Las recientes declaraciones de nuestro arzobispo sobre “las heridas que causa a nuestro país la corrupción y la falta de justicia expedita, así como la ausencia de una sólida institucionalidad y de un desarrollo económico inclusivo, que permita a todos oportunidades de una vida digna”, me obligan a preguntarme si podremos alcanzar la tan necesaria cobertura universal de salud, pues la corrupción es un determinante de inequidades, ineficiencia pública que limita severamente el desarrollo de las estrategias e iniciativas necesarias para alcanzar el desarrollo del sistema público que necesitamos.
Sin restar importancia a la urgencia de acabar con la corrupción y recuperar los miles de millones de balboas que se han robado los políticos corruptos, me enfocaré en esta publicación en algunos asuntos que tenemos que resolver, condicionantes íntimamente relacionados que tenemos que abordar como país para poder alcanzar la cobertura universal en salud.
Inicio subrayando que tenemos una deficiente organización y administración del sector salud, la cual es evidente por lo menos en cuatro hechos:
La asignación equivocada de recursos, destinando la mayoría de los fondos públicos en intervenciones de escasa eficacia en función de costos, al tiempo que es insuficiente el financiamiento de otras medidas de gran importancia colectiva que se prestan en establecimientos de menor nivel de complejidad; la centralización de la mayor parte de los recursos humanos y financieros en aglomeraciones urbanas, beneficiando el gasto público en salud a los grupos con capacidad de pago, en forma de asistencia gratuita o por debajo del costo en modernos hospitales estatales de nivel terciario, careciendo los pobres de acceso a los servicios básicos de salud o quedando descubierta la mayoría de la población; la persistencia del bajo rendimiento y la ineficiencia de los recursos humanos, equipos e instalaciones y; la falta de evaluación permanente de los sistemas de salud, que determine el nivel de salud alcanzado con las actividades planeadas y ejecutadas.
En este contexto, paralelo a la resolución de los problemas organizacionales arriba señalados, urge fortalecer la capacidad de gestión pública y la necesidad de eliminar la injerencia nociva de los intereses políticos, económicos y gremiales en las cuestiones públicas.
Adicional a las necesidades de formación, certificación y recertificación de los recursos humanos, que deben ser cubiertas con prioridad; para el logro de la gerencia efectiva de los servicios de salud, es obligatorio abordar las siguientes cinco variables que influyen en el desempeño organizacional:
La dirección que imprime el nivel político central, e incluye políticas, estrategias y prioridades; los estilos gerenciales de los directores de servicios, elementos críticos en la estructura institucional, que poseen la capacidad “potencial” para articular y conducir procesos de cambio. En nuestro país muchos de los directores de establecimientos de salud son de orientación clínica e individualista, privilegiando el tratamiento de enfermedades, en ocasiones de baja prevalencia, utilizando procedimientos de diagnóstico y tratamiento sumamente costosos; la cultura institucional que muchas veces está centrada en el interés del personal y no en el de los usuarios; los sistemas que incluyen la organización y todos los métodos operativos o técnicas utilizadas en la prestación de servicios y procesos administrativos auxiliares; son esencialmente parámetros de comportamiento, en torno a los cuales se articulan otras acciones sustantivas y; toda clase de insumos físicos, económicos y humanos, cuya productividad no suele ser la esperada.
Para alcanzar la cobertura universal en salud, habrá que acabar con la corrupción y superar los asuntos antes señalados. La mayoría de estos fueron abordados por la mesa de diálogo para la transformación del sector y las soluciones están en el escritorio del Ejecutivo esperando el necesario respaldo político y financiero.
El autor es ciudadano

