Crecer enfermo, pero crecer. Subir menguado, pero subir. Caminar cojeando, pero caminar. Hasta ahora este ha sido el norte de los gobiernos. Deberíamos crecer sanos, subir enteros y caminar derecho. La democracia no ha descubierto la panacea contra la desigualdad, pero una gestión gubernamental transparente y con luces largas, está en capacidad de disminuirla significativamente y sembrar bases duraderas para que no siga floreciendo y convertirla así en la rémora del desarrollo, de manera que sea un accidente del crecimiento económico; no como hoy, que es una condición para que los índices de crecimiento sean positivos, traduciéndose ello en que unos pocos tienen mucho y la mayoría vive en la precariedad, ya sea en la ansiedad, en la pobreza o en la miseria. Crear riqueza es prioritario, pero también lo es crear condiciones y autoridad para que las grandes mayorías se beneficien. Ya es hora.
La historia es prueba irrefutable de que el sistema carga con gran parte de la responsabilidad, pero también aquí encontramos evidencia incuestionable de que la corta e interesada visión de nuestros gobernantes es lo que permite que ese injusto orden sea avasallado por la tendencia más salvaje, cruel y desalmada del género humano. Panamá es víctima de fieles servidores de esta malsana tendencia. Están por todas partes. Ejercen esa nefasta función, ya sea de saco y corbata o descamisados, en la clandestinidad social o descaradamente, tras caros escritorios o grasientos talleres, desde la burocracia estatal o desde empresas privadas que licitan o no con el gobierno de turno, desde la Asamblea Nacional o desde la Corte Suprema de Justicia, como jueces o como empresarios, estibadores, abogados, médicos, ingenieros, banqueros, periodistas y educadores.
Toca acabar con el clientelismo, venga de los políticos o de los electores. Reemplazarlo por el mérito político, basado en un combate efectivo contra las causas de la desigualdad. No más “locos” dirigiendo, tampoco vengadores ni rabiosos “opositores” que saben demoler, pero no construir ni tender la mano ni promover el entendimiento entre seres diferentes en todo. No más zozobra ni confrontaciones ni intolerancia. El estrepitoso fracaso del panameñismo en esta tarea es notorio. La ciudadanía clama diariamente por soluciones que solamente puede garantizar un dirigente político con luces largas que entienda a cabalidad el significado de la deuda histórica de distribuir con equidad la riqueza. El dilema es: o un método económico que nutra la desigualdad para que unos pocos posean mucho o uno que extienda la riqueza para felicidad de las grandes mayorías.
Combatir la desigualdad es alcanzar el viejo sueño de una ciudadanía convencida de que el sistema la protege. Que no importa el color del gobernante, su existencia ciudadana será respetada por encima de los privilegios de los poderosos, desde los jueces de paz hasta los magistrados, debido a una acera en mal estado o por un suelo resbaladizo en un supermercado, en un banco o en una oficina pública. Político altamente eficaz es quien habla y actúa con claridad, inteligencia y sosiego, frente a los altibajos sociales, a fin de superarlos.
El autor es abogado