Aitana trajo una tarea de español hace un par de semanas. “Papá, la primera pregunta es si te gusta Juan Ramón Jiménez”. “Sí, claro”, le pedí la tarea y, en efecto, se trataba de un fragmento de Platero y yo. La maestra les manda una lectura (Aitana está en tercer grado) y luego responden un pequeño cuestionario sobre lo leído para ejercitar la comprensión lectora. Busqué los libros de Juan Ramón que tenemos en casa y la hice leer un fragmento de Tiempo y Espacio que compré en pesetas hace mucho tiempo. Prefiere Platero y yo, desde luego, “es más bonito, papá, y a mí me gustan los burritos”, me dice.
El fragmento es El perro sarnoso, que al leerlo me pareció brutal: un guarda mata a un perro triste y miedoso sin razón alguna ante la mirada de Platero. El lenguaje preciso hace ver al perro girando herido y muriendo bajo una acacia. Aitana responde a las preguntas: ¿quién es el protagonista?, ¿cuántos párrafos hay?, ¿es de día o de noche?, ¿es prosa o verso? Pregunta final: ¿cómo cambiarías el final del cuento?
El año se acaba lleno de grises teñidos por las lucecitas de la Navidad. El verano se levanta otra vez para dar pausa por unos meses al agobio de las rutinas, pero el cuento sigue con corrupción, mediocridad institucional y valores perdidos, con una juventud escorada hacia el desinterés por el conocimiento y la indiferencia generalizada de la sociedad. Parece que no hay remedio: ya no podemos invocar ni al Chapulín Colorado.
El texto de Juan Ramón termina con “el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo aún de oro, sobre el perro muerto”. Yo pensé cambiar el final eliminando el disparo. Pero Aitana, que había leído varias veces el texto, reparó en el motivo hondo del disparo: “el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él”. “Ya sé cómo cambiar el final”, me dijo, yo andaba en mis propias tareas esa tarde. “¿Cómo?”, “cambiando el arranque de mal corazón en un arranque de buen corazón”. La miré como quien mira un tesoro.
No es cuestión de cambiar el hecho, se trata de cambiar el corazón, su contenido. Nunca cambiaremos si el cambio no comienza desde dentro de cada uno de nosotros. Y no hablo de autoayudas ni de frases célebres: se trata de una renovación del pensamiento crítico, de un compromiso con el conocimiento, con su búsqueda, con la formulación constante de preguntas que no solo nos lleven a las respuestas, sino a la transformación de los hechos: el perro no muere en el fragmento de Juan Ramón Jiménez porque Aitana hace que el guarda tenga un arranque de buen corazón y ayuda al perro sarnoso y lo adopta. Es el tiempo de los arranques de buen corazón, de los compromisos con eso que en noviembre llamamos patria y en diciembre ya olvidamos hasta el año siguiente. Es tiempo de que nos detengamos a mirar nuestra circunstancia y comencemos a transformar todo desde dentro. Quizás sea un buen propósito para este año que entra. Feliz 2018.
El autor es escritor