En un reciente artículo (La Prensa 29/11/18) la historiadora Dra. Marixa Lasso lamenta la reciente “remodelación” de la Catedral Metropolitana, por no respetar el “diseño y material original” del objeto a restaurar, intervención que, en su opinión, ha llevado al olvido tecnologías y valores anteriores que sirven como referencias futuras, citando como ejemplo la instalación del nuevo piso ajedrezado de mármol y de un sistema de aire acondicionado en su recinto interior, que obviamente no existían antes.
La Catedral fue declarada “Monumento Histórico Nacional” en 1941, parte del “Conjunto monumental del Casco Antiguo” en 1972 y “Patrimonio de la Humanidad” por Unesco en 1997, por lo que cuenta con abundantes leyes y normas para su protección. De hecho, el presente proceso de su “puesta en valor” requirió siete años y nueve meses (de febrero 2011 a noviembre 2018) y contó con la aprobación de planos y la supervisión de trabajos por el INAC y el Ministerio de la Presidencia, entre otros.
Pero, para darle sentido a su conservación activa, sin “congelarla” en el pasado, que permita su goce a presentes y futuras generaciones, su recuperación requiere ese difícil equilibrio entre conservación, restauración y preservación (términos ambiguos aún entre expertos), pero muy especialmente la creatividad en su rehabilitación, por ser un monumento “vivo” que necesita una consistencia física, tanto estética como histórica, adecuada a sus circunstancias presentes.
Las características de este edificio han sido cambiantes y dinámicas desde sus inicios; se conocen al menos cuatro planos del período colonial (1676, 1722, 1735 y 1749) que muestran la constante evolución de su planta y diseño.
De su interior, aparte de su trazado de nueve naves transversales y cinco longitudinales, las curvas de sus arcos y la fuerza vertical de sus altas columnas, desde hace mucho tiempo, absolutamente nada existe del siglo XVII o XVIII que pudiese respetarse, incluyendo su piso original de ladrillo en espina de pez, que fue remplazado después por otro de baldosas de arcilla cocida (estudio estratigráfico de 2004), repuesto este también por otro de cemento en 1875.
Esta cuarta reposición, con un piso de mármol ajedrezado, resalta la “infinitud atmosférica” de su espacio interno, fiel a su diseño original de estilo barroco tardío español de finales del siglo XVIII.
Cabe recordar que los primeros edificios que albergaron la Catedral fueron hechos de madera, pero la intención siempre fue hacerla de mampostería, y que los 108 años (1688-1796) que tomó edificarla fueron una época de decadencia y penuria para Panamá y su diócesis, lo que explica la pobreza de su decoración interior.
Su adecuación actual incluye sistemas modernos de voz y data, recableado eléctrico, nueva iluminación interna y externa, sistemas contra incendios, elevador en su torre sur, y aire acondicionado para controlar la humedad, sin que nada de esto constituya la “destrucción de su pasado”.
Todo lo contrario, esta “remodelación” resalta y protege su valor patrimonial para que presentes y futuras generaciones, al ver y conocer la restaurada catedral, sean testigos de su rica y cambiante historia.
El autor es ciudadano