La destrucción de la original ciudad de Panamá (Panamá Viejo) significó un fuerte golpe estratégico para el dominio colonial español en el continente americano. Los historiadores Hamilton y Chaunu sostienen que por la zona transístmica, Panamá-Nombre de Dios, primero, y a partir de 1597, Portobelo-Panamá, se transportó el 60% de las riquezas arrebatadas a nuestros pueblos originarios, hacia España. Así, podemos tener una idea de la importancia estratégica, económica y militar que tuvo nuestra ciudad.
Su destrucción obligó al levantamiento de la nueva ciudad y a su inauguración el 21 de enero de 1673, que hoy denominamos Casco Antiguo; diseñada superando las desventajas defensivas del antiguo sitio: el amurallamiento, que conocemos, Las Bóvedas, frente al mar, para prevenir ataques externos y resguardada por la barrera natural del cerro Ancón. Al igual que la fundación de la original “urbe”, carecía de abastecimiento de agua potable y sus residentes estaban obligados a abastecerse de la fuente acuífera de El Chorrillo, al cual le cantó, con nostalgia, nuestra egregia poetisa Amelia Denis De Icaza.
La nueva ciudad, con su diseño cuadriculado, típico de la época, fue concebida con un carácter defensivo, espiritual y aristocrático. Su manifestación religiosa la testimonia la catedral metropolitana, que inició su construcción en 1688 y terminó en 1796; el convento de la Compañía de Jesús y el convento Panamá, las iglesias de San Francisco, San Felipe de Neri, San José y La Merced, en un área aproximada de 20 hectáreas.
Los amurallamientos internos denominados Mano de Tigre, Barlovento y Puerta de Tierra estaban destinados a la defensa y a no mezclar la aristocracia blanca con los negros y pobres destinados al arrabal, en viviendas precarias y sin mayor cobijo. El amurallamiento acentuaba las diferencias de clase.
El intramuro de la ciudad fue arrasado por tres incendios: 1737, 1756 y 1781; dejaron amplios solares baldíos, cuyo costo de ocupación y construcción eran inaccesibles, incluso, para los pretendidos aristócratas; en muchos casos, su único patrimonio. Obligados por las circunstancias, se vieron forzados a convivir con quienes despreciaban.
La no ocupación de los solares baldíos por las deflagraciones ocurridas sería reemplazada por estilos arquitectónicos muy diferentes al estilo colonial, verbigracia el Palacio Municipal, el Museo del Canal, los ministerios de Gobierno y Seguridad, el Teatro Nacional. Por ello es impropio hablar de un sitio colonial.
En 1997, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura declaró al Casco Antiguo, junto a Panamá Viejo, como patrimonio histórico de la humanidad. Sin embargo, nuestros gobernantes poca atención le han brindado. Sus presupuestos para su conservación son exiguos e incluso es posible que nos retiren el reconocimiento de patrimonio histórico por su estado cuasi de abandono.
Preservar nuestra memoria histórica es vital. Salvaguardemos nuestros referentes materiales, los cuales podemos visualizar.
Así cimentamos nuestra nacionalidad.
El autor es profesor de historia de Panamá y de relaciones entre Panamá y Estados Unidos (UP)