En medicina, y visto de una forma muy simplista, el término apoptosis se refiere a la muerte de células, por cambios que se originan en ellas mismas (algunos le llaman “suicidio celular”).
Después de ver los resultados de la primera vuelta de las elecciones brasileñas, la palabrita me ha quedado dando vueltas en la cabeza.
En Brasil, el país mas influyente en el continente después de Estados Unidos, ha ganado un excapitán del Ejército, que no tiene el menor reparo en defender el asesinato y la tortura como formas legítimas de gobierno. Entre las perlas cavernícolas que han brotado de las fauces de este espécimen, tenemos algunas que son propias del “Bestiario latinoamericano”. Jair Messias Bolsonaro (menudo segundo nombre se manda) ha dicho que “la solución en Brasil es una guerra civil”, “que prefiere un hijo muerto que un hijo gay”, “que el error de la dictadura fue torturar y no matar”, “que los negros no deben reproducirse” y que “las mujeres deben tener un salario menor que los hombres porque tienen menos capacidades y quedan embarazadas”. Y una de sus piezas supremas, que fue decirle a una diputada que “ella no merecía que él la violara por ser muy fea”.
Lo incomprensible no es que haya animales como Bolsonaro, sino que haya millones de personas que lo sigan. A mí me recuerda los libros que hablan de cómo en Alemania e Italia vitoreaban el discurso de Hitler y Mussolini. Es cierto que el Partido de los Trabajadores de Lula y Rousseff, involucrado en escándalos de corrupción, contribuye a promover el rechazo contra los partidos y políticos tradicionales. Pero el discurso xenófobo, misógino y homófobo de este “líder” solo contribuye a radicalizar más a la gente. Encima, se asoció con la derecha evangélica, que casi lo pone como un emisario de Dios por haber sobrevivido a una puñalada.
Si lo pensamos fríamente, este es otro capítulo de la novela de cómo los logros obtenidos tras muchos años de lucha en derechos humanos e institucionalidad son descaradamente pisoteados por tipos como Trump, Duterte o Bolsonaro, quienes dicen y hacen cosas propias de un dictador africano de los 80, y no de presidentes democráticamente electos en el siglo XXI.
Muchos de sus seguidores quitan importancia a estos temas acusándolos de fake news, hablan de cómo mejorarán la economía y cómo “detendrán el comunismo”, en un tono setentero que ya debe echarse a un lado.
Lo que parecen no entender es que aquí no es un tema de economía.
Estos tipos debilitan pilares básicos de la convivencia democrática. La democracia es mucho más que ir a votar cada cierto tiempo. Porque tener gobernantes que no respetan los derechos humanos de las minorías, las mujeres o cualquiera que “sea diferente” es cuestión de tiempo que dejen de respetarlo a uno.
Parece que la misma democracia estuviera destruyéndose mediante uno de sus recursos más representativos: el voto de las mayorías.
El autor es cardiólogo
