¡“Que la fiebre no está en la sábana…!” Solía repetir parsimonioso el doctor César Quintero a todos aquellos que querían patear la mesa en cada debate constitucional esgrimiendo la necesidad impostergable de hacer tábula rasa de la carta magna porque, según ellos, era fuente de todos los males, origen de toda la perversión de las instituciones, razón de ser de toda la corrupción que plagaba el colectivo social y explicación última de la conducta delictiva y antidemocrática de aquellos a los cuales se había mandatado para gobernar.
Hoy, entre esos pateadores de mesa --no pocos-- están los necios, los que juran y perjuran que la fiebre sí está en la sábana, los que rehúyen toda responsabilidad personal en lo que acontece, los que, claudicadores empedernidos de su condición de ciudadanos prefieren vivir hipotecados en cuerpo y alma por un jamoncito y una chamba o los que, ignorantes convictos, nunca han tocado ni mucho menos leído una sola línea de esa Constitución y se niegan a comprender que, como ninguna otra de la República, esa, que quieren borrar del mapa, fue hecha para ellos porque contiene todos los derechos y las herramientas institucionales para que la política regule la economía, para que el Estado subsidiario apoye y aconducte la economía de mercado y corrija sus iniquidades, para que el Estado planifique la economía y defienda a los trabajadores y a sus sindicatos, para que proteja y apoye a los empresarios medios y pequeños al prohibir los monopolios y oligopolios, para que proteja a los desvalidos y discriminados, para que les otorgue todas las garantías de que, entre libres e iguales, en plena democracia, pueden construir sus proyectos personales de libertad y de felicidad con una buena educación y salud pública y una red social solidaria.
Y luego, están aquellos, los pocos y poderosos, los oligarcas, los que acumulan más de cuatro quintas partes de toda la riqueza nacional, los que sufren de indigestión mientras otros sufren de hambre, los invisibles que encubren bajo la bandera y el manto del patriotismo a aquellos bucaneros que trasiegan panama-papers y --desde la opacidad del mundo bancario-- emponzoñan la economía legal de nuestro país con dinero sucio y destruyen los negocios de las capas medias, los que hegemonizan la opinión publicada y no dicen sino a media lo que realmente quieren, los que se emparapetan tras los foros electorales para no mostrar las uñas y conspiran para que los necios y los pendejos acaben con una Constitución que, diseñada y aprobada en 1946 por los liberales renovadores y los socialistas para gobernar, no les acomoda ni les sirve para mandar.
Y finalmente, están los pendejos. Y por favor, no se sientan aludidos ni ofendidos todos los pendejos del país, porque en la extrema izquierda panameña, aquella que venera el proyecto autoritario y depredador de Chávez --sin confesarlo-- y que aspira a la solidaridad del madurismo, de esos los hay por su propia cuenta y riesgo.
Me refiero a los pendejos míos. A aquellos a los que Omar Torrijos advirtió que no se dejen quitar lo conquistado, a aquellos que hoy, como búfalos en estampida, corren al despeñadero tras el señuelo populista de dirigentes corruptos y delincuentes a los cuales el poder de la oligarquía les consumió el alma a punta de pesetas.
Me refiero a mis pendejos, a los que no entienden que las fuerzas progresistas y democráticas, sin haber todavía podido superar la derrota estratégica que la oligarquía nos propinó hace diez años, en este marasmo de corrupción y clientelismo, no podremos elegir para una Constituyente, una fuerza distinta de la que prevalece en la actual Asamblea Nacional dominada por necios, oligarcas y pendejos.
La Constitución de 1946–por Dios léanla si no tienen disposición para estudiarla-- está intacta en su concepción doctrinaria liberal-socialista de equilibrio de los poderes, en su modelo de economía de mercado keynesiana, en su doctrina y estructura institucional democrática y progresista esencial. Era para entonces y sigue siendo hoy una de las más progresistas y democráticas de la región. Reformada en la coyuntura de la lucha nacional liderada por Omar Torrijos, ha sido sobradamente resanada y su reingeniería ha restituido a los órganos del Estado su independencia y funcionamiento armónico.
Ni que decir de una Constituyente autoconvocada, artilugio más engañoso y perverso porque fundado en una premisa antidemocrática no confesada ni admitida. Una cosa así, al estilo de la primera y segunda asamblea constituyente chavista solo sería posible recorriendo el mismo camino de Venezuela para terminar en el mismo destino de Venezuela.
La fiebre no está en la sábana. Está en la gente.
El autor es politólogo

