He venido examinando el nacimiento de la República Popular China que fue históricamente liderada por el pensamiento y la militancia revolucionaria inclaudicable de Mao Zedong. Esta se le recuerda por aquella larga marcha con el campesinado que dio al traste con todo el atraso y su explotación de los grandes señores hacia los campesinos paupérrimos y que vieron en su verbo esclarecedor el camino a seguir en la fecha de su liberación, al finalizar la conflagración mundial contra el nazi-fascismo liderada por los poderes aliados de Europa y Norteamérica, y con el apoyo de la ex Unión Soviética. Fue entonces cuando China inició su revolución.
Los líderes actuales de la República Popular China, poniendo en práctica un socialismo capitalista, están aleccionando a los pueblos para no irse a los extremos, y Cuba está siguiendo esa estrategia que dejó Mao Zedong. En mi experiencia, esa es una línea política acertada que debe prevenir a las cabezas calientes que abundan por nuestra América y que no entienden que la verdad es que tiene que haber un injerto entre lo bueno del capitalismo y del socialismo, y de no usar esa táctica van a llevar a la destrucción de este planeta, que con una sola chispa existe el peligro de ello, como se ha advertido ampliamente . En cambio, Rusia siguió otra ruta. El líder y dictador José Stalin, a lo interno de Rusia y sus satélites, desató una persecución y una purga paranoica, en la que veía fantasmas por todos lados, especialmente entre sus aliados, a los que consideraba conspiradores.
Rusia no ha seguido el mismo camino de la China Popular. Después de Stalin se fue consolidando el poder de la Policía Secreta que llega hasta nuestros días en manos de Vladimir Putin. Rusia no democratizó su economía como sí lo hizo China, y depende de la venta de armas y de recursos naturales. Putin le apuesta a las guerras, mientras que China le apuesta al comercio, desarrollando la industria tecnológica más grande del mundo, impulsando un cambio global usando su comercio como su fuente de poder. China aprendió de la historia, mientras Rusia le dio la espalda.
El autor es abogado y periodista

