Estamos inmersos en esa época tan especial que, cada cinco años, se nos repite con insistencia que, los únicos responsables de la clase de gobernantes que administran nuestro país somos cada uno de nosotros, pues fueron nuestros votos los que los llevaron a ocupar esas posiciones.
Aunque esa es la verdad en cuanto a la forma de alcanzar esas posiciones, no es menos cierto que nosotros no le ponemos condiciones de moralidad a nuestros votos. Quienes sí le ponen un grado de moralidad a esos votos son los mismos candidatos, pues son ellos quienes, con su honestidad demostrada en el desempeño de sus funciones públicas, le darán verdadero valor al cargo, en beneficio de sus votantes y de todos los que habitamos nuestro país.
Solo los pícaros votan por candidatos inmorales, sin embargo, solo el voto mayoritario de los ciudadanos honestos les permitirá alcanzar el triunfo. Es por eso por lo que debemos aprender a escoger mejor a nuestros futuros gobernantes. Votando por quienes ofrecen acabar con la corrupción y corregir todos los problemas de los pobres, no nos garantiza que así se hará.
La única garantía de que eso se hará es votando por personas honestas, y la única forma de distinguir a estos es conociendo su forma de actuar en su vida personal y comunal. El pícaro es conocido por su actuar deshonesto y porque solo cuando desea obtener el voto popular ofrece acabar con todos los actos deshonestos.
Los países modernos que desean administrar los fondos públicos con honestidad son los más prósperos, que ofrecen una mejor calidad de vida a sus ciudadanos. Buena educación, buenas relaciones internacionales, y solo con administradores honestos es factible conseguirlo.
El pícaro solo sabe actuar con picardía. Por esa razón, si se elige un pícaro, los resultados que se obtienen de su administración son desastrosos para todos los habitantes del país.
Votemos, no por quienes ofrecen acabar con la corrupción y sus consecuencias, sino por quienes han demostrado con sus actos públicos y privados ser honestos, enemigos de los pícaros.
El autor es banquero