La vieja sentencia de que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”, nada dice de mitificarla, habla de “conocerla”. La razón, relacionada con la historia y sus lecciones, es siempre mejor que el mito. Y si es verdad que son los vencedores los que la escriben, nos toca a los derrotados estudiarla a fondo para aprender de ella.
Nos gustan los próceres mitificados, pero huimos de los valores que hay detrás de las gestas históricas que conforman nuestra identidad nacional. Nos emocionan las fiestas patrias, pero nos da pereza la historia detrás de ellas. Hablamos de soberanía y sacralizamos territorios, pero nos cuesta reconocer los ideales detrás de aquellos que se echaron a la calle para reclamarla.
No seamos ingenuos: la zona del Canal no es tierra santa, ni lo es la bandera ni los héroes patrios. Lo que debe serlo son la honestidad, el anhelo democrático o el sentido de justicia, valores detrás de aquellos que se rebelaron, por ejemplo, contra el incumplimiento de la ley de banderas en enero de 19 64. La patria es un edificio de valores, no de mitos.
El disparate nacional que estamos protagonizando en Panamá es motivo de risa y bochorno desde fuera. La discusión sobre chinos o no en la zona canalera, como si no estuvieran ya en todo el territorio, produce la misma vergüenza intelectual que no reconocer que las áreas revertidas están desde el principio en manos de las grandes fortunas y no “del pueblo”, al que le importa más su data de celular y sus fiestas patronales que las viejas gestas patrióticas.
Escojan, porque es vital: los valores cuesta ponerlos en práctica; abrazar mitos y ofenderse por banderas y opiniones contra “mi país” es muy sencillo. Nadie va a renunciar a su “bienestar” por ninguna lucha, esa es vaina de otra época, ahora tuiteamos con faltas de ortografía nuestros mitos esperando que otros pongan los valores: “más pendejos ellos”.
El autor es escritor