¿Qué es y para qué sirve la ciencia, más allá de las imágenes de batas blancas y laboratorios que evoca su nombre? La ciencia y su valor en la sociedad se definen en la cita que hace Richard Feynman de un proverbio budista que advierte: “A cada hombre se le da la llave de las puertas del cielo, esa misma llave abre las puertas del infierno”. La ciencia es, en efecto, un arma de doble filo que permite crear y destruir, de acuerdo con el uso que se le dé.
La naturaleza dinámica de la ciencia da lugar a un sistema fidedigno de creación de conocimiento, que es constantemente revisado y reevaluado a través de escrutinio y cuestionamiento, basado en nuevas experiencias que desafían la validez del conocimiento previamente producido. Este conocimiento mejora la educación, porque está intrínsecamente relacionado con el uso y desarrollo de la razón, permitiéndonos observar, entender y explicar el mundo.
Como sociedad, nuestra prioridad debería ser evitar la propagación colectiva de la ignorancia. Esta es un obstáculo para el progreso humano, en un mundo en el que la prosperidad, el bienestar, la sostenibilidad y la vida democrática pueden llegar a ser accesibles para todos. Personas más ignorantes son más fácilmente manipulables, pues sus elecciones socio - políticas están basadas en características irrelevantes, como la apariencia física y el carisma versus competencia e integridad, lo cual abre paso a un sistema corrupto, injusto y retrógrado.
La democracia necesita tener sus cimientos en una sociedad informada, en la que la educación científica desempeñe un rol fundamental para el desarrollo del pensamiento crítico en las personas, que estimule y facilite la elección de mejores gobernantes. A esto cabe agregar la necesidad de que las decisiones de política encuentren sustento en el conocimiento científico que permita entender y valorar de manera adecuada los problemas a ser atendidos – y las soluciones que demandan - en materias como la salud, la producción agropecuaria y la gestión ambiental, para mencionar tres ejemplos.
Esta es, sin duda, una tarea a largo plazo. Por lo mismo, es necesario iniciarla desde ahora, y sostenerla en el tiempo. Esta es una responsabilidad primordial de la comunidad científica en colaboración con la sociedad entera. De esa relación dependerá si los científicos abrimos las puertas del cielo o del infierno.
El autor es investigador en el CEPIA de la UTP y miembro de Ciencia en Panamá