Los cantos de sirena son “discursos elaborados con palabras agradables y convincentes, pero que esconden alguna seducción o engaño”. Las sirenas, que en su origen mitológico no eran mitad mujer y mitad pez, sino mitad mujer y mitad ave, seducían con sus cantos a los marineros para luego devorarlos. Los “cantos de sirena” proporcionan un placer inmediato, al cual fácilmente nos dejamos llevar.
En ese contexto, preocupado por la arenga cotidiana de políticos embusteros (tanto del gobierno como de la oposición), comparto con ustedes un par de reflexiones para que no olvidemos, nos mantengamos despiertos y creamos en las mentiras que nos dicen los “iluminados” del patio. Veamos…
El mayor canto de sirena que escuchamos los panameños fue la promesa expresada en el Plan Estratégico de Gobierno de “fortalecer la institucionalidad del país, mejorando las estructuras legales que la nación requiere para hacer de Panamá un verdadero estado de derecho, altamente competitivo y que ofrezca como garantía su estabilidad política y social. Con un esquema bien estructurado de gobernabilidad e institucionalidad, en donde cada órgano del Estado trabaje con total independencia, pero siempre en colaboración para lograr el fortalecimiento del sistema democrático”.
Pero en este último decenio, la desvergüenza y pérdida de pudor de nuestros políticos ha superado con creces nuestros ya penosos antecedentes.
Es probado y conocido públicamente que el clientelismo, la corrupción e impunidad han constituido el principal modus operandi utilizado por elementos de los tres poderes del Estado para desfalcar al país.
Mientras tanto, la población sigue esperando que la justicia no sea selectiva, que la ley alcance a los verdaderos responsables, se recuperen los miles de millones de balboas que nos han robado y Panamá tome el rumbo de los principios y valores que necesitamos.
No menos importante fue el canto de sirena que nos regaló el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), cuando nos decía que “nuestro crecimiento económico se mantiene robusto, que los niveles de desempleo se mantienen bajos, que la inversión directa extranjera ha aumentado y que tenemos una política fiscal enfocada en una disciplina financiera y optimización de gastos públicos para alcanzar metas de inversión social, de una manera fiscalmente prudente”.
Pero lo cierto es que, de acuerdo con los organismos internacionales, este crecimiento de la economía no contribuye a la reducción de la pobreza multidimensional, ni se disminuyen los altos niveles de desigualdad.
Tampoco tenemos una política fiscal disciplinada y promotora de un gasto público eficiente, como lo demuestra la reciente intención del gobierno de solicitar a la Asamblea Nacional una dispensa fiscal para inyectar unos 300 millones de dólares a la economía, para el financiamiento de proyectos en ejecución, lo cual supone modificar, a un año de que termine el periodo presidencial de la actual administración, el tope del déficit del sector público no financiero (SPNF), para fijarlo en 1.5%; o el riesgo de que el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) nos incluya nuevamente en una lista gris, si no se aprueba el proyecto de ley 591, que tipifica la defraudación fiscal como uno de los delitos precedentes al blanqueo de capitales.
Al final los panameños, al igual que Ulises en La Odisea de Homero, seguimos padeciendo una “sucesión de peripecias, por lo general desagradables”. Solo que aquí no son cíclopes, tormentas, gigantes; son los políticos corruptos que nos han colocado al “al borde del abismo”.
En ese límite crítico que amenaza con destruir nuestra paz social, bienestar y democracia. Pero todavía estamos a tiempo para recuperarnos.
Rompamos la cultura de corrupción e impunidad, desarrollando un enfoque de gobernanza total que incluya la creación de instituciones eficaces, responsables y transparentes en todos los niveles; el fortalecimiento del Estado de derecho, y el acceso equitativo a la justicia.
El autor es ciudadano
