A diferencia de otras condiciones, el autismo no tiene características físicas que, a simple vista, permitan identificar a quienes lo padecen. Se le conoce como “espectro autista” porque existen individuos seriamente afectados, mientras que otros tienen leve compromiso en la socialización, expresión, comunicación, lenguaje y comportamiento.
En el capítulo II de la Ley 42 de 1999 sobre discapacidad , en su artículo 19 indica: “La persona con discapacidad se incluirá en el sistema educativo regular, el cual debe proveerle los servicios de apoyo y las ayudas técnicas que le permitan el acceso al currículo regular y la equiparación de oportunidades. La educación especial será garantizada e impartida a aquellas personas que, en razón de su discapacidad, lo requieran dentro del sistema educativo regular”.
El artículo 21 cita: “El Ministerio de Educación generará las condiciones que faciliten adecuaciones y/o adaptaciones curriculares, con la suficiente flexibilidad que permitan responder a las necesidades educativas en la diversidad”.
Es preocupante que, mientras algunas instituciones educativas, públicas y privadas, ofrecen toda la apertura y apoyo a las personas con alguna discapacidad, otras no dirigen sus esfuerzos a concientizar a su personal docente en un cambio de actitud. No fomentan el entendimiento de la existencia de “formas distintas de aprender” que requieren “formas distintas de enseñar”.
Expresiones tales como: “él no tiene nada”, “es un sobreprotegido”, “es pura malacrianza”, “en mi clase no hay privilegios para nadie”, “él no tiene corona”, “a mí no me lo pongan en mi clase”, “yo no soy especialista”, “ese no es mi trabajo”, “busque otra escuela”, “lo aceptamos, pero condicional”, no deberían escucharse dentro de un sistema escolar.
Las personas dentro del espectro del autismo pueden presentar ansiedad, ser rutinarias, hipersensibles a ciertos estímulos, aunada a sus dificultades para comunicarse. Es deber de padres de familia y sistema educativo la identificación de las dificultades y fortalezas de cada individuo, para así realizar un plan que permita un aprendizaje efectivo.
Algunos colegios tienen grandes letreros que indican “tenemos inclusión”, sin embargo, los padres de familia pasan calamidades tratando de matricular a sus hijos con condiciones especiales, debido al rechazo o la muy baja oferta de cupos. En algunos sitios solo se ofrece un cupo por salón, y en otros un estudiante por grado. Con esa oferta, los padres dan tumbos por distintos colegios particulares, sin encontrar el que abra las puertas a sus hijos. La inclusión no es un “favor” que el colegio le hace al padre, es un derecho que tienen los individuos con discapacidad.
Necesitamos mayor supervisión de Meduca en apoyo con instituciones especiales como el IPHE, dentro de las escuelas particulares.
La autora es médico familiar

