La desalentadora noticia del mes pasado, del recorte presupuestario al INAC, reafirma que la cultura es uno de los sectores más castigados de la inversión pública. A pesar de la evidencia que sustenta el retorno económico y social de la inversión en cultura, los gobernantes todavía la consideran un bien superfluo que no merece suficiente atención ni protección. Desde la ciencia se ha producido un enorme cuerpo de investigación sobre el impacto de las artes en el desarrollo cognitivo, social y emocional. Específicamente la neurociencia ha demostrado que las artes no son solo expresivas y afectivas, sino profundamente cognitivas.
Particularmente durante el desarrollo temprano, las formas naturales de arte que constituyen el juego infantil fortalecen las vías sensoriales, atencionales, emocionales, cognitivas y motoras básicas que constituyen las habilidades esenciales del pensamiento. El impacto de las actividades artísticas durante el desarrollo infantil tiene una larga historia en las neurociencias, no obstante, el mismo enfoque en la mejora del envejecimiento saludable a través de la participación en la artes es bastante reciente. El primer estudio científico que evaluó si la participación en las artes creativas pudiera promover un envejecimiento más saludable fue el “Creativity and Aging Study”, Estudio de Creatividad y Envejecimiento, 2001-2006.
En este estudio longitudinal se examinó el impacto de programas culturales llevados a cabo por profesionales en las artes en la salud física y mental, y el funcionamiento social de adultos mayores en tres ciudades estadounidenses: Washington DC, Brooklyn y San Francisco. La mitad de la muestra en cada sitio participó en programas semanales dirigidos por profesionales de las artes y la otra mitad no. Los efectos de la participación fueron evidentes desde el primer año del estudio. En comparación con el grupo control, las personas en los programas de arte participativo mostraron una mejor salud, menos visitas al médico y menor uso de medicamentos, respuestas más positivas en medidas de salud mental, y mayor participación en actividades generales. Esto en adultos mayores es categórico, pues repercute en la conservación de la autonomía que es su mayor preocupación.
En otros estudios controlados hay una serie de ensayos aleatorios sobre los beneficios cognitivos de participación en las artes en adultos mayores, luego de sesiones de actuación dirigidos por un actor (o educador) profesional. En el que el grupo de actuación fue comparado a grupos de canto y baile, por ejemplo, los autores reportaron incrementos significativos en recuerdo libre de palabras, recuerdo inmediato y diferido de historias, resolución de problemas y fluidez verbal en el grupo de actuación. También se observaron mejoras en la capacidad de realizar actividades de la vida diaria, lo que refleja mayor autonomía.
En seguimiento a estos estudios también se ha demostrado que el grupo de actuación tuvo incrementos en volumen en áreas del cerebro involucradas en memoria y control ejecutivo (término que hace referencia a una serie de funciones como la atención y la planificación), y segundo, mayor conectividad entre regiones cerebrales que subyacen estas funciones, mientras que los grupos de canto y baile tuvieron modificaciones menos extensas. Los efectos positivos de la intervención no guardaron relación con la edad ni el nivel de escolaridad, lo que resalta el alcance de la intervención. En conjunto, los estudios teatrales presentan un cuadro bastante cohesivo comparado con otras formas de arte debido a las demandas en memoria que las caracterizan y el hecho de que las palabras a menudo están íntimamente relacionadas con las acciones en el escenario para desempeñar un rol. Incluso meses después de la interpretación final de una obra de teatro, los actores recordaron el diálogo que había sido ejecutado con movimientos sobre el escenario, mucho mejor que el diálogo que ocurría mientras permanecían en su lugar. Este principio –sincronía de la palabra y la acción como método facilitador de consolidación de la memoria– está ampliamente sustentado en la literatura científica de la memoria.
Por lo tanto, podemos extrapolar de estos estudios lo siguiente: si bien es cierto que las artes juegan un papel importante durante la infancia, esta no es la única etapa de vida en la que son necesarias. Los estudios en adultos mayores resaltan el rol que el aprendizaje de las artes pudiera tener en lograr una mejor salud cognitiva y autonomía a lo largo de la vida. Así desde las ciencias podemos darle una mano a la cultura, aportando evidencia de que el arte y la cultura son mucho más que entretenimiento, son un medio costo-eficiente para el bienestar que pudiera fomentar la salud y calidad de vida en la tercera edad. Las preguntas obligadas son: ¿hay evidencia de la necesidad de privar la nación de las artes y la cultura? ¿Por qué siguen haciéndolo?
El autor es investigadora, Centro de Neurociencias de Indicasat AIP
