El ejercicio de los puños en los gimnasios probablemente sea el único deporte que mejor deja en claro la relación de los negocios en las actividades deportivas. Tengo una que otra experiencia sobre estas realidades para compartir en público, en ocasión del fallecimiento del primer campeón mundial en la categoría minimosca: Jaime Ríos, nacido en El Marañón. Tuvimos más campeones mundiales que México, por ejemplo, si lo medimos en función de la población de cada país, pero nunca un panameño nos ha traído una medalla de oro olímpica en ese deporte.
El boxeo amateur no recibe apoyo y reluce inexistente y es una práctica que sobrevive en un escandaloso anonimato. Los gimnasios languidecen en la ruina y los instrumentos para practicar son remiendos de otros tiempos con los que los muchachos hacen milagros como los narrados por algunos profetas según el libro santo. Allí se entrenan los desposeídos en búsqueda de una luz que los lleve a la fama y a la prosperidad y merodean los “cazadores de talentos buscando una fuente de inversión con el interés de hacerlos su becerro de oro; patrocinadores (apoderados) que hacen de novatos unas verdaderas estrellas que de otra manera hubieran sido liquidados por el tiempo sin pena ni gloria. Tampoco faltan los que “explotan” sin registro de contabilidad, del que luego se desprenden cuando dejan de “producir” el dinero que se esperaba de ellos, dejándolos a merced de las tribulaciones de las que alguna vez se zafaron. No conozco ningún campeón mundial de los nuestros, de la treintena que hemos acumulado en 90 años, es decir, a tres por cada década, que no comparta el origen humilde y sacrificado como el que tuvo el Cieguito Ríos.
Cuando Jaime consiguió el campeonato, convirtiendo en víctima al venezolano Rigoberto Marcano, habían pasado 46 años desde que Teófilo Panamá Al Brown alcanzó su título a sus 27 años de edad, y el mismo Cieguito tenía apenas dos años de su debut profesional en julio del 73. La década del 70 fue maravillosa. Empezó con los Juegos Centroamericanos en 1970, siguió con los Bolivarianos en el 73, el Cieguito Maravilloso se coronó en el 75, y en dos años el futuro magistrado se haría de abogado. Terminamos con 12 campeones mundiales en 10 años. En esos años inquietos el Cieguito consiguió que lo nombraran en el MIVI, al quedar sin recurso para mantenerse tras su primer retiro del boxeo en 1978.
El marañonero, de mensajero, ascendió a notificador en el despacho del magistrado. Para entonces ambos promediaban las 125 libras y tenían en común el haber sido sparring, uno en el gimnasio municipal de la cabecera de Veraguas y el otro en la meca del deporte de los puños: el gimnasio de El Marañón. Al tiempo, el Cieguito, y no pocas veces, entrenó con su jefe haciendo sigilosamente guantes y “fintas” en el local de la asociación de empleados del MIVI y en la flamante oficina de la Dirección Jurídica de la institución. Eran encuentros tipo callejero, marcados con un ring de mesas, pupitres, archivadores, con cero apuestas porque el panameño nunca le ha gustado apostar a perdedor. La fanaticada se reventaba de risas porque el jefe era el ciego y el Cieguito pasaba los pocos golpes que se le lanzaban y él no erraba ninguno en la anatomía del malogrado boxeador interiorano. Lo único que faltó en esos “guanteos” de oficina fue la música de salsa con las que el Cieguito hacía maravillas con su “pay pay y no toy”.
Como persona que tuvo la suerte de calzarse los guantes con Jaime Ríos, el jurista estaba convencido que lo de “ciego” fue una ingeniosa campaña publicitaria con la que se engañó a más de un contrincante desprevenido, porque la visión del Cieguito era tan evidente como la sonrisa inocultable que tenía tallada en su rostro.
Posiblemente, para compensar las palizas que el Cieguito le daba al letrado, presidía la fila de sus compañeros de trabajo conduciéndolos hacia el gourmet de frituras y pailas calientes de aceite viejo por los callejones de El Marañón hasta alcanzar los alrededores de Curundú, territorio a cargo del Brujo Ortega, cerca de las barracas detrás de la oficina de arrendamiento. Fueron tan frecuentes esas salidas para la merienda o para “matar” el almuerzo, que los funcionarios circulaban entre los “malos” sin la compañía de los afamados campeones activos gracias al salvoconducto que había endosado el Cieguito.
Un desvarío personal llevó a Jaime Ríos a purgar una pena de prisión en las alturas de Tinajitas mientras el abogado, para entonces, ya había sido expulsado del MIVI a partir de cuando el gobierno en turno le dio por abrir las puertas de la revancha post invasión.
El Cieguito anunció su retiro definitivo del boxeo en1992, y el abogado tuvo que abrirse paso en otras faenas legales lejos del gobierno central. El excampeón terminó dependiendo de subsidios oficiales y el abogado se instaló como árbitro en peleas de contrincantes adornados en vestidos de tres piezas en duelo a muerte entre papeles. Dudo que en Panamá exista otro campeón mundial que hubiera repartido tantos guantes a un magistrado. Por eso narro el episodio, para que, de ser necesario, aparezca algún día en el récord del Cieguito Maravilloso, Jaime Ríos.
El autor es abogado