Las elecciones del domingo 28 de mayo en Colombia definieron el futuro de la paz de un pueblo que se desangró durante el siglo XX en una guerra fratricida.
Pareciera por la manera en que se ha desarrollado el debate electoral que, tal como dice William Ospina en su libro Pa que se acabe la Vaina, los colombianos han empezado a entender que podemos polemizar, sin matarnos, y esto debe servir de ejemplo para los países de la región.
Fueron unas elecciones que estuvieron a punto de definirse en una primera vuelta, por la polarización que produjo en los electores un efecto positivo, lo que se manifestó con una afluencia masiva de votantes, que retó y superó la abstención tradicional, motivados por el supremo valor de la humanidad: la paz.
Un análisis edificante para la región debe llevarnos a propender por una valoración y reforzamiento de conductas, que fortalecen el imaginario colectivo de un pueblo hermano, porque hoy Colombia está dando pasos firmes hacia la paz, más allá de la distracción y confusión que producen encuestas contratadas por los propios partidos, y de noticias internacionales que tratan peyorativamente los avances en la reconstrucción de los valores de un pueblo.
Debe resaltarse en este momento, los logros de la población colombiana, para enfrentar el miedo, saliendo y llenando las plazas públicas, en un ejercicio democrático que le ha permitido recuperar la voz, una voz que ha vuelto a levantarse en defensa del medio ambiente, la vida, la dignidad, en general de los derechos humanos y que está decidida a dejar un mejor legado a las nuevas generaciones; la firma de los acuerdos de paz ha empezado a dejar sus primeros resultados, para la muestra un botón: cuando empezaron los diálogos, el enfrentamiento interno dejaba en promedio 3 mil muertos al año entre civiles y combatientes, según la Unidad para las Víctimas (UV). En 2017 esa cifra se redujo a 78, según esa entidad oficial. En 2002, por ejemplo, las víctimas directas por el conflicto fueron 19 mil 640.
Si en Colombia gana la paz, se habrá enviado un mensaje positivo a la nación y a la comunidad internacional, queriendo decir al mundo que ha comenzado un nuevo momento en la historia de la nación, y que se iniciará una era en la que el trabajo con probidad será esencial para que la corrupción no siga campeando, donde la justicia será cierta, porque la verdad será dicha, y la vida será sagrada, por lo que se erradicarán las masacres, el desplazamiento forzado, los secuestros y los falsos positivos, que tanto daño le han causado a las entrañas de la república . Debe consignarse en esta columna, en Panamá, que Colombia es un país con una gran memoria histórica, una cultura política excepcional, donde existe un voto de opinión creciente, y que la historia vivida por muchos, dentro y fuera del país, será un faro que iluminará la decisión hacia la construcción de un nuevo espacio donde la vida tiene sentido, y donde la colombianidad es sinónimo de orgullo patrio.
Es cierto que una mayoría de contradictores al proceso de paz , ganó un plebiscito para que se revisaran los acuerdos en 2016, a este hecho político, el Gobierno le brindó los espacios de expresión y garantizó en su momento más de 250 horas de discusión profunda para dicha revisión puntual, y realizó cambios consensuados con dichos adversarios políticos, y todos los actores del conflicto; pero también es cierto que una gran mayoría de esos votantes, en este momento decisivo, salieron a votar el domingo 28 por la paz, que es la paz de todos los colombianos, si eso no se expresa en las urnas, una revelación inspirará a narradores, que escribirán cuentos y novelas que podrán iniciarse diciendo: érase una vez, una pobre paz, sin nadita que aportar a Colombia, solo bla, bla, bla, y cuyo protagonista fue un presidente que se conformó con un Nobel de la Paz en 2016.
El autor es escritor y analista político
