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INVASIóN

Asignatura pendiente

Asignatura pendiente

Esta semana, recibí el enlace de una publicación de la Revista Concolón, titulado “Duelo”, sobre la invasión estadounidense a Panamá en 1989, que esta semana cumplió 29 años de haber ocurrido. La publicación, a la cual puede accederse en el enlace: duelo.revistaconcolon.com, consta de 9 crónicas y 61 imágenes, que describen vivencias y sentimientos desde distintas perspectivas, alrededor de aquellos hechos.

Particularmente, el segundo de los relatos, titulado Chiqui, escrito por “mi sobrino” Adolfo Berríos Riaño, me llegó al alma. Narra una historia que viví de cerca, por tratarse de alguien a quien conocí, pues formaba parte de una de esas familias que uno adopta como suyas, sin que existan innecesarios vínculos de sangre. Aún hoy al recordar aquellos días, siento el mismo escalofrío que aquel 24 de diciembre en la noche, con la primera llamada telefónica que entró a la casa en cuatro días, para escuchar una voz desconsolada que me dijo “A Chiqui lo mataron…”

La invasión es un capítulo de nuestra historia imposible de abordar de forma homogénea.

Cada quien tiene su percepción de qué pasó, por qué pasó, y cómo hubiera podido evitarse. Es innegable que las sensaciones que producen los recuerdos de hace 29 años, no pueden ser iguales para quien los vivió desde su casa, viendo noticias por CNN, que para quien vivía en El Chorrillo y sintió el estremecimiento de las bombas explotando en las calles por donde pasaba todos los días. Ni de quien veía el bombardeo del cuartel desde su balcón, del otro lado de la bahía, o de quien lo vivió debajo de una cama abrazado a su mascota con la duda de si alguna de esas bombas caería sobre su cabeza.

En aquel momento, Panamá vivía mucha frustración ante los intentos de sacar a Noriega y su narcodictadura de forma civilizada, mientras éramos reprimidos de manera despiadada ante la indiferencia de organizaciones multilaterales y de derechos humanos. Para muchos, la prioridad era deshacerse de aquel gobierno de gorilas y civiloides serviles. De allí la reacción de quienes celebraron la acción militar como la liberación que tanto deseaban.

Otros priorizaban el repudio al bombardeo desproporcionado de barrios populares llenos de civiles.

Lo que hace difícil el análisis y la discusión de lo ocurrido, es que cualquiera de las dos posiciones genera interpretaciones incómodas. Se quiera o no, tras casi tres décadas de aquel sinsentido, sigue existiendo la sensación de que quien cuestiona la invasión, de alguna forma “defiende” la dictadura, y quien la ve como una liberación, está validando una acción militar en la que murieron cientos de panameños.

Con todas estas dificultades para crear una narrativa común, hay que entender que se tienen que incluir todas las versiones, sin matices ni juicios de valor, para que cada quien pueda construir su propia visión de los hechos.

La asignatura pendiente con nuestra historia, es que después de casi 30 años, no solo no sabemos cuántos murieron, sino que ignoramos quiénes murieron. Todas esas víctimas anónimas, tenían historias, familias y sueños, que siguen suspendidos en un injusto limbo histórico. Como mínimo, debe declararse el 20 de diciembre como día de duelo nacional. Así sea porque, sin duda, es el día de la historia en que más panameños murieron. Aunque no suple la deuda con las víctimas, por lo menos sería algo.

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