INICIATIVA

Corrupción: la solución está en nuestras manos

Cuando nació mi primer hijo, un médico se me acercó y muy sinceramente me dijo que debido a que mi seguro era internacional, los honorarios de todos los médicos involucrados en mi cesárea serían cobrados a una tarifa más alta que la regular. Me hizo el comentario para que no me escandalizara cuando viera la cuenta del hospital. Yo en ese momento disfrutaba de los efectos de la epidural, por lo que no le di importancia al comentario. Mi esposo, sin embargo, quedó indignado: “¿cómo puedes permitir esto?, lo debes reportar”.

Es fácil indignarse cuando leemos sobre bates que se “compraron”, pero nunca fueron entregados. Nos escandalizan los descubrimientos de coimas pagadas y coimas cobradas. Señalamos a los políticos y no dudamos en calificarlos a todos por igual: “todos roban, son la misma cosa”. Pero, ¿cuántos nos tomamos el tiempo de señalar la corrupción cuando actúa cerca nuestro? En el Panamá de hoy hay corrupción en todas partes y en todos los niveles. La actitud de mi médico puede parecer normal e incluso justificable a simple vista. Tal como me explicó en ese momento, un seguro internacional acostumbra pagar tarifas más altas, por lo que a la empresa aseguradora no le sorprende que se cobren esas tarifas. Quizás incluso aquel cobro se pueda ver como un tipo de subsidio que permite a los médicos reducir las tarifas que cobran a pacientes sin seguro. El asegurado (yo) no percibe el costo, porque pagará la misma prima a su aseguradora, independientemente de lo que cobre su médico. Pero la corrupción cuesta, aunque a primera vista no sea obvia. Mi prima aumentó radicalmente al año siguiente; y cuando consulté a mi aseguradora, me explicaron que el aumento había sido en base a una revisión de los gastos médicos de mi región. En ese momento el comentario que había escuchado tras nacer mi hijo resonó en mi mente, de la mano de la indignación de mi marido.

La actitud de los médicos que cobraron de más cuando nació mi primer hijo no es excepcional en nuestro país. Muchos taxistas cobran carreras según la tez y acento de sus clientes. He consultado a un taxista sobre esta práctica y su justificación es similar a la de los médicos: los extranjeros están acostumbrados a pagar más, por ende la tarifa es justa. Y también yo podría justificarlos pensando que esas tarifas que cobran a los extranjeros permiten que los panameños-vida-mía (siempre y cuando su tez no nos haga ver como internacionales) se vean beneficiados de tarifas más generosas. Pero, estimado lector, entendamos que ambas son prácticas de corrupción.

Trabajo en la industria de la construcción, donde la corrupción es mucho más silenciosa, pero está presente de manera rampante. En un proyecto de construcción se pueden desviar materiales que paga el contratista, pero nunca son entregados en la obra. Se acostumbra invitar subcontratistas para participar en un proyecto y se negocia con ellos cuánto inflarán su precio para pasar una “comisión” a quien les invitó participar; a veces incluso bajo la mirada aprobadora de la empresa contratista. El inspector de un proyecto de construcción puede extorsionar al contratista para que dé “incentivo” a sus aprobaciones a la cuenta, “porque una mano lava la otra”. Los líderes de un sindicato se dedican a observar falencias de las empresas que participan en una obra, para luego amenazar con paralizar la obra, a menos de que se haga una donación al sindicato (en el mejor de los casos) o se les entregue un “cariñito” a ellos todos los meses (en el peor), para hacerse de la vista gorda. En casos extremos, en zonas rojas, los líderes de pandillas exigen pago de suelo por el derecho de un contratista a trabajar en el área sin ser perturbado por la violencia. Siempre que se entra en prácticas corruptas, se ingresa en un círculo vicioso y eternamente vinculante entre quien corrompe y el corrompido.

Si algunas de las prácticas que he descrito suenan a robo, es porque la corrupción es un robo disfrazado. En ambos casos alguien se apropia de algo que no le corresponde. En el caso de la corrupción, la práctica es disimulada y a veces puede parecer hasta elegante. Pero al final, ambos crímenes tienen mucho en común.

Hace unos años ocupé un cargo en el Gobierno. Cuando una amiga se enteró, me felicitó, “qué bueno, me dijeron que allí dan bonos cuando los proyectos se ejecutan a tiempo”. Eso le había dicho la esposa de alguien que había ocupado un cargo como el mío. Reí y le aclaré a mi amiga que el Gobierno no da esos bonos, esos “bonos” los ofrecen los contratistas. La persona de quien me hablaba mi amiga está presa hoy día. Pero yo pregunto: ¿cuántos de nosotros estamos participando en actos de corrupción, aunque no paguemos el precio que están pagando los pocos corruptos que han sido acusados y sentenciados? En nuestra sociedad, la corrupción reina rampante. Señalamos a los políticos exhibidos en noticieros, pero no creo que miremos dentro de nuestras propias casas, nuestras familias, nuestras amistades. De hecho, los más sensatos entre nosotros no se dejan escandalizar por los noticieros, porque reconocen que de estar ellos en el lugar de los políticos señalados cometerían los mismos actos.

Mi esposo siempre recuerda una canción de Michael Jackson: “Si quieres hacer del mundo un mejor lugar, mírate a ti mismo y haz el cambio”. ¿Cuántos de los que señalamos la corrupción desde lejos estamos dispuestos a cambiar? ¿Cuántos estamos dispuestos a no ofrecer una coima cuando nos pillan conduciendo a alta velocidad o con unos traguitos encima?, ¿cuántos estamos dispuestos a vivir solo de nuestro salario y dejar de aspirar a esos “bonos” que no son parte de nuestra remuneración? ¿Cuántos estamos dispuestos a dejar de hacernos de la vista gorda y denunciar las malas prácticas en nuestro derredor? Mientras no estemos dispuestos a cambiar, seguiremos siendo parte del mayor problema de nuestro país, y nuestros hijos -que observan nuestras acciones de cerca- también lo serán.

La autora es ciudadana 

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