Como es del conocimiento público, el gobernante Partido Comunista de China (PCC) a través de la Asamblea Nacional del Pueblo (ANP), eliminó una cláusula de la Constitución que prohíbe a un presidente estar en el cargo más de 10 años, lo que significa que con esta decisión, lo más probable es que el mandato del actual presidente chino Xi Jinping se extienda hasta su muerte.
La implicación de la nueva decisión será de trascendencia tanto interna como internacional, destacándose entre otras, las siguientes consecuencias. En el orden interno, se sabe que el límite hasta hace poco existente se estableció, para evitar los excesos del poder omnímodo, que en su momento ostentó Mao Zedong, responsable de la Revolución Cultural y el Gran Salto Adelante, catastróficas experiencias, que terminaron en las hambrunas más atroces conocidas en la historia de la humanidad.
Es previsible, por lo que ya se vislumbra, que la decisión de romper una tradición que se mantuvo desde 1982 a la fecha transforme negativamente el sistema político chino, toda vez que si la autoridad de Xi Jinping sobre el PCC será incuestionable y el partido regirá por sobre todas las instituciones y personas, es decir, el Estado; se colige entonces que Jinping gobernará autoritariamente la sociedad china, ya que, al no existir distinción entre el partido y su persona, estamos asistiendo a un nuevo corolario del l’état est moi, hoy entendido como: “socialismo con características chinas”. El incremento del poder de Xi Jinping se advirtió desde un principio, cuando a través de la denominada “lucha contra la corrupción” este se aprovechó de la misma para encarcelar disidentes y limitar al máximo la precaria libertad de expresión, virtualmente inexistente en un país que se mofa de las lecciones de “democracia ilustrada”, que le puede dar a las “decadentes democracias occidentales”.
Consecuencia directa de dicha masiva purga interna, solo comparable a los pogroms de Mao, será recorrer el mismo camino que en su momento atravesó el Partido Comunista de la extinta URSS, cuando Stalin logró erigirse en dictador absoluto, al exterminar valiosos cuadros del partido y al partido mismo, cancelando sus conclaves. Ni más ni menos, eso es lo que le espera a la totalitaria China, un dictador de la talla de Stalin o incluso peor, casi exactamente un siglo después de la abolición del gobierno imperial de la última dinastía manchú de los Qing.
Más aún, es previsible, que el nuevo timonel abandone el liderazgo colectivo defendido por Deng Xiaoping y con sus acólitos más conspicuos, entronice una gerontocracia en el órgano de mayor poder en China: el Comité Permanente del Politburó. Si los presagios internos de lo que le espera a China son espeluznantes, la tragedia que parece cernirse sobre el mundo, con la entronización del nuevo Huángdi solo tendrá parangón con la llegada al poder poco antes de la Segunda Guerra Mundial de personajes tan nefastos para la humanidad como Hitler, Stalin y Mussolini. Ello es así, dado que la perpetuación en el poder de Xi Jinping, va indisolublemente casada con el interés de China de moldear el orden mundial a su manera, es decir, imponiendo una “pax sina”. El mismo promoverá una relación cada vez más tensa con el mundo occidental obligándolo a arrodillarse, bajo la amenaza y el chantaje de desatar una tercera guerra mundial, si no se cumplen con sus exigencias, toda vez que en la medida que atice conflictos externos, mejor se atornilla al poder internamente. Desgraciadamente el mundo será testigo de la imposición de sus demandas por la fuerza, tanto en el Mar Meridional como Oriental de China, con el fin de estrangular la libre navegación en esa zona del océano Pacífico, acto que sería equivalente, a que los Estados Unidos se les antoje proclamar el Caribe, como mar interior de ese país.
Las amenazas de Jinping pretenderán hacerse cumplir según sus cálculos, en el marco de una labrada alianza militar con Rusia, país que finalmente tendrá que renegar de dicho concordato, ante el peligro de poner en juego su propia existencia, simplemente por cumplir con las ínfulas imperiales del nuevo poder revisionista del sistema internacional, en el siglo XXI.
El autor es profesor titular de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá.
