Con sorpresa, he leído en la prensa escrita que la reciente feria de las flores realizada en Boquete fue un éxito, recordé las opiniones que surgen al final de congresos profesionales, cuando algunos definen el éxito en función de las actividades sociales, las compras, los bailes y las comidas, sin medir a los expositores ni los temas presentados.
Al visitar la “feria” recordé una experiencia vivida en Jamaica, mientras observaba una mesa en la que se vendían plantas. La propietaria, luego de saludarme me preguntó que en qué podía ayudarme. Mi respuesta fue rápida, le dije que estaba observando, a lo que la interlocutora me preguntó sobre el nombre de dos o tres de las plantas. Mi respuesta fue que no sabía. La señora, tras sonreír me dijo: “Si no sabes acerca de lo que estás viendo, ¿qué estás mirando?, y pasó a explicarme el nombre popular y científico, así como la indicación médica de cada una de las plantas. Superé la pena, con la seguridad de que había recibido mi mejor clase de botánica.
Acudí a la feria de Boquete con el deseo de aprender más sobre las flores, pero ninguna de las exposiciones tenía identificación de los nombres. Toda la exhibición consistía en repetición de figuras geométricas simétricas, sin identificación de lo que veíamos; no había ningún ejercicio educativo. Busqué en cada esquina, en el centro periférico y en el medio de la exhibición. No había nada que permitiese un pequeño ejercicio de enseñanza-aprendizaje. No encontré un solo puesto de docencia sobre el tema.
En la mitad de la feria, sin flores, estaban las barracas, la primera que vi fue la de la Asamblea Nacional. La recuerdo por la música estridente que se reproducía en el lugar. Lo que se escuchaba era ruido con ritornelos vulgares. Específicamente, recuerdo uno que le recordaba la mamá a alguien, de la forma más vulgar, una y otra y otra vez, y no vi a ningún defensor de la familia protestar por la vulgaridad explícita en horario familiar. De noche, hasta la madrugada, ponían música de regué a todo volumen, y los locutores se expresaban entre gritos y aullidos.
Otro enemigo de Boquete es la restauración que sufre, por el paradigma de romper para algún día reparar. El lugar es un polo de producción, de forma que la consigna debería ser “rompiendo y reparando”.
Al visitar los alrededores descubrí que Boquete no es bien representado en la feria. Allá se respira un aire cosmopolita con boqueteños de diversas latitudes y longitudes, caracterizados por sus iniciativas, proactividad, defensa de la naturaleza, con una agricultura sostenible y la protección de los derechos de los empleados, de los originarios y de sus hijos. En las empresas se percibe satisfacción, fidelidad, formalidad y un sinnúmero de cualidades que, fácilmente, se perciben entre los empleados panameños con los que tuve oportunidad de compartir. Boquete merece que no sea perturbada.
