendecida con más de 700 hectáreas de arrecife coralino saludable, rodeando uno de los pilares más importantes del Corredor Marino del Pacífico Este Oriental: Coiba.

Un corredor de especies marinas que compartimos nada más y nada menos que con las islas Galápagos. Pero la riqueza de estos bosques submarinos viene con altas responsabilidades. La actividad marina que se da en los corales es irrepetible e increíblemente vulnerable. La razón de ello es que los corales son sumamente sensibles a la polución atmosférica/marina, y al mal llevado turismo sostenible. La palabra sustentable, al igual que los términos construcciones verdes o amigables, son usados con la misma frecuencia que los hashtags, sin guardar contenido alguno. Turismo sostenible, en palabras simples, es turismo de bajo impacto. Un turismo que intenta no dejar huellas en el medio ambiente, que no degrada y, si lo hace, restituye. Que vela por los recursos naturales en el profundo entendimiento de que el beneficio económico-social solo se sostiene con la conservación. Impulsar un turismo sostenible en Coiba sería apoyar lo que tenemos en estos momentos, un turismo pequeño, llevado con un recelo equivalente al nivel de importancia que tiene la isla. Amigable es la palabra usada por el Ministerio de Ambiente para denominar la rehabilitación, ampliación y remodelación de la pista aérea de Coiba. Pero, ¿a qué se refiere la Autoridad de Ambiente con amigable?

Pasemos a describir cómo debería llevarse a cabo para que realmente pueda aspirar a llamarse de esa forma. La obra, en primera instancia, deberá contar con el apoyo de la comunidad científica, en vías de determinar el impacto de las actividades a realizarse y su posible minimización. La construcción procuraría aprovechar los recursos disponibles en la isla; contemplaría el uso de energía solar o de otro tipo de energía limpia, y llevaría un estricto manejo de residuos, tanto en la fase de construcción como en su uso posterior. No nos equivoquemos, usar estos adjetivos no borra de un suspiro los procesos que implican la materialización de una obra de construcción en una zona frágil. Grandes maquinarias tendrían que ser transportadas a la isla en embarcaciones de larga envergadura, naves que a duras penas podrían evitar arrastrar con ellas el coral. Una vez en tierra, las excavadoras removerían cientos de toneladas de sedimentos, levantando árboles desde su raíz junto a todo material orgánico existente. Lo anterior, con el fin de adaptar el terreno destinado a la extensión de la pista. La vegetación derribada y todo escombro restante tendrían que ser reutilizados en la construcción de las nuevas instalaciones, si no, transportarlos fuera de la isla para evitar que tengan como último destino el mar.

Sin gestión de residuos o nulo monitoreo de estas medidas, de a poco los corales acabarían cubiertos de materiales de construcción, e intoxicado por las algas que alguna vez fueron su vistosa vestimenta. Los sedimentos, y todo residuo que bloquee la luz a los corales, son un velo de muerte. Y es que los corales, al igual que los bosques, dependen de los rayos del sol para mantenerse con vida. Siendo ingenuos en demasía, imaginemos ahora que parte de esta selva sobreviviera. ¿Cuánto tiempo se mantendría con vida? La rehabilitación de la pista indudablemente sometería el litoral a múltiples visitas, que entre las pisadas incautas de los turistas y la fricción de las lanchas, terminarían instituyendo las amputaciones en serie. Todo ello, bañado de las aguas servidas provenientes de las nuevas cabañas. La respuesta tajante es NO. No es posible llamar a este proyecto “amigable”. Para ello tendría que asignarse un presupuesto mucho más oneroso al expuesto, si realmente se han planteado una gestión responsable de residuos y la rehabilitación del bosque. Los números no coinciden, y las actividades propias de este tipo de obra no son ni pueden ser de bajo impacto. Dejemos ya de untarnos el ungüento verde de eufemismos administrativos y encaremos la amenaza, o en segunda instancia, acompañemos a nuestros hijos a despedirse del Galápagos panameño.

La autora es abogada

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