La Constitución Española de 1978: 40 años de libertad y prosperidad

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El 6 de diciembre de 1978 se aprobó el texto de la vigente Constitución Española. El 6 de diciembre de 1978 se aprobó el texto de la vigente Constitución Española.
El 6 de diciembre de 1978 se aprobó el texto de la vigente Constitución Española. AFP/Curto de la Torre

Cuando los padres de la Constitución de Cádiz de 1812, que fue la primera de España y también de Hispanoamérica (cuando ya las Juntas Revolucionarias habían empezado a lanzar los gritos de independencia de las futuras repúblicas), discutían para qué querían un gobierno, dieron con una fórmula magistral, que mantiene todo su vigor:  

“El objeto del Gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política es procurar el bienestar de los individuos que la componen” (art. 13).  

La Pepa (sobrenombre con el que se conoce a la Constitución de 1812 al haber sido aprobada el 19 de marzo, día de San José) no tuvo ocasión de ver cómo sus bienintencionados propósitos regían los destinos de España.  

El siglo XIX español, turbulento y convulso, a medias democrático, ha sido seguramente uno de los más aciagos de nuestra historia. El siglo se inicia con una guerra contra Francia y con múltiples guerras en América, que darían lugar a la pérdida de la parte continental del Imperio (que se consumaría con Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898). Con el país deshecho, América perdida a favor de los movimientos de independencia, y la vuelta de Fernando VII al régimen absolutista, España entró en caída libre. Es cuando empieza a forjarse ese estereotipo que divulgarán los viajeros europeos, especialmente franceses, de un país exótico, de reminiscencias orientales, de toreros y gitanas, bandidos y cupletistas, con un enfermizo sentido del honor y muy poco sentido para la industria y el comercio; un país, por otra parte, que no resiste una Constitución más de unos pocos años y que no es capaz de hacer cambios de gobierno por medio de elecciones. En efecto, todo el siglo XIX pasó cambiando de constitución a las malas, a través de pronunciamientos o revoluciones, y estableciendo una suerte de macabra tradición guerracivilista que estallaría en todo su horror, en 1936.  

Hay que recordarlo: ninguna de las siete constituciones, previas a la de 1978, que han regido los destinos de España ha sido reformada por la vía del pacto; todas fueron derogadas por vías violentas. Incluso la Constitución de 1876, que el prudente Cánovas del Castillo elaboró para terminar con los pronunciamientos, vino impuesta por la espada del General Martínez Campos, y cayó bajo otro General, Primo de Rivera, tras regir la vida pública española durante 47 años.  

Pero esa Constitución, la de 1876, tampoco trajo la felicidad de la nación, como rezaba el mandato de La Pepa; y tampoco la traería la republicana de 1931: ni una ni otra fueron capaces de resolver los problemas y las contradicciones de la España de entonces.  

El país tuvo que pasar por una atroz guerra civil y una larga dictadura para que en la Constitución de 1978, hubiera un reencuentro de todos los españoles.  

La Constitución de 1978 ha dotado a España del período de mayor libertad, tolerancia, concordia, prosperidad y felicidad de su historia. Han pasado 40 años, durante los cuales, aquel propósito del gobierno según los constituyentes de Cádiz, la felicidad de los españoles, se ha casi conseguido. 40 años que han cambiado a España de arriba abajo, 40 años que constituyen uno de los mejores períodos de la historia nacional.  

Y conviene recordarlo ahora que pasamos por la mayor crisis constitucional que ha tenido España desde 1978. Si no acertamos a recomponer la fractura identitaria que se está produciendo en Cataluña y que afecta gravemente al conjunto del país, podemos perder lo mucho conseguido, con legítimo esfuerzo y orgullo:  

- Según el índice del Economist que mide la calidad de las democracias, sobre un total de 167 países analizados, España se sitúa en el número 19, dentro del reducido grupo de las consideradas “democracias plenas”.

- El Observatorio independiente Freedom House, que hace un estudio anual sobre la libertad en el mundo, y analiza a 195 países, puntuó a España 94/100, dándole la máxima puntuación en los baremos de libertad, derechos políticos y derechos civiles.

- España es el segundo país de mundo con más descentralización territorial y autogobierno regional, después de Alemania. Lo afirma la Universidad de Oxford, que desde 1950 elabora un índice de descentralización territorial en países democráticos. El último analizó 81 países.

- El índice Bloomberg de eficiencia sanitaria de 2018, sitúa a España como el tercer sistema de salud más eficiente del mundo, después de Hong Kong y Singapur, tras un análisis de 56 países.

- Los empresarios españoles confirman que cada vez más, el “made in Spain” juega a su favor en el mercado internacional. Superadas algunas conductas irregulares, que tuvieron lugar con la internacionalización de la economía, las multinacionales españolas ocupan puestos de liderazgo mundial en sectores como la construcción, las redes viarias y ferroviarias, o la gestión de infraestructuras aeroportuarias. España es un país líder en el campo de las energías renovables y somos un referente mundial en la gestión de agua y residuos, con presencia en los cinco continentes. Nuestros sectores de construcción naval, automoción, fabricación de aviones, componentes, acero o plataformas flotantes tienen como clientes a países de todo el mundo, por su competitividad y alto valor añadido. El protagonismo alcanzado por el sector textil es de tal magnitud que resulta difícil visitar alguna gran ciudad en el mundo donde no encontremos tiendas de marca española. Esta es la realidad empresarial que está transformando la imagen de España en el mundo.

Los datos mencionados, que vienen de instituciones prestigiosas e independientes, dibujan a una España puntera en lo político y en lo social, que se combina con un desarrollo económico y tecnológico que sitúa al país entre los 15 primeros del mundo.

Todo esto se lo debemos a la Constitución de 1978 y al pacto de concordia y unidad que la inspiró. Lo cual no significa que la Constitución sea un texto sagrado e intocable. Demasiadas constituciones ha tenido España como para no saberlo.

Los tiempos cambian y las constituciones deben saber adaptarse, mediante reformas o mediante una novación del pacto constitucional. Pero el pacto no se puede romper de manera unilateral. Esa experiencia, sufrida durante todo el siglo XIX y la primera mitad del XX, solo dejó desgracias. Ante la efeméride que celebramos hoy, España, consciente de su historia, sabrá hacer bien las cosas, porque lo que está en juego es no solo la unidad del país, sino la propia democracia.

El autor es embajador de España en Panamá

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