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SáTIRA POLíTICA

Carta al diputado de mi circuito

Conspicuo y honorable diputado: han pasado casi cinco años desde la última vez que nos vimos. Yo sí lo veo a usted en la televisión y a veces en algún periódico. Resulta curioso que siempre usted está ligado a actos que algunos consideran delictivos. En alguna declaración pública usted señaló, con sobrada razón, que el dinero que se había llevado fue una justa compensación por los desvelos que la ciudadanía le hacía pasar. Es cuestión de opiniones.

Ínclito diputado, la última vez que nos vimos, le repito, fue hace cinco años y para que lo tenga más claro, fue en mi casa. Usted llegó con unos amigos (a uno de los cuales llamaban Quitoypongo y a otro lo llamaban Tuyemio).

También le acompañaba una joven como de 22 años de muy buen ver, porque se le veía casi todo, ya que la falda era corta y el escote bajo. Era la rediviva de hetaira de Marraquech.

Ese día hablamos de todos sus proyectos, programas y deseos que yo sentí casi míos. Era lo que yo deseaba.

En su faz de patricio imperante, estaba el deseo de mejorar todo, absolutamente todo en este país. Y yo le creí. Y también mi mujer, mis hijos, la empleada y un vecino que junto a su esposa nos visitaba en ese momento.

Era otro mundo, me sentí muy feliz por mucho tiempo. Y el día de las elecciones voté por usted y también votaron las otras personas.

A pesar de sus promesas, no he vuelto a verlo por mi barrio. Las cosas no han variado: el agua no llega, la luz se va, la caca regresa, la basura permanece, los mosquitos dominan, los ladrones se han tomado el patio delantero de mi casa y tengo que pagar peaje para salir y entrar. Por las noches en mi carro duerme alguien y lo deja con un extraño olor a hierba. No sé si usted sabe qué es.

En fin, ilustre y dilecto pater patrie, mil veces prócer, un millón de veces pundonoroso trabajador social, el motivo de esta misiva es rogarle que este año no pase por mi casa. Estoy muy ocupado tratando de sobrevivir.

¡Ah! Y se me olvidaba: le ruego me devuelva la cucharilla de plata que estaba en el comedor de mi casa cuando ustedes vinieron. Es la única plata que me quedó luego de la muerte de mi madre.

Me veo en la obligación de enviarle esta carta vía periódico porque no se exactamente dónde está usted, digno padre de la patria nueva.

Algunos me dicen que en una enorme cárcel que se llama Panamá, en la cual usted es uno de los mejores orfebres.

Atentamente,

Doctor Eduardo Lombana Achurra

El autor es excatedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Panamá.


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