EL MALCONTENTO

Las lecciones de Barro Blanco: Paco Gómez Nadal

Las lecciones de Barro Blanco: Paco Gómez Nadal
Las lecciones de Barro Blanco: Paco Gómez Nadal

La historia no es sino el cúmulo de memorias de las batallas perdidas. Nos suelen contar lo contrario, que la historia es la de los vencedores, la de los imperios y los poderosos que nos relatan mitos sesgados sobre cómo fue que llegamos a ser lo que creemos que somos. Pero la historia de verdad, la que nos hace potencialmente posibles, es la de las resistencias de los pueblos que, aunque contadas por los escribientes oficiales parezcan de derrota, se constituye en un acumulado de dignidad, de enseñanzas, de aprendizajes para seguir haciendo contrapeso a la arrolladora maquinaria del dolor.

La batalla de Barro Blanco aún no ha terminado, aunque el agua niegue esta afirmación, aunque el presidente Varela solo vea piedras donde hay toletes, aunque la opinión pública solo detecte una mano de tercos indígenas donde existe una lección de dignidad tan desesperada como necesaria.

Soy de los pesimistas que cree que la inmensa pared de la infamia desarrollista levantada en el río sagrado de los ngäbe y de los buglé va a seguir ahí. El capitalismo no gasta tanta plata ni invierte tanta publicidad para tapar sangre como para renunciar a sus réditos. Pero también estoy convencido de que hay un antes y un después de Barro Blanco.

Son muchas las batallas perdidas, mucha la dignidad acumulada. Al ver la violenta respuesta del Estado a la desesperada queja de los perdedores, no puedo sino recordar Bonyic, y la lucha de Esteban y los suyos para evitar que el río sagrado de los naso fuera tajado y, con él, la cultura y formas de vida violentadas de una forma tan brutal por Empresas Públicas de Medellín y el gobierno cómplice. Me vienen los recuerdos de las giras por las comunidades resistentes ante otra pared infame, la de Chan 75; recuerdo los cafés y los desvelos con los campesinos y activistas chiricanos que trataban de abrir los ojos de un país ya ciego de angurria, ya incapaz de discernir entre el bien y el mal.

El permanente acoso de los megaproyectos impide hacer balance, pensar en las lecciones aprendidas. Cuando se sale –nunca indemnes– de una de estas batallas asimétricas se entra en otra, un nuevo renglón de la injusticia desarrollista. Por eso, aún con la dignidad caliente, creo que hay que comenzar a mirar Barro Blanco como el laboratorio que es. Una de las lecciones, creo yo, es que solos no podemos y que, por ello, el poder juega a dividirnos (y muchas veces lo consigue). División interna entre las lideresas y los líderes ngäbe y buglé, división de estos con los cada vez más débiles movimientos ecologistas urbanos y semiurbanos, división entre esos colectivos y los sindicatos, división entre los sindicatos y los movimientos políticos… El poder (económico, político) hace todo lo necesario para atomizar y en la batalla de Barro Blanco han pasado demasiadas cosas de las que no se habla, pero cuyas consecuencias ahora son palpables.

Otra lección clave es que hay que centrarse en los procesos y no solo en los sucesos. Barro Blanco es un hito más en el expolio de Panamá, en el asalto a su riqueza hídrica. Meterse hasta la cintura en el Tabasará no puede significar olvidar la cartografía general del desastre: las decenas de represas en Chiriquí o Veraguas, la lucha de los trabajadores de Changuinola, las toneladas de concreto que se levantan en las playas del Pacífico para certificar el fin de nuestras comunidades de pescadores, el expolio en el archipiélago de Bocas, la trinchera ética abierta por los guna para evitar la siembra de torres eléctricas, la desigual batalla entre las gentes de Darién y los extractivistas que han llegado a sus selvas y lagunas… Cuando creemos que nuestro problema es el único problema, la resistencia pierde perspectiva.

Una adicional es que cuando el poder demora mucho una negociación, con la inestimable colaboración de las Naciones Unidas en este caso, suele ser para que los hechos cumplidos nos obliguen a aceptar cualquier cosa. Y una lección de difícil digestión también es que uno solo mantiene la atención, e incluso la amistad, de la opinión pública por un cuarto de hora. Así que hay que aprovecharlo. La lucha de Barro Blanco generó empatía hace ya demasiado tiempo y ahora, para esa masa que ve la televisión aburrida y que piensa en como pagar la imposible canasta básica, lo que acontece en el Tabasará solo es una pelea desgastada entre un gobierno inútil y unos indígenas molestos.

Barro Blanco nos deja muchas lecciones, aunque aún no es un capítulo cerrado y quizá la principal es que nadie, por fuerte que se sienta puede resistir a este capitalismo voraz sin estar organizado y sin tejer redes. Los años de Martinelli debilitaron mucho los movimientos sociales que podían fortalecer o potenciar las resistencias territoriales y ahora se está constatando el resultado de aquel hostigamiento.


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